Contigo Ni Café Ni Té.

17.

La mañana siguiente amaneció gris, como si el cielo supiera lo que pasaba en el corazón de Julieta. Ella se refugió en su cafetería favorita, un lugar tranquilo, con paredes de ladrillo visto, mesas de madera clara y el aroma envolvente del café recién molido que llenaba el aire. Había elegido una mesa junto al ventanal, desde donde podía observar a la gente pasar sin realmente ver nada. Llevaba un vestido sencillo color marfil, el cabello suelto y los ojos apagados, marcados por el llanto de noches anteriores.

Sobre la mesa tenía una taza de café a medio terminar y un pequeño cuaderno donde solía escribir pensamientos, pero esa mañana las páginas seguían en blanco. Sus dedos jugaban nerviosos con la cucharita, removiendo el café sin ganas.

Fue entonces cuando una sombra se proyectó sobre ella. Jesús, con el rostro cansado pero decidido, se plantó frente a la mesa. Llevaba un traje informal, sin corbata, como si quisiera mostrarse cercano, vulnerable. Su voz salió suave, casi un susurro:

—¿Te gustaría un café… o un té?

Julieta levantó la mirada, y en sus ojos había una mezcla de dolor y rabia contenida. No esperó ni un segundo para responder, tajante, con el filo de su rencor:

—Contigo ni café ni té. Aléjate de mí, Jesús Altamirano.

La forma en que pronunció su apellido fue un golpe en el pecho de Jesús, como si lo escupiera con desprecio, recordándole que su secreto había destruido lo que habían construido. Jesús respiró hondo, intentando mantener la calma.

—Julieta… yo te amo. —Su voz quebró apenas un poco, dejando escapar la sinceridad que lo dominaba.

Ella bajó la vista a su taza, tragó saliva y murmuró con amargura:
—Ya entiendo todo… El día de la cena, cuando don Ruperto vino a mi casa, por eso no quisiste ir. Para que no se cayera el teatro que estabas haciendo. ¿No es así?

Jesús se inclinó un poco hacia ella, desesperado por explicarse.
—No, Julieta… no es lo que piensas. Yo no quise engañarte. Solo quería conocerte como un hombre cualquiera, no como el hijo de Ruperto Altamirano.

Ella lo interrumpió con dureza, levantando la mirada llena de lágrimas contenidas:
—¡Déjame en paz! Aléjate de mí.

La cafetería quedó en silencio unos segundos. Un par de clientes miraban discretamente, incómodos, mientras el camarero fingía limpiar mesas cercanas. Jesús apretó los puños, su respiración se aceleró, y entonces, con voz grave pero firme, pronunció unas palabras que Julieta no esperaba:

—Lamentablemente tendremos que vernos, Julieta.

Ella lo miró confundida, sin entender del todo a qué se refería. Pero Jesús sabía lo que su padre estaba preparando, sabía que el destino los obligaría a cruzarse en los negocios, en los salones, en el círculo social que los rodeaba. Y aunque Julieta quisiera huir, él no pensaba rendirse tan fácilmente.

Jesús se enderezó, dio un paso atrás y la miró por última vez con una mezcla de dolor y determinación. Luego salió de la cafetería, dejando tras de sí un silencio que pesaba tanto como el aroma a café. Julieta se llevó las manos al rostro, tratando de contener el nudo en la garganta. Parte de ella quería odiarlo, pero otra parte, contra su voluntad, todavía lo amaba.

La sala principal de la casa Valtierra estaba iluminada por los grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana. Sobre la mesa larga de nogal había carpetas con estados financieros, informes de juntas y una jarra de café que aún despedía vapor. Gaspar hojeaba uno de los documentos con gesto sereno, mientras Julieta permanecía a su lado, sentada con las manos entrelazadas sobre su regazo, pero con el corazón latiendo con fuerza.

La puerta se abrió y don Ruperto Altamirano entró con su porte imponente. Su voz grave resonó con la naturalidad de quien está acostumbrado a dirigir:

—Papá, pasa hija —dijo Gaspar, levantándose y señalando la silla frente a él—. Don Ruperto vino a ver cómo están los negocios en el extranjero.

Ruperto sonrió satisfecho, colocando sobre la mesa una carpeta de cuero negro.
—Todo va muy bien. Cerramos un negocio con los clientes de Israel. Se ve tu excelente desempeño en todos los estados de cuenta, Julieta.

Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿Mis reportes?

—Sí —asintió Ruperto, con un destello de orgullo—. Además, mi hijo me ha mantenido al tanto todo el tiempo.

Las palabras retumbaron en la mente de Julieta como un trueno. “Mi hijo…”. Sintió un nudo en el estómago. Bajó lentamente las manos hacia la falda de su vestido y miró a Jesús, que había estado esperando en silencio junto al ventanal. Su voz quebrada emergió, cargada de reproche:

— O sea… que solo te estabas divirtiendo conmigo.

Jesús dio un paso hacia ella con urgencia. Sus ojos estaban empañados, su voz firme pero temblorosa de emoción.
—No, mi amor, ¡claro que no! Todo lo que te he dicho es verdad. Ya platiqué con tu papá… y también ya le conté todo a mi papá.

Julieta apretó los labios, luchando contra las lágrimas. Sus pensamientos eran un torbellino: la mentira, la revelación, el dolor de haber sido la última en saber.

Ruperto, viendo la tensión, decidió intervenir. Caminó hacia ellos con la calma de un patriarca acostumbrado a manejar situaciones difíciles.
—Julieta, permíteme que te explique, por favor. Jesús es mi hijo. Estudió Negocios Internacionales en Inglaterra, y no por ser mi hijo iba a gozar de todos los privilegios.




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