Contigo Ni Café Ni Té.

3.

Las oficinas de la torre Valtierra estaban más agitadas de lo habitual. El piso ejecutivo olía a café recién hecho y a madera pulida, con el murmullo constante de asistentes y empleados cruzando pasillos con carpetas y tablets. En la sala de juntas principal, con vista panorámica al corazón financiero de Ciudad de México, se desarrollaba una reunión clave para el futuro de la empresa.

Don Ruperto Altamirano, un empresario curtido, de voz gruesa y mirada astuta, estaba sentado frente a Gaspar Valtierra, el patriarca del imperio textil. Ambos hombres estrecharon sus manos con fuerza, con el gesto de quienes saben que están a punto de sellar un pacto que cambiará sus legados.

—Qué gusto tenerte como socio, Ruperto —dijo Gaspar, con esa autoridad tranquila que lo caracterizaba.

—Al contrario, Gaspar. El honor es mío —respondió Ruperto, esbozando una sonrisa cortés—. Estoy seguro de que haremos muchos negocios juntos.

Julieta, sentada a la izquierda de su padre, llevaba un traje blanco de corte impecable. Sus ojos escudriñaban cada expresión, cada matiz. Como buena heredera, no dejaba pasar ni un detalle.

—Estoy segura de que así será —dijo con firmeza—. Eres un gran empresario, don Ruperto, y nosotros valoramos las alianzas inteligentes.

—Y tú, una gran ejecutiva, Julieta —respondió Ruperto, dándole una mirada apreciativa—. Tu padre tiene suerte de tenerte al frente.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, recibiendo el cumplido con elegancia, aunque en su interior ya pensaba en la siguiente jugada.

—Don Ruperto quería informarles que parte de su equipo vendrá a nuestras instalaciones para dar soporte y acelerar las ventas —intervino Gaspar—. Nos ayudarán a fortalecer la negociación en mercados internacionales.

—Estaremos encantados de recibirlos —dijo Julieta con una sonrisa profesional—. Si gustas, podemos dar una vuelta por toda la planta para mostrarte nuestra capacidad instalada.

—Sí, claro, será un placer —asintió Ruperto.

Justo entonces, la secretaria personal de Julieta entró con una carpeta en manos y la tablet en la otra.

—Aquí está el informe completo y actualizado del estado de la empresa —dijo, dirigiéndose a Julieta—. Ahorita se lo paso a Don Ruperto.

Julieta asintió mientras recibía la carpeta, y la secretaria bajó un poco la voz para agregar:

—¿Me conseguiste todo lo de la cena de hoy?

—Sí —dijo la secretaria, sonriendo—. Ya está todo listo. Vas a sorprender a Gerardo con esa cena.

Julieta bajó la mirada por un instante, como si al escuchar ese nombre se encendiera una chispa dentro de ella.

—Ay… y pensar que estoy a horas de convertirme en la señora Rivas —murmuró, más para sí que para otros—. Me voy a ir temprano para arreglar todo.

Gaspar, al oírla, se giró con una ceja levantada.

—¿Estás lista, hija?

—Sí, claro que sí, papá.

—Pasemos entonces, por favor —dijo él, poniéndose de pie—. Don Ruperto, ¿me acompaña?

—Con gusto —respondió el socio.

—Gracias, muchas gracias —dijo Julieta, haciendo una ligera reverencia con la cabeza—. Permiso.

Mientras los hombres salían hacia la planta de producción, Julieta volvió a hablar con la secretaria, bajando aún más la voz:

—Esta cena me va a quedar deliciosa. Voy a impresionar a Rafael.

Sus ojos brillaban con una mezcla de determinación y orgullo. No era solo una cena: era una declaración. Un movimiento estratégico. Una forma de demostrarle a Rafael —y quizás a sí misma— que lo tenía todo bajo control.

Ya en su auto, conducido por su chofer, Julieta revisó mentalmente la lista de lo que había preparado: candelabros de cristal Baccarat, mantelería de lino belga, música instrumental seleccionada cuidadosamente, una botella de vino tinto francés guardada para ocasiones especiales, y un menú de tres tiempos que incluía risotto de hongos trufados, filete en salsa de mostaza antigua y de postre, crème brûlée.

Cuando llegó a la casa, el cielo comenzaba a teñirse de púrpura. Abrió la puerta de su residencia con paso firme, pero dentro de sí sentía mariposas. A pesar de su aparente control de todo, aquella cena significaba mucho. Era su forma de reafirmar el compromiso, de fortalecer los cimientos de lo que soñaba que sería su matrimonio perfecto.

Mientras colocaba los cubiertos con precisión matemática, respiró profundo.

—Todo está en orden —susurró, más como una afirmación que como una observación—. Esta noche será inolvidable.

Y sin saberlo, en ese mismo momento, Rafael estaba deteniéndose frente al espejo de su departamento… preguntándose si él quería realmente esa vida donde todo ya estaba decidido por ella.

Julieta sostenía con delicadeza una cesta de mimbre donde llevaba los ingredientes para la cena más importante de su vida. Había pasado la tarde eligiendo cada cosa con amor: vino tinto francés, quesos curados, pan recién horneado, y el postre favorito de Rafael. Ese día era especial. Quería celebrar que, en solo unas semanas, se convertiría en la señora Rivas.




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