Contigo Ni Café Ni Té.

19.

Al día siguiente, Julieta llegó a la oficina con el semblante aún serio. Sus tacones resonaban suavemente sobre el mármol pulido del vestíbulo mientras avanzaba hacia su despacho, cada paso reflejando la mezcla de impaciencia y frustración que sentía. La luz de la mañana entraba a través de los ventanales grandes, iluminando las plantas cuidadosamente arregladas y las paredes adornadas con fotografías de eventos corporativos, donde ella aparecía con ejecutivos y socios importantes.

Al abrir la puerta de su oficina, su mirada se posó inmediatamente sobre el escritorio. Y allí, entre el ordenador, la agenda y los papeles ordenadamente alineados, descansaba una rosa roja solitaria, recién cortada, de pétalos brillantes y delicadamente perfumada. Julieta frunció el ceño, parpadeando varias veces mientras intentaba procesar lo que veía. Sus dedos temblorosos se acercaron a tocarla, pero se detuvo a medio camino.

—¿Por qué me haces esto, Jesús? —murmuró con voz baja, apenas un suspiro que parecía más dirigido a sí misma que al aire vacío de la oficina—. Quiero estar enojada… y no puedo.

Se dejó caer en su silla giratoria, sintiendo cómo el peso de la contradicción la embargaba. Por un lado, estaba su orgullo, ese mismo orgullo que la había mantenido firme ante su familia y la sociedad, que la había hecho resistirse a mostrar vulnerabilidad. Por otro lado, estaba esa sensación cálida que le recorría el pecho, la ternura que la rosa evocaba y la memoria de la forma en que Jesús siempre la había hecho sentir especial, incluso cuando creía que ella estaba jugando con él o que él era un simple mensajero.

Julieta tomó la rosa entre sus manos, girándola suavemente, observando los pétalos que se abrían con natural perfección. Su perfume la envolvió y, por un instante, casi olvidó la ira que sentía. Sintió un nudo en la garganta y tuvo que cerrar los ojos para no derramar lágrimas. Cada recuerdo de los gestos de Jesús, su voz, su sonrisa franca y su paciencia, regresaba en oleadas que ella intentaba sofocar.

—Maldito seas, Jesús Altamirano —susurró, con un hilo de risa contenida, mezcla de enfado y desesperación—. ¿Cómo puedes hacer que me enoje contigo cuando… cuando solo quiero… no sé… abrazarte y decirte que no me importa nada más?

El teléfono sobre su escritorio sonó, sobresaltándola, recordándole que debía mantener la compostura. Julieta respiró profundo, dejando la rosa a un lado, como si al colocarla ahí estuviera marcando la frontera entre su orgullo y sus sentimientos. Sin embargo, la mirada se le volvió hacia la flor una y otra vez mientras comenzaba a organizar sus papeles y revisar los correos electrónicos, haciendo todo lo posible por concentrarse en el trabajo.

Cada vez que levantaba la vista, la rosa seguía allí, un recordatorio silencioso y persistente de que Jesús no se rendiría, y de que, a pesar de su decisión de mantenerse enojada, algo dentro de ella comenzaba a ceder. Julieta se sintió atrapada entre la razón y el corazón, entre la obligación de mantener su dignidad y el deseo de dejarse llevar por aquello que siempre había sabido que la hacía sentir viva.

Finalmente, se recostó en la silla, cerrando los ojos un instante y respirando profundamente. Sabía que aquel día no sería fácil; que la rosa no era un simple gesto, sino un desafío directo a sus emociones. Y, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse firme, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, traicionando su enojo.

—Maldito Jesús… —susurró de nuevo, pero esta vez, sin rencor. Solo con la certeza de que, de alguna manera, él siempre encontraba la manera de llegar hasta su corazón.

La oficina de Julieta estaba bañada por la luz suave de la mañana que se filtraba por las persianas, dibujando líneas paralelas sobre el escritorio impecablemente organizado. El murmullo lejano de los teléfonos y las conversaciones de los empleados parecía desvanecerse mientras Julieta se inclinaba hacia su computadora portátil. Con el ceño ligeramente fruncido y los labios entreabiertos, comenzó a teclear: “Jesús Altamirano”.

Las primeras páginas que aparecieron la hicieron arquear las cejas. Su mirada se movía rápidamente, absorbiendo cada palabra. “Vivió en Italia… estudió en Harvard… maestría en Francia…” Julieta no pudo evitar murmurar, fascinada y sorprendida:

—Por eso conoce tanto de vino… —susurró, recordando aquel momento en el que Jesús describió con precisión cada matiz de un vino francés, mientras su memoria recreaba la pasión y la seguridad con la que lo había hecho. Su corazón se aceleró apenas al pensar en la profundidad de sus conocimientos.

Luego una mezcla de diversión y admiración iluminó su rostro:

—En… Harvard… e hizo una maestría en Francia… eres interesante, Jesús Altamirano —dijo, como si estuviera hablando consigo misma, mientras una sonrisa tímida se dibujaba en sus labios.

Pero de inmediato su pensamiento se desplazó hacia el Jesús que había conquistado su corazón: el mensajero divertido, audaz, espontáneo, el que siempre la hacía reír y sentir que cada momento con él era único. Julieta suspiró y murmuró casi para sí misma:

—Pero Jesús, el mensajero, es más interesante aún… debería de conocerlo de verdad.

En ese instante, la puerta de la oficina se abrió con suavidad y apareció Eva, caminando con la confianza natural de quien conoce bien los silencios y los pensamientos de su amiga. Eva se apoyó ligeramente en el marco de la puerta y observó a Julieta, que todavía estaba absorta en la pantalla, sus ojos brillando con la mezcla de asombro y confusión que solo podía provocar alguien que se enfrenta a un secreto revelador.




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