Contigo Ni Café Ni Té.

18.

Julieta había despertado esa mañana con un nudo en el pecho. No quería hablar con nadie, ni con su madre, ni con su padre, ni siquiera con su abuela. Se puso sus zapatillas deportivas, un conjunto ligero de licra negra y una gorra blanca. Tomó su reproductor de música y salió rumbo al club al que solía ir a despejar su mente.

El Club Campestre de la ciudad era exclusivo, un lugar al que solo tenían acceso familias de renombre. Sus amplios jardines estaban impecablemente cuidados; los rosales rebosaban de flores recién podadas, las palmeras se erguían esbeltas bordeando los senderos, y en el centro había una pista especial para corredores que se extendía entre los árboles como una serpiente de asfalto gris. A los lados, bancos de madera con herrajes negros invitaban al descanso, mientras que las fuentes de agua en mármol ofrecían un sonido relajante al chocar las gotas contra la piedra.

El aire olía a césped recién cortado y a jazmín, un aroma que siempre le había parecido reconfortante. A lo lejos se escuchaban las pelotas de tenis rebotando en las canchas, el chapoteo de los niños en la piscina y la risa de algunas señoras que desayunaban en la terraza del restaurante del club.

Julieta se colocó los auriculares y empezó a correr, intentando dejar atrás las imágenes de los últimos días: la traición de Rafael, la mentira de Jesús, las presiones de su madre, las palabras sabias de su abuela. Sus pies golpeaban el suelo con fuerza, como si con cada paso pudiera soltar la rabia, la tristeza, la confusión.

De pronto, al girar una curva del sendero sombreado por robles, se detuvo en seco. Allí, apoyado contra un árbol, con una botella de agua en la mano y ropa deportiva sencilla —camiseta blanca, pantalón corto azul marino y tenis desgastados—, estaba Jesús. Su mirada se encontró con la de ella de manera inevitable.

Él parecía tan sorprendido como ella, pero en sus ojos había una mezcla de alivio y deseo. Julieta sintió que la sangre le subía a las mejillas; quiso seguir de largo, fingir que no lo veía, pero sus piernas no respondieron. Jesús dio un par de pasos hacia ella, dejando caer la botella al suelo.

—Julieta… —dijo con la voz ronca, casi un suspiro.

Ella negó con la cabeza, todavía con el pulso acelerado por la carrera y por la confusión de verlo allí.

—No, Jesús. No ahora…

Pero él no lo pensó más. La tomó suavemente de la mano y con un movimiento decidido la acercó a su pecho. Julieta intentó resistirse unos segundos, empujándolo con las palmas contra el torso, pero en cuanto sintió el calor de su respiración, esa tensión que la había perseguido durante noches, se derrumbó.

Jesús la besó. Primero con cuidado, como quien pide permiso, rozando apenas sus labios con los de ella. Pero al sentir que Julieta no lo apartaba, el beso se volvió más profundo, cargado de todo lo que habían callado: la frustración, el amor, el miedo, el deseo.

Julieta cerró los ojos, sus dedos se crisparon en la camiseta de él, y el mundo alrededor desapareció. No había club, no había corredores que pasaban cerca lanzando miradas curiosas, no había sociedad ni apellido ni negocios. Solo estaban ellos dos, fundidos en un instante que parecía eterno.

Cuando al fin se separaron, ella lo miró con los ojos brillantes y el pecho agitado.

—No debiste hacerlo… —susurró, aunque en su voz no había firmeza, sino temblor.

Jesús le acarició el rostro con la yema de los dedos, con una ternura que la desarmó aún más.
—Tenía que hacerlo, Julieta. Porque aunque quieras huir de mí, sé que me amas. Y yo… yo no pienso rendirme.

Ella retrocedió un paso, con lágrimas contenidas, y se giró para seguir corriendo, dejando a Jesús parado en medio del sendero, con la convicción de que esto apenas estaba comenzando.

Julieta salió del club con el corazón en un torbellino. El beso de Jesús la había dejado sin aliento, como si hubiese corrido un maratón sin detenerse. Se subió a su coche con manos temblorosas, encendió el motor casi por instinto y condujo sin rumbo fijo, hasta que un pensamiento claro atravesó la maraña de emociones: Eva.

Eva era su amiga desde la universidad, su confidente, la única persona en quien confiaba plenamente fuera de su familia. Sabía que con ella podía llorar, gritar, dudar y no sería juzgada. Así que, sin pensarlo más, giró el volante rumbo a su departamento.

El departamento de Eva quedaba en un edificio moderno de ladrillo rojo, con balcones adornados de plantas colgantes y ventanales amplios que dejaban pasar la luz de la tarde. Eva vivía en el sexto piso, en un espacio acogedor, lleno de detalles que hablaban de su personalidad: cuadros abstractos en las paredes, cojines de colores sobre el sofá gris, estantes rebosantes de libros, y velas aromáticas encendidas que llenaban el aire con un aroma dulce a vainilla y sándalo.

Julieta tocó el timbre con urgencia, y Eva abrió la puerta en leggins y camiseta oversize, con el cabello recogido en un moño desordenado. Al ver la expresión desencajada de su amiga, no hizo falta preguntar.
—Pasa ya, ¿qué te hicieron ahora? —dijo con tono protector.

Julieta entró y apenas se dejó caer en el sofá, cubrió su rostro con ambas manos. Las lágrimas, que había contenido en el club, comenzaron a resbalar por sus mejillas. Eva se sentó a su lado, sin presionar, simplemente poniendo una manta sobre sus piernas y ofreciéndole una taza de té caliente que siempre tenía a mano.




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