La mañana en la oficina de Gaspar tenía ese aire de gravedad que precede a decisiones importantes: cortinas entreabiertas, un sol pálido que entraba en láminas sobre el escritorio de caoba, y el murmullo lejano del personal que se movía por los pasillos. En el despacho principal, el investigador esperaba de pie, con una carpeta gruesa envuelta en una funda manila. Tenía la expresión de quien trae noticias que pueden alterar equilibrismos.
—Señor Gaspar —dijo, inclinando la cabeza con respeto mientras colocaba la carpeta sobre el escritorio con un leve golpe seco—. Aquí tiene toda la información que conseguí sobre el señor Jesús.
Gaspar lo miró con ojos fríos, tomó la carpeta entre las manos y dejó que el peso del papel le llegara a los dedos. No abrió nada aún; la mirada escaneó la portada con profesionalidad, el nombre del informe, las fechas, el sello del investigador. Era un documento confeccionado con esmero: reportes, hojas fotocopiadas, impresiones de redes sociales, recibos, testimonios de vecinos, registros de empleo, incluso fotografías recientes del mensajero en distintos puntos de la ciudad.
Antes de que Gaspar tuviera tiempo de decir algo, la secretaria entró en la oficina con paso contenido.
—Señor —anunció inclinando la cabeza ligeramente—. El licenciado Montes lo está esperando en la sala de reuniones. Todo está listo.
Gaspar asintió y, con un gesto calmado pero decidido, miró al investigador.
—Muy bien. Muchas gracias por su trabajo —dijo—. Estaremos en contacto.
El investigador recogió su carpeta de cuero, inclinó la cabeza de nuevo en señal de despedida y salió. Gaspar quedó solo unos segundos más, absorbido por el silencio del despacho. Colocó la carpeta con la investigación sobre la mesa, junto a otros papeles, y salió hacia la sala de reuniones. La carpeta quedó abierta apenas un centímetro, la tapa apoyada como una invitación muda a la curiosidad.
Mientras tanto, en el ala opuesta del edificio, Rafael esperaba en un despacho contiguo. Había venido a ver a Gaspar bajo algún pretexto de negocios; en el fondo, su regreso a la órbita de la familia de Julieta tenía mucho de estrategia personal. La secretaria de Rafael, eficiente y puntual, pasó unos minutos después a ofrecerle algo de beber: té, café, agua.
—¿Le traigo algo? —preguntó con voz amable.
—Estoy bien, gracias —respondió él sin mirar, concentrado en la espera.
La mujer salió dejándolo solo en la penumbra cómoda del despacho; la luz de la tarde filtraba sombras largas sobre la alfombra. Rafael, inquieto, paseó la mirada por la habitación: diplomas, cuadros sobrios, una estantería con libros bien ordenados. Sus dedos rozaron distraídamente una pila de carpetas sobre el escritorio y, como atraído por el destino, se topó con la funda manila que había quedado allí —la carpeta del investigador, recién dejada por Gaspar.
La curiosidad pudo más que la cortesía: apartó la carpeta, la abrió con un movimiento rápido y empezó a hojear. Al principio fue un repaso mecánico: registros de trabajo como mensajero, direcciones, testimonios de vecinos que lo ubicaban en la vecindad, contratos temporales en restaurantes y servicios. Pero a medida que pasaba las hojas su gesto cambió: las transcripciones de actas, un certificado de nacimiento parcialmente legible, un apunte manuscrito del investigador con una línea subrayada—“posible vínculo familiar con Altamirano”——lo hicieron detenerse.
Sus ojos repasaron de nuevo y leyó en voz baja, incrédulo:
“Jesús Ruperto Altamirano Leffer — nac. 05/09/1995 — registro de parentesco con Altamirano (pendiente confirmar)”
La primera reacción fue un silencio helado. Rafael dejó la carpeta abierta sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de la silla. Una sonrisa torcida empezó a dibujarse en su rostro, primero como asomo de incredulidad, luego, lenta y fría, como la sonrisa de quien comprende que la jugada ha cambiado.
—¿Jesús Ruperto Altamirano? —murmuró—. ¿Así que el mensajero es, en realidad…?
Rafael dejó escapar una risa corta, amarga. Se sintió traicionado y, a la vez, iluminado por una posibilidad pérfida: si Jesús era en verdad hijo de Altamirano, entonces no era solo un rival sentimental improvisado: era un rival con raíces en los círculos que ellos mismos frecuentaban. Un rival que quizá había fingido humildad en un juego que, ahora, podía volverse valioso para explotar.
Con el dossier entre las manos, Rafael repitió las líneas que más le habían llamado la atención: nombres, fechas, una dirección alterna —“vecindad, presencia ocasional”— y, lo que más le doloría, imágenes en las que Jesús aparecía con un aire natural que no encajaba del todo con su supuesto estatus. Aquella mezcla entre la verdad oculta y la mentira estratégica le dio a Rafael una idea nítida, peligrosa.
Se incorporó, reclinó la cabeza hacia atrás y dejó flotar la sonrisa. Las manos se le apretaron en un gesto de decisión; cerró la carpeta con cuidado, como si sellara un plan. Guardó los documentos en el lado más interno de su maletín, como quien guarda un arma secreta.
—Me las vas a pagar —susurró, primero para sí, luego mirando el techo como quien promete venganza—.
Sus pensamientos se volvieron inmediatos, metódicos y venenosos: si Jesús era hijo de Altamirano, la estrategia sería doble. Podía explotar esa información para desacreditar su honestidad, para sembrar dudas en la cabeza de Julieta; podía insinuar que el mensajero había mentido para acercarse por interés; podía filtrar datos a las personas correctas para que esos murmullos se conviertan en condena social. Y, sobre todo, podía trabajar en revertir la situación, en hacer que Julieta creyera que solo él —Rafael— la comprendía y la protegía.