Contigo Ni Café Ni Té.

9.

El despacho todavía olía a perfume caro y a la tensión que había dejado Rafael con su entrada triunfal. El silencio era espeso, como si los muros hubieran absorbido las palabras duras que se cruzaron minutos antes. Julieta permanecía de pie junto al ventanal, los brazos cruzados y la mirada perdida en la ciudad. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de una mujer fuerte, impecable, pero por dentro, su pecho ardía con una mezcla de rabia, confusión y cansancio.

Eva, la secretaria y amiga de confianza, se acercó despacio. Había estado escuchando parte de la escena desde el pasillo, y aunque sabía que su papel no era meterse en la vida privada de su jefa, la preocupación le pesaba demasiado como para callar. Llevaba en las manos unos documentos que fingía ordenar, pero lo que de verdad quería era hablar.

—Julieta… —empezó con cautela, con esa voz suave que usaba cuando intentaba no sonar invasiva—. ¿Puedo decirte algo?

Julieta giró apenas el rostro, todavía con los ojos vidriosos, y respondió seca:

—Si es sobre el trabajo, adelante.

Eva respiró hondo. Se armó de valor, bajó los papeles sobre el escritorio y la miró directo a los ojos.

—No es sobre el trabajo. Es sobre él.

Julieta se tensó. Sus dedos apretaron los brazos cruzados y levantó el mentón, como si se estuviera blindando.

—Eva —advirtió con un tono duro—. No empieces.

Pero Eva no retrocedió. Dio un paso más cerca, decidida, con esa mezcla de cariño y firmeza que solo una verdadera amiga podía tener.

—Julieta, por favor, recuerda quién es Rafael. Recuerda lo que hizo. No puedes borrar de la noche a la mañana que te engañó. Que mientras tú confiabas en él, él estaba revolcándose con Florencia. Y ahora viene con su anillo, con sus promesas baratas de matrimonio, creyendo que todo se arregla con una boda rápida.

Las palabras fueron como dardos. Julieta sintió que el rostro se le encendía de furia. Giró del todo hacia Eva y la miró con esos ojos oscuros que tantas veces habían hecho retroceder a socios, empleados y hasta a su propia familia.

—¡Ya basta! —exclamó, con la voz firme como un látigo—. Soy bastante grande para tomar mis propias decisiones. No necesito que me recuerden mi pasado cada cinco minutos.

Eva tragó saliva, pero no se dejó amedrentar. La conocía demasiado bien como para callarse.

—¿Decisiones? ¿Le llamas decisión a volver con el hombre que te humilló, que te mintió en la cara, que se burló de ti con otra mujer? —dijo con la voz quebrada, no de miedo, sino de dolor—. Julieta, yo te aprecio. Te he visto sufrir noches enteras, te he visto ahogarte en tus lágrimas cuando él se fue. Y ahora que parece que habías encontrado un poco de paz… ¿de verdad vas a arruinarlo todo por orgullo?

Julieta dio un paso hacia ella, el rostro endurecido, la barbilla alta, como una reina a punto de desterrar a quien osa desafiarla.

—Eva —dijo entre dientes, con esa calma peligrosa que escondía tormenta—. Te lo repito: es mi vida. Mis decisiones. Y si decido casarme con Rafael, lo haré. No necesito tu aprobación, ni la de nadie.

Por un instante, el silencio volvió a reinar. Eva la miraba con una mezcla de tristeza y frustración, como una hermana que ve a la otra caminar directo hacia un precipicio.

—Julieta… —susurró finalmente, bajando el tono, con lágrimas en los ojos—. No lo hagas. Te lo ruego. Te vas a arrepentir.

Las palabras se clavaron en el aire como cuchillos. Julieta apretó los labios, incapaz de responder de inmediato. Su orgullo la obligaba a mantenerse firme, pero en lo profundo de su pecho, algo se sacudía con violencia: la duda. Esa misma duda que intentaba callar con su enojo, con su coraje, con la altivez que siempre había usado como armadura.

Dio media vuelta y regresó al ventanal, cerrando el tema con un gesto de la mano.

—Ya no quiero hablar de esto, Eva.

Eva entendió que había tocado el límite, pero antes de salir del despacho se detuvo en la puerta. Su voz, aunque quebrada, fue clara, como una sentencia:

—Solo espero que, cuando llegue el momento, no sea demasiado tarde para darte cuenta.

La puerta se cerró suavemente detrás de ella. Julieta quedó sola, con la ciudad extendiéndose ante sus ojos como un espejo frío. La fachada de mujer invulnerable seguía intacta, pero en su interior, cada palabra de Eva resonaba con fuerza, como un eco que no podía apagar.

Y por primera vez en mucho tiempo, Julieta sintió miedo. No al escándalo, no a la sociedad, no al qué dirán… sino al error de elegir mal.

La sala de juntas parecía haberse encogido hasta convertirse en una jaula: el frío brillo de la mesa de cristal, las sillas de cuero alineadas, las puertas entreabiertas por las que se asomaban bocas curiosas y el murmullo contenido de la oficina como telón de fondo. Rafael, con la arrogancia de quien se sabe dueño de un mundo entero, apoyó una mano en el respaldo de una silla y dejó que sus palabras cayeran como dardos afilados.

—Vaya, vaya —comenzó con un deje de sorna, sonriendo como quien disfruta de una función—. No sabía que mi competencia era un pobre mensajero. Se nota que Julieta solamente se estaba divirtiendo contigo. No sabes realmente lo que hubo entre ella y yo. —Hizo una pausa teatral—. Se nota que eres un oportunista; te querías quedar con la dueña de esta empresa, ¿verdad, vividor?




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