Contigo Ni Café Ni Té.

6.

Julieta pasó horas frente al espejo antes de decidir qué ponerse. En su mente, aceptar aquella cena con Jesús había sido casi un accidente, un desliz que no quería admitir ni ante sí misma. Pero si iba a ir, tenía que hacerlo con la dignidad y el porte que la distinguían. No se permitiría dar la impresión de que bajaba de nivel por cenar con un simple mensajero.

Eligió un vestido midi en color vino, ajustado a su silueta, elegante pero no ostentoso. La tela satinada caía con naturalidad y cada movimiento suyo tenía un aire de sofisticación. Complementó con unos tacones negros de aguja, un bolso discreto de diseñador y un blazer entallado que la protegía del aire nocturno. Su cabello lo dejó suelto, con ondas perfectamente trabajadas, y el maquillaje era impecable: labios rojos, delineado preciso, piel luminosa.

Cuando llegó al restaurante —un lugar sencillo pero acogedor, con manteles a cuadros y luces cálidas colgando del techo— Julieta sintió que desentonaba, como una joya fina en una caja de madera. Y eso, para su orgullo, no era precisamente negativo.

Jesús ya estaba ahí, esperándola en la mesa que había reservado. Vestía unos jeans oscuros, camisa blanca arremangada y una chaqueta de piel que, aunque sencilla, le daba un aire varonil y relajado. En cuanto la vio entrar, se quedó de piedra.

Sus ojos recorrieron de arriba abajo a Julieta, incapaz de disimular el asombro. Se levantó de inmediato, casi atropellando la silla en el movimiento.
—Virgen santísima… —susurró, antes de recuperar la compostura. Después sonrió de lado, con esa mezcla de descaro y admiración que lo caracterizaba—. Y yo que pensé que venía a cenar con una mujer… pero creo que me equivoqué, entró una diosa.

Julieta lo miró de reojo, con una mezcla de fastidio y satisfacción. No le gustaba la idea de darle crédito, pero en el fondo ese reconocimiento le arrancaba un cosquilleo de vanidad.
—No exageres, Jesús. Es solo un vestido.

Él soltó una carcajada suave, negando con la cabeza.
—No, licenciada. No es el vestido. Es usted. Y lo peor… —la miró directamente a los ojos— es que lo sabe.

Julieta parpadeó, sorprendida por la seguridad con que él se lo dijo. Sintió que su armadura tambaleaba un segundo, y para disimular se acomodó el cabello y tomó asiento con elegancia, fingiendo indiferencia.

Jesús, todavía maravillado, se inclinó hacia ella y murmuró:
—Le advierto que aquí sirven pasta y carne, no caviar ni langosta. Pero, se lo juro, con usted sentada frente a mí… este lugar acaba de volverse el restaurante más elegante del mundo.

Julieta tragó saliva, ocultando el leve temblor en su mano cuando acomodó la servilleta sobre sus piernas. No quería admitirlo, pero la forma en que Jesús la miraba la hacía sentir más deseada que en cualquiera de los banquetes de sociedad donde la rodeaban hombres ricos y aburridos.

La noche en la taquería de Don Chente era todo un contraste con el mundo elegante y controlado de Julieta.
Ella estaba acostumbrada a cenas en restaurantes de lujo, con manteles largos, cubiertos de plata y camareros que parecían desfiles de discreción. Y ahora, de repente, estaba allí, frente a un local sencillo, lleno de humo de la carne al pastor que giraba en trompo, del olor a tortillas recién hechas y de las voces alegres de la gente que pedía sin parar.

Jesús caminaba delante, confiado, saludando como si estuviera en su casa.
—¡Don Chente! ¿Cómo está, mi carnal? —gritó con esa voz despreocupada.
El taquero, con su mandil manchado y una sonrisa sincera, levantó la mano como si saludara a un viejo amigo.

—¡Jesús, hermano! Mira nada más quién vino hoy. ¿Y la dama? —preguntó mirando a Julieta, que bajaba del auto con paso firme, pero con el ceño fruncido y la nariz ligeramente arrugada por el olor a fritanga.

Jesús sonrió orgulloso.
—Ella es Julieta, y hoy se va a comer los mejores tacos del mundo. Váyame preparando tres de cabeza y tres de pastor coronados con piña, ¿sí? Ah, y dos de barril, ya sabe cómo me gustan.

Julieta se quedó parada, cruzada de brazos, mirando incrédula la escena.
—¿Es en serio? —dijo con tono cortante—. ¿Esto te parece una cena?

Jesús se giró hacia ella, divertido.
—No es cualquier cena, señorita. Es la cena de Don Chente. Aquí los tacos son tan buenos que al final te chupas los dedos.

Ella lo miró con frialdad.
—Guácala. Eso es vulgar. ¿Dónde están los cubiertos?

Jesús soltó una carcajada tan natural que varios comensales voltearon.
—¡Cubiertos! —repitió entre risas—. Aquí el cubierto son tus manos.

Don Chente apareció con un plato lleno de tacos humeantes, recién salidos de la plancha. La carne chisporroteaba, la piña dorada soltaba su jugo y la cebolla con cilantro desprendía un aroma que contrastaba con la expresión de asco de Julieta.

—Aquí tiene, damita, pruébelo y luego me dice —dijo Don Chente, orgulloso, entregándole el plato.

Julieta miró el taco como si fuera un objeto extraño.
Jesús tomó uno sin pensarlo, lo cerró con la tortilla y dio una mordida exagerada.
—Mmm… ¿ves? Esto es gloria —dijo con la boca medio llena—.

Ella lo observaba con una mezcla de horror y curiosidad. Dudó, y al final, con un suspiro de resignación, tomó un taco. Lo miró, lo giró, y preguntó con seriedad:
—¿Cuál es la salsa que no pica?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.