Contigo Ni Café Ni Té.

5.

El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas de la habitación de Julieta, bañando de luz dorada las paredes color crema. Ella, meticulosa como siempre, abrió los ojos con precisión casi cronometrada, sin necesidad de despertador. Se incorporó con elegancia, deslizando las piernas fuera de la cama y posando los pies sobre la suave alfombra beige.

En la cocina, el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de unas tostadas integrales que había preparado minutos antes. Desayunó en silencio, revisando en su tableta las últimas noticias y algunos reportes de la empresa. Una vez terminó, se levantó, recogió la taza y la colocó en el lavavajillas con el mismo orden que aplicaba a todo en su vida.

Su rutina matutina continuó con una sesión de ejercicio ligero en su gimnasio privado. Entre estiramientos y sentadillas, una suave música instrumental llenaba la estancia. Luego, se dirigió al baño: el vapor de la ducha envolvió su piel mientras el agua tibia deslizaba cualquier resto de sueño. Se secó con una toalla de algodón blanco, se aplicó su crema favorita y eligió cuidadosamente un conjunto elegante: una blusa de seda marfil, falda lápiz negra y tacones italianos. El cabello, perfectamente alisado, caía como una cascada oscura sobre sus hombros.

Al bajar al garaje, el sonido de sus tacones resonó firme y seguro. Pulsó el control remoto y la gran puerta automática comenzó a levantarse lentamente. Encendió su vehículo de lujo, cuyo motor rugió con suavidad y potencia. Mientras el portón terminaba de abrirse, ella se acomodó los lentes de sol, lista para salir.

Pero entonces, como si el día hubiera decidido torcerse, una figura se interpuso en su camino. Jesús. Parado justo frente a la salida, con las manos en los bolsillos y una expresión que mezclaba descaro y determinación. Julieta, sorprendida, abrió los ojos con incredulidad y frenó en seco, el auto quedando a escasos centímetros de él.

—¿Qué haces aquí? —dijo con voz firme y cargada de autoridad, bajando ligeramente la ventanilla—. ¿Quién te dio mi dirección? No tienes nada que hacer aquí.

Jesús levantó las manos en un gesto conciliador, pero sin perder esa sonrisa despreocupada.
—Tranquila, tranquila… vengo a hablar contigo.

Julieta lo miró como si estuviera frente a un intruso que había cruzado todas las líneas.
—Lárgate, si no quieres que te eche a los perros.

Él ladeó la cabeza, divertido.
—Mejor échamelos… los perros, digo… los perros, tranquila.

Ella frunció el ceño, exasperada.
—Más te vale irte, si no quieres que llame a mi seguridad privada y les diga que te echen.

Jesús soltó una ligera risa, esa que parecía siempre tener lista para provocar.
—¿Y a dónde me van a echar? Digo… porque estoy en la calle… y la calle es de todos.

Julieta apretó el volante, sintiendo cómo su paciencia se agotaba.
—¡Quítate! O te atropello.

Él, lejos de apartarse, dio un paso más cerca del vehículo.
—¿Ah, me vas a atropellar? Quiero ver… ¿en serio me vas a pasar la camioneta encima? ¿Así me vas a embarrar? No… no…

Julieta presionó el acelerador apenas lo suficiente para que el auto se moviera hacia adelante unos centímetros, obligándolo a reaccionar. Jesús dio un par de pasos atrás, levantando ambas manos.
—¡Espérate, espérate, espérate! —dijo rápido—. Ya en serio… quiero pedirte que salgas conmigo. Solo una vez… una sola. Y si no te gusta, prometo dejarte en paz.

Ella lo miró sin decir palabra por unos segundos, su mirada atravesándolo como cuchillas. La tensión flotaba en el aire, y el contraste entre la elegancia impecable de Julieta y el descaro desenfadado de Jesús parecía chocar como dos mundos opuestos a punto de estallar.

Julieta estaba sentada en su oficina, pero no estaba realmente ahí.
Frente a ella, los informes y contratos permanecían intactos, como si el tiempo se hubiera detenido. La pluma descansaba en su mano, pero no escribía; sus dedos, perfectamente cuidados, jugaban con la tapa, abriéndola y cerrándola de manera mecánica.
Afuera, el murmullo de la ciudad apenas se colaba por los ventanales altos, y el aroma tenue de su perfume caro se mezclaba con el de su café, que ya estaba frío.

Seguía repasando en su mente las palabras de Jesús, esa absurda propuesta de “salir solo una vez”. Lo que la tenía inquieta no era tanto la propuesta en sí, sino el hecho de haber dicho que sí.
¿En qué momento su boca se adelantó a su cerebro? ¿Cómo pudo, ella, Julieta Valterra de la Torre —heredera, empresaria, mujer de carácter implacable—, aceptar algo así de un hombre que ni siquiera pertenecía a su círculo?

Los pensamientos empezaron a golpearla como ráfagas:
—“¿Qué dirá papá cuando se entere? Seguro que fruncirá el ceño, se quitará las gafas y me dirá que estoy perdiendo el juicio.”
—“Mamá… ella no dirá nada frente a mí, pero en cuanto cierre la puerta, llamará a la tía Clara para contarle todo con esa voz de falsa preocupación.”
—“Mi abuela… oh, mi abuela. Ella no perdona los deslices sociales. Bastará una mirada suya para hacerme sentir como una adolescente que ha manchado el apellido.”

Y lo peor: sus “amigas”.
Las mismas que sonreían con exceso de dientes cuando la veían, pero que afilaban la lengua en cuanto se daba la vuelta.
—“Ya me las imagino… tomando té, con sus perlas y sus risitas fingidas, diciendo: ‘¿Supiste lo de Julieta? Con un tipo que ni siquiera es de nuestra gente… ¡Qué pena!’”




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