Contigo Ni Café Ni Té.

2.

La mañana en la Torre Valtierra era todo menos tranquila. Ejecutivos de alto nivel se movían de un lado a otro, secretarias respondían llamadas sin cesar y los ascensores brillaban como espejos móviles en un entorno donde cada detalle hablaba de poder y perfección.

Julieta cruzó el lobby principal con paso decidido. Su entrada no pasaba desapercibida: era una figura magnética entre trajes grises y miradas subordinadas. Vestía un conjunto blanco perla entallado, con tacones nude, un reloj Cartier y el cabello recogido en un moño pulido que resaltaba su elegancia natural. Llevaba en la mano una carpeta de cuero negro con el emblema de la empresa: Valtierra Corporativo Internacional.

Subió directo al piso 39, donde se encontraba la oficina de su padre, el señor Esteban Valtierra, presidente del emporio familiar. Su despacho era sobrio y majestuoso: madera de roble, arte contemporáneo cuidadosamente curado, y una enorme cristalera que ofrecía una vista completa del Paseo de la Reforma.

-Aquí te traigo el reporte de los puntos de venta -dijo Julieta al entrar, sin necesidad de anunciarse. Su voz era firme, clara, propia de alguien acostumbrada a liderar.

-Además, cerramos el negocio con las empresas de Monterrey para surtir las telas. Fue una negociación intensa, pero todo está firmado.

Don Esteban levantó la vista de sus documentos. Tenía el cabello completamente canoso, ojos duros y sabios, y una presencia que dominaba cualquier sala sin esfuerzo. La miró con satisfacción contenida.

-Muy bien, hija. Sabía que podrías manejar muy bien la empresa en mi ausencia. No esperaba menos de ti.

Julieta se permitió una breve sonrisa, sabiendo que ese tipo de reconocimiento, viniendo de su padre, era como un premio. Entonces aprovechó el momento para abordar otro tema.

-Papá... quiero que inyectemos capital en la empresa de Gerardo, la de telas de importación. Tiene canales interesantes y podría servirnos para surtir a algunos de nuestros clientes nacionales con productos europeos.

El semblante de Esteban cambió de inmediato. Cerró su carpeta con un leve movimiento de manos y la miró con expresión calculadora.

-No, no, no... Ahorita no quiero hablar de eso. Tenemos en puerta la firma de la sociedad con Ruperto Altamirano. Es un trato enorme, Julieta. Nos estamos expandiendo al extranjero, no podemos distraer recursos ni foco. Tu novio puede esperar, hija.

Ella respiró hondo. Mantuvo el control. No era la primera vez que su padre la medía en medio de una conversación profesional.

-Papá, no estoy hablando como su pareja -dijo con calma, pero con convicción-. Estoy hablándote como parte del directorio. Si lo analizamos desde un enfoque logístico, su empresa puede complementar nuestras rutas nacionales. No es sentimental, es estratégico.

El silencio en la oficina se volvió denso. Esteban se reclinó en su silla, entrelazó las manos sobre el escritorio y la miró directo a los ojos.

-A ver, hija. Nada más aclárame este punto -dijo, con esa mezcla de frialdad y pedagogía que lo caracterizaba-. ¿Rafael no será familia mía todavía, verdad?

Julieta bajó la mirada solo por un instante. Era una pregunta cargada, lo sabía. Su padre no toleraba que confundieran vínculos personales con decisiones corporativas.

-No, papá. Todavía no -respondió con serenidad.

-Entonces él puede esperar unos días más -dijo él, dando por zanjada la conversación. Volvió a abrir su carpeta y se concentró en los próximos movimientos estratégicos con Altamirano.

Julieta comprendió. No era una derrota, era una pausa. Su padre siempre escuchaba... solo necesitaba que fuera en su propio tiempo.

Se acercó, le dio un beso en la mejilla -uno de esos gestos raros y suaves que todavía existían entre ellos a pesar del mundo de acero y contratos que los rodeaba-, y le dijo en voz baja:

-Gracias, papá.

Él no contestó, pero la miró de reojo con un leve gesto de orgullo. Era su forma de decir: bien hecho.

Julieta salió de la oficina con la cabeza en alto. Aún había mucho por hacer. Pero un paso más estaba dado, y como siempre, ella sabía cómo mover las piezas en el tablero Valtierra.

Después de una intensa jornada en la empresa familiar, Julieta se dirigió a la casa que, en apenas unas semanas, compartiría con Rafael como esposos. Era una propiedad moderna en Lomas de Chapultepec, diseñada con líneas limpias, grandes ventanales y un jardín trasero que parecía sacado de una revista de diseño escandinavo.

El sol de la tarde bañaba la sala principal en una luz dorada. Todo estaba en su sitio: los muebles elegidos uno por uno por Julieta, el mármol italiano que había mandado instalar en la cocina, y las cortinas de lino que combinaban a la perfección con el estilo minimalista que ella tanto amaba. Cada rincón olía a nuevo, a comienzo, a futuro... y a control.

Julieta entró con un elegante jarrón de cristal de Murano entre sus manos, sostenido como si fuera una joya. Caminaba con esa precisión que la caracterizaba, como si incluso su andar estuviera coreografiado. Se detuvo frente a la mesa del salón y ladeó ligeramente la cabeza, evaluando el ángulo, la luz, la armonía con el cuadro de tonos neutros que colgaba sobre la pared.




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