La oficina de Gaspar estaba envuelta en una luz tenue, el reloj sobre la pared marcaba las nueve de la mañana y un silencio casi solemne reinaba entre los muebles de caoba y los estantes repletos de carpetas y libros de contabilidad y negocios. Gaspar estaba sentado detrás de su escritorio, los dedos entrelazados, la mirada fija en la ventana que daba hacia la calle, perdido en pensamientos sobre la situación con Jesús y su hija Julieta. Su mente no dejaba de darle vueltas a cada detalle, a cada gesto que había visto entre ellos, intentando entender cómo alguien con tan poca “presencia social” podía haber capturado el corazón de Julieta.
El teléfono sonó, cortando la calma con un timbre seco y autoritario. Gaspar lo tomó con una mezcla de expectativa y tensión.
—¿Sí? —dijo, con la voz controlada pero firme.
—Señor Gaspar, le habla el detective a cargo de la investigación que me pidió sobre el señor Jesús —informó la voz del otro lado, pausada y meticulosa—. He revisado sus antecedentes y la información que logré recolectar es limitada. Jesús se desplaza por la vecindad, pero no tiene un domicilio fijo allí. Lo ven de manera ocasional, interactuando con los vecinos y cumpliendo con algunos trabajos menores, pero no hay registros de propiedades, cuentas bancarias significativas ni antecedentes penales. En otras palabras, no hay mucho que informar sobre su pasado o su vida más allá de lo que usted ya sabe.
Gaspar respiró hondo, frunciendo el ceño mientras trataba de procesar la información.
—Entonces… —dijo lentamente, cada palabra cuidadosamente medida—, ¿quién realmente eres, Jesús?
Un silencio se hizo al otro lado de la línea antes de que el detective respondiera:
—Eso es todo lo que pude averiguar hasta ahora. Si desea, puedo profundizar más en sus relaciones personales, sus movimientos financieros recientes y posibles conexiones con otros lugares, pero se requerirá tiempo y más recursos.
Gaspar cerró los ojos un instante, apretando los labios. Su mente trabajaba frenéticamente, evaluando la situación: Julieta se había enamorado de un hombre que parecía ordinario, incluso humilde, pero algo en él parecía desafiar toda lógica social y económica. La idea de que su hija se comprometiera emocionalmente con alguien que no estaba “a su nivel” lo perturbaba profundamente. Sin embargo, algo le decía que Jesús no era un hombre común, que su discreción, su seguridad y su manera de actuar ocultaban más de lo que cualquiera podría imaginar.
—Detective —dijo finalmente—, continúa investigando. Quiero que vayas más a fondo. Revisa todos sus antecedentes posibles, cada conexión, cada empleo que haya tenido. Necesito saber todo sobre él, absolutamente todo.
—Entendido, señor Gaspar. Mantendré un registro detallado y le informaré en cuanto tenga novedades —respondió el detective, su tono profesional y firme, sin mostrar emoción.
Gaspar colgó el teléfono y se recostó en su silla, mirando hacia el techo, mientras sus pensamientos se mezclaban con un torbellino de emociones: preocupación por su hija, desconfianza hacia Jesús, curiosidad y una pizca de incredulidad. Todo parecía tan sencillo y a la vez tan complicado. ¿Cómo alguien como Jesús había logrado entrar en la vida de Julieta y hacerla feliz, cuando él mismo había luchado toda su vida para construir un mundo de seguridad y estatus para ella?
Se levantó lentamente, caminando hasta la ventana, observando la calle abajo con atención. Cada movimiento de la vecindad parecía resonar en su mente. Gaspar sabía que, aunque Jesús pareciera humilde, había algo en él que despertaba la admiración y la pasión de Julieta. Y esa misma cualidad era lo que más le inquietaba.
—No puedo permitir que nada le pase a Julieta —murmuró para sí mismo, con voz baja pero llena de resolución—. Necesito conocerlo, entenderlo… y proteger a mi hija, cueste lo que cueste.
Con una determinación renovada, Gaspar se sentó de nuevo en su escritorio y comenzó a hacer anotaciones: cada movimiento, cada dato que podía recordar sobre Jesús, cada interacción que había presenciado entre él y Julieta. Sabía que su investigación apenas comenzaba, y que descubrir la verdadera naturaleza de ese hombre era vital para proteger a su hija y, al mismo tiempo, entender el misterio que lo rodeaba.
La noche caía con suavidad sobre la ciudad, el cielo estaba despejado y las estrellas comenzaban a brillar con intensidad, como diminutas luces titilantes que parecían observarlos desde lo alto. Jesús había invitado a Julieta a un pequeño evento al aire libre en un parque, donde un grupo de músicos locales tocaba melodías suaves y románticas. El ambiente estaba lleno de luces cálidas colgando entre los árboles, el aroma a flores mezclado con la brisa nocturna creaba una atmósfera casi mágica.
Julieta apareció vestida con un sencillo vestido color marfil que resaltaba su porte elegante y su presencia imponente. No era ostentoso ni llamativo, pero sí tenía un aire delicado y refinado, como si cada pliegue y cada hilo hubiera sido pensado para que ella se sintiera cómoda y a la vez radiante. Sus tacones resonaban suavemente al caminar sobre el césped y su cabello estaba recogido en un moño sencillo, dejando algunos mechones libres que acariciaban suavemente su rostro.
Jesús, con su habitual sonrisa confiada pero sincera, la esperó cerca de la música, con una camisa blanca ligeramente desabotonada en el cuello y unos pantalones oscuros. Sus ojos brillaban con emoción al verla acercarse. Por un instante, Julieta notó cómo su corazón se aceleraba; no era solo la atracción, sino la sensación de libertad y autenticidad que emanaba de Jesús, algo que nunca había sentido en el mundo rígido y calculador al que estaba acostumbrada.