Contigo Ni Café Ni Té.

4.

El salón de eventos era opulento, decorado con luces tenues que se reflejaban en las copas de cristal y los vestidos brillantes de las asistentes. Las risas se mezclaban con el murmullo constante de conversaciones banales. El aroma a perfumes caros, champagne y flores frescas flotaba en el ambiente como una nube artificial de lujo.

Julieta entró con paso firme, como si no hubiera pasado las últimas semanas encerrada en su habitación. Llevaba un vestido negro impecable, ceñido a su cuerpo como una armadura, con un escote elegante pero desafiante. Su maquillaje era pulcro, sus labios en tono vino profundo, y su cabello, perfectamente alisado, caía sobre su espalda con naturalidad medida. Ni una gota de emoción en su rostro.

—No sé cómo me dejé convencer por ti para venir a una fiesta… —murmuró entre dientes, sin disimular el fastidio en su voz mientras avanzaba junto a Eva, su fiel secretaria.

Eva, más alegre, con un vestido rojo satinado y el optimismo forzado de quien cuida a una bomba emocional, le respondió con una sonrisa tibia:

—Ay, amiga… lo hice para que te distraigas. Llevas mucho tiempo encerrada en tu recámara, sin comer bien, sin salir. Te juro que te va a hacer bien.

Julieta giró lentamente el rostro hacia ella, con la mirada afilada como una navaja.

—Pues eso es exactamente lo que quiero: no salir. No ver a nadie.
—Julieta, por favor…

—Ya me imagino lo que han de estar diciendo de mí. “La pobrecita”, “la abandonada”. —siseó con sarcasmo—. ¡Qué divertido debe ser verme destruida! —exhaló con ironía mientras tomaba una copa de champagne de una bandeja que pasaba flotando.

Eva no respondió. Solo bajó la mirada.

Un grupo de mujeres se acercó apenas vieron a Julieta. Eran sus “amistades”, de esas que jamás perdían oportunidad para hurgar en el dolor ajeno.

—Julieta, ¿cómo estás? —dijo una, con voz melosa—. Oye… supe lo de Rafael … y con Florencia… ¡qué desgraciada! Y se decía tu mejor amiga.

Julieta no se inmutó. Tomó un pequeño sorbo de la copa sin hacer contacto visual, dejando que la mujer se ahogara sola en su falsa compasión.

—Pero bueno, te comprendo… —intentó otra—. Te confirmo que no tengo idea cómo has soportado todo esto, yo me habría muerto…

—No tengo ganas de esto. —interrumpió Julieta, con voz baja pero firme, como una orden. No una declaración.

Las mujeres se miraron entre sí, incómodas.

Otra se acercó, con voz más suave, como si caminara sobre vidrios:

—Julieta… lo siento tanto. ¿Ya cancelaste todo lo de la boda?

Julieta la miró fijamente. Una pausa de segundos que pesaron como horas. Luego soltó:

—No tengo nada que hacer aquí.

—Ay, qué genio —murmuró una en voz baja, creyendo que Julieta no la escucharía.

Pero Julieta se giró en seco, la mirada gélida, los labios apretados.

—¿Y ustedes qué? ¿Qué bola de chismosas son? —dijo con esa arrogancia natural suya que no necesitaba levantar la voz para hacer temblar el piso—. Ustedes solo están aquí para ver cómo se cae la reina. Pues sigan mirando… porque nunca me van a ver arrastrada. Jamás.

Silencio total.

Las mujeres quedaron paralizadas. Julieta las sobrepasó como si no existieran. Caminó hacia el balcón, su copa aún en mano, sin una lágrima en los ojos. Porque Julieta no lloraba en público. Nunca lo hacía. Para eso estaban las paredes de su habitación.

Eva la siguió en silencio, sabiendo que había hecho lo imposible por ayudarla, pero que Julieta solo saldría de ese abismo a su manera: sola, con la frente en alto, y sin pedirle permiso al dolor.

Julieta estaba recostada sobre el respaldo de su silla ejecutiva, impecablemente vestida con un traje sastre color marfil que contrastaba con el brillo pulcro de su escritorio. Sus uñas, largas y perfectamente esmaltadas en un tono rojo intenso, tamborileaban con impaciencia sobre la superficie de cristal mientras Eva, sentada frente a ella con una taza de café en mano, intentaba suavizar el ambiente después de la desastrosa noche anterior.

—Ay, pero no quiero que me vuelvas a invitar a ninguna de tus fiestecitas —dijo Julieta con un tono seco, casi cortante, cruzando las piernas con elegancia y lanzando una mirada fría hacia su secretaria.

Eva, que aún llevaba el maquillaje corrido de la trasnochada, sonrió nerviosa.
—Ya sé que fue un fracaso lo de anoche, pero… no sé, un cafecito, una copita, Julieta…

—No tengo ganas de socializar —la interrumpió sin mirarla—. Estoy en boca de todo el mundo.

Julieta desvió la mirada hacia el ventanal de su oficina, desde donde se veía la ciudad en plena mañana laboral. Las calles parecían un hormiguero de autos y gente, y ella sentía que todos murmuraban sobre lo ocurrido con Rafael.

—No sé cómo se regó lo de Rafael —añadió con amargura.

Eva se encogió de hombros.
—Ay, pues porque esas cosas se saben, amiga… y si fue Florencia la que te bajó a Rafael…

Julieta giró bruscamente la cabeza.
—No quiero que se vuelvan a mencionar esos nombres.




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