La oficina de Julieta estaba en penumbras aquella tarde. El reloj marcaba casi las siete, y la mayoría de los empleados ya se había marchado. Solo quedaban algunos murmullos lejanos en los pasillos y el zumbido constante del aire acondicionado. Julieta, con su porte impecable, se había encerrado en su despacho para poner fin a algo que la estaba consumiendo por dentro.
Jesús llegó puntual, como siempre. Traía en la mano una carpeta con documentos, aunque ambos sabían que la verdadera razón de su visita no tenía nada que ver con papeles. Tocó suavemente la puerta y, al oír la voz de Julieta que le permitía pasar, entró.
La encontró de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados y la mirada perdida en las luces de la ciudad. Llevaba un traje sastre beige que resaltaba su elegancia natural, pero había en su rostro un rastro de cansancio y algo más… como si hubiese llorado.
Jesús, con una mezcla de nervios y esperanza, rompió el silencio:
—Dijiste que querías hablar conmigo…
Julieta respiró hondo. No se giró de inmediato. Quería elegir bien cada palabra, aunque sabía que, al pronunciarlas, le romperían el corazón.
—Sí, Jesús… y no va a ser fácil lo que voy a decirte.
Él frunció el ceño, dio un par de pasos hacia ella.
—Me asustas. ¿Qué ocurre?
Julieta entonces se giró. Sus ojos, firmes pero húmedos, lo miraron directo, sin evasivas.
—Ya no voy a salir contigo.
Las palabras cayeron como un balde de agua helada. Jesús retrocedió medio paso, como si hubiera recibido un golpe en el pecho.
—¿Cómo dices…?
—He decidido regresar con Samuel —su voz era firme, aunque temblaba en el fondo—. Y voy a casarme con él.
Jesús abrió los labios, pero la sorpresa lo dejó sin habla. Su corazón comenzó a latir desbocado.
—No… no puede ser. Julieta, después de todo lo que hemos vivido, después de… —su voz se quebró—, ¿me estás diciendo que todo fue un error?
Ella apretó los puños, tratando de mantenerse erguida, pero una lágrima rebelde cayó por su mejilla.
—Quiero que me regreses los besos que te di… lo bien que la pasamos juntos. Todo eso debe quedar en el pasado.
Jesús, con los ojos encendidos de dolor, dio un paso hacia ella.
—No me pidas eso, Julieta. No me pidas olvidar lo que sentí cuando estuve contigo… no me pidas fingir que no hubo nada.
—Tienes que hacerlo —interrumpió ella, cortante, como quien se obliga a ser cruel para salvarse—. A partir de ahora, quiero que le des toda mi correspondencia a mi secretaria. No quiero más encuentros, no quiero más… confusiones.
El silencio se hizo insoportable. La respiración de ambos era lo único que llenaba el espacio.
Jesús, con la voz rota, preguntó:
—¿Estás segura?
Julieta cerró los ojos un instante. Al abrirlos, sus pestañas aún húmedas brillaban bajo la luz tenue.
—Estoy segura. Esto… —titubeó— esto es una locura. Mis padres nunca te aceptarían, Jesús. Seríamos el hazmerreír de todo mi círculo social. No puedo cargar con eso.
Jesús sintió cómo cada palabra se le clavaba como un puñal. Él, que la había mirado como a la única mujer posible, ahora era rechazado por un mundo que nunca lo aceptaría. Tragó saliva con dificultad y dijo casi en un susurro:
—Adiós… Julieta.
Pero antes de salir, volteó una última vez, con los ojos brillando de impotencia.
—Julieta… siento tantas cosas por ti… —su voz se quebró—. No sabes cuánto.
Ella se llevó una mano al pecho, como si quisiera contener el dolor que le oprimía el corazón. No contestó. Solo lo vio marcharse, con la certeza de que, en ese instante, algo dentro de ella también se estaba rompiendo.
Jesús cerró la puerta tras de sí, y el eco del golpe resonó en el despacho como un final. Julieta se dejó caer en la silla, sollozando en silencio, mientras la ciudad seguía iluminada allá afuera, indiferente a la tragedia íntima que acababa de ocurrir.
La puerta del despacho se abrió con un golpe seco que hizo que el murmullo apagado del piso ejecutivo se cortara por un instante. Una corriente de aire frío entró con él: traje azul marino de corte perfecto, camisa blanca inmaculada, corbata de seda y un abrigo largo colgado del brazo. Samuel avanzó con la seguridad de quien no teme a las miradas: sus zapatos brillaban como espejos, el reloj de oro asomaba en la muñeca y un aroma fuerte, varonil —aftershave y tabaco— quedaba flotando al paso.
Las secretarias en el pasillo se quedaron inmóviles por un segundo, luego miradas curiosas se asomaron por las puertas. Eva, que había terminado su jornada pero aún estaba por el edificio, alzó una ceja; en la recepción alguien susurró el nombre: “La señorira Julieta… ¿volvió con su ex?”.
En el despacho, Julieta estaba de pie junto al ventanal, la espalda recta, la expresión de mármol. Aun se veían en sus ojos las huellas de la tarde: una sombra de cansancio, las mejillas teñidas por lágrimas secas. Cuando Rafael la vio, la sonrisa se le ensanchó como si todo su plan hubiera tomado forma la última noche. Cruzó la habitación con paso medido, como un hombre que entra a reclamar lo que considera suyo.
—Julieta —dijo, sin alzar demasiado la voz pero con una determinación que visiblemente controlaba la sala—. Llegué antes de lo previsto.