El día siguiente amaneció despejado, con un sol amable que bañaba el parque en tonos dorados. Julieta había aceptado esa nueva cita con Jesús casi sin darse cuenta, como si una parte de ella —la que nunca reconocía— quisiera probar hasta dónde podía llegar con aquel hombre que no dejaba de desarmarla con su espontaneidad.
Vestida con unos jeans entallados de corte perfecto, una blusa blanca de seda que resaltaba su piel trigueña clara y unas gafas oscuras que pretendían darle un aire de anonimato, llegó al parque caminando con la misma elegancia con la que solía entrar a las juntas de consejo. Aun en un picnic, Julieta proyectaba distinción, como si el césped bajo sus tacones tuviera que inclinarse para recibirla.
Jesús ya la esperaba bajo un frondoso árbol. Había extendido una manta a cuadros rojos y blancos, y sobre ella reposaban una caja de pizza aún humeante, una canasta de mimbre y una pequeña hielera. Cuando la vio acercarse, se puso de pie con una sonrisa sincera que desarmaba cualquier pose.
—Bienvenida al restaurante más exclusivo de la ciudad —dijo con ironía, haciendo una especie de reverencia.
Julieta arqueó una ceja, conteniendo una sonrisa.
—Espero que esta vez no sea una taquería disfrazada.
Jesús se rió, abriendo la caja frente a ella.
—No, no. Hoy toca pizza de pepperoni. Mi favorita. Y no cualquier pizza… —levantó un pedazo, dejando que el queso se estirara como un hilo dorado—. Mira nada más. ¿A poco no se ve mejor que cualquier platillo de cinco estrellas?
El aroma del pepperoni y el queso derretido llegó directo a Julieta, y aunque trató de mantener su gesto serio, no pudo evitar que se le escapara un “mmm” apenas audible. Jesús lo notó al instante.
—Ajá. Lo sabía. Ya conquisté a la licenciada Valtierra por el estómago —dijo divertido.
—No cantes victoria tan rápido —respondió ella, intentando recuperar su aire de superioridad.
Entonces Jesús sacó una botella envuelta en una servilleta blanca. La presentó como si fuese un trofeo.
—Pero eso no es todo. Hoy tenemos un acompañamiento especial. Un vino del Valle de Guadalupe. Cien por ciento mexicano, con notas especiadas de pimienta negra, taninos afrutados y un toque de grosella.
Julieta lo miró con incredulidad, casi divertida.
—No sabía que un mensajero supiera tanto de vinos.
Él encogió los hombros, con esa naturalidad que lo caracterizaba.
—Hace unos años trabajé en un restaurante italiano. Ahí aprendí de maridaje. Y lo más importante: aprendí a disfrutar los pequeños y grandes placeres que nos regala la vida.
Descorchó la botella con una habilidad inesperada y sirvió el vino en dos copas de cristal que había sacado de la canasta. Le entregó una a Julieta, que la recibió con recelo, como si aún no pudiera creer la escena.
Jesús levantó su copa, mirándola directo a los ojos.
—Por el privilegio de estar aquí contigo, aunque sea por una tarde.
Julieta sostuvo su mirada unos segundos. Algo en su pecho se apretó, y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué máscara usar. Finalmente levantó la copa y dijo en un murmullo casi inaudible:
—Salud.
El tintinear suave de las copas se mezcló con la brisa, con las risas lejanas de los niños corriendo y con el canto de los pájaros. En ese instante, Julieta sintió una calma extraña, como si aquella simplicidad —pizza, vino y un mantel sobre el pasto— tuviera más valor que cualquier banquete de gala o cena en un club exclusivo.
Jesús le ofreció una rebanada, y mientras ella tomaba un delicado bocado, él se echó hacia atrás en la manta, apoyando las manos tras la cabeza y mirándola con una sonrisa amplia.
—¿Ves? —dijo con picardía—. No hacía falta más. Solo tú, yo, pizza, vino… y este cielo que parece pintado para nosotros.
Julieta no contestó, pero en el fondo, contra su voluntad, tuvo que admitir que tenía razón.
Rafael llegó a la casa de Florencia con el rostro iluminado por una sonrisa que pronto se quebraría. Había cambiado su itinerario de negocios para sorprenderla, un gesto que creía romántico y que reafirmaría su compromiso con ella. Empujó la puerta con decisión y anunció:
—¡Bebé, sorpresa!
Pero lo que encontró lo dejó helado. Florencia estaba enredada entre sábanas, acompañada de un hombre que se apresuraba a vestirse, tropezando con sus propios pantalones. El aire en la habitación se llenó de un silencio sofocante, roto únicamente por el jadeo nervioso de Florencia.
Rafael se quedó clavado en el marco de la puerta, la maleta resbalando de su mano. Sus ojos se oscurecieron de rabia.
—Florencia… ¡no puede ser! Eres una cualquiera.
Ella trató de acercarse, con las manos extendidas como si pudiera calmar un incendio con un simple gesto.
—Rafael, no es lo que parece, déjame explicar…
Él soltó una carcajada amarga, cargada de dolor.
—¿No es lo que parece? ¿Qué quieres que crea? ¿Que estoy ciego? ¡Los encontré en mi propia cama!
Florencia bajó la mirada y con voz temblorosa respondió:
—Perdón… tengo una debilidad por los hombres. Todos tenemos defectos, yo… yo también.
Las palabras fueron como un puñal en el pecho de Rafael .
—¡No puede ser que dejé a Julieta por ti! —gritó, golpeándose el pecho con furia—. ¡Y encima, tenía negocios con su familia! Eres lo peor, Florencia. ¡Vete al demonio!