La noticia corrió como pólvora. Un intento de asesinato, un empresario poderoso como Jesús Altamirano, un exnovio celoso como Rafael... todo tenía los ingredientes de un escándalo digno de la prensa más sensacionalista.
Los titulares de los diarios se volvieron implacables:
"Intento de homicidio contra el magnate Jesús Altamirano."
"Exnovio de Julieta, acusador de sabotear los frenos del empresario."
"La boda del año entre Julieta y Altamirano marcada por la tragedia."
Las cadenas de televisión dedicaron programas especiales; los noticieros no hablaban de otra cosa. Los paparazzis se apostaban frente a la oficina de Julieta, frente al edificio corporativo de Altamirano y hasta en la casa de los padres de ella. La imagen de Rafael, esposado y cabizbajo, fue reproducida en todas las portadas.
La familia de Julieta quedó dividida. Su madre, que siempre había dudado de Jesús por considerarlo demasiado "enigmático", se estremeció con la idea de que su hija iba a casarse con un hombre perseguido por los titulares. Pero al mismo tiempo, la abuela, con voz firme, dijo en la sala de estar:
-Si ese muchacho hubiese querido, Rafael ya no estaría vivo. Pero tuvo la oportunidad de acabar con él y prefirió dejar que la justicia se encargue. Eso habla más de Jesús que todos esos periódicos.
Julieta, pese al dolor y la humillación que sentía al ver el nombre de su familia en boca de todos, se mantuvo firme. La noche en que los noticieros transmitieron las imágenes del arresto de Rafael, lloró en su habitación, pero al día siguiente apareció impecable en la oficina, con el rostro sereno, como si nada pudiera quebrarla. La prensa, sin embargo, no le dio tregua: fotógrafos gritaban su nombre, periodistas le preguntaban si no tenía miedo de casarse con un hombre que "ya parecía tener enemigos".
Jesús, mientras tanto, organizó la estrategia mediática: silencio absoluto. Solo una breve declaración a la prensa:
-Confío en la justicia. No tengo nada más que añadir.
Ese mismo hermetismo lo hizo ver aún más enigmático, casi indestructible, y la prensa lo convirtió en un mito.
Preparativos de la boda tras la tormenta
Cuando el ruido mediático comenzó a bajar, Julieta y Jesús se sumergieron en los preparativos de la boda. Esta vez, todo debía ser perfecto.
El lugar elegido fue un palacio restaurado en las afueras de la ciudad, con jardines interminables y una cúpula de cristal donde se celebraría la ceremonia. Julieta, fiel a su carácter perfeccionista, revisaba personalmente cada detalle: la tonalidad de las flores debía combinar con el terciopelo de las sillas, la iluminación debía proyectar un resplandor cálido y no demasiado artificial, y los meseros debían ensayar el servicio como si fuera una coreografía.
La prensa internacional estaba invitada, pero bajo condiciones estrictas. Jesús quería que su boda fuera un espectáculo controlado, una muestra de poder y elegancia, pero sin la sombra del escándalo reciente.
Las pruebas del vestido de Julieta eran otro evento en sí mismo: los diseñadores venían de París con bocetos exclusivos. El vestido final, un secreto guardado bajo siete llaves, estaba custodiado en un salón privado, y solo Eva, su confidente y secretaria, sabía exactamente cómo era.
Los días previos, las conversaciones giraban en torno al futuro matrimonio. Algunos decían que Julieta era la mujer más afortunada del país; otros, más maliciosos, murmuraban que era la más temeraria por haberse enamorado de un hombre como Jesús, que ocultaba sombras tras su encanto.
Pero a Julieta ya no le importaba. Mientras probaba el velo frente al espejo, en una de esas tardes frenéticas de preparativos, se dijo a sí misma en voz baja:
-Esta vez no habrá nadie que me robe lo que quiero.
Y en lo profundo, aunque todavía había un leve temblor en su corazón cada vez que recordaba la risa de Jesús en aquella noche tras visitar a Rafael en la cárcel, también sentía que esa intensidad era justamente lo que la mantenía viva.
La boda no sería solo un enlace... sería un golpe al mundo entero, un recordatorio de que nadie, ni siquiera los fantasmas del pasado, podían interponerse entre Julieta y Jesús.
Desde el momento en que Rafael fue enviado a prisión, Jesús supo que su vida -y la de Julieta- no volverían a estar del todo tranquilas. Los enemigos no siempre desaparecían; a veces se multiplicaban en las sombras. Así que, cuando llegó el momento de preparar la boda, Jesús no solo pensó en el vestido, la iglesia o la recepción: pensó en cómo blindar un evento que sería el centro de atención del país y, probablemente, del extranjero.
La ceremonia se celebraría en un palacio restaurado del siglo XIX, rodeado de extensos jardines diseñados al estilo francés, con fuentes que reflejaban la luz de las antorchas al anochecer. Pero no fue elegido solo por su belleza: el palacio estaba ubicado en una colina, de acceso limitado, con un solo camino de entrada y otro de salida, lo que lo convertía en un espacio fácil de controlar y vigilar.
Jesús ordenó instalar cámaras de última generación en cada esquina del terreno, torres de vigilancia discretamente camufladas entre los cipreses, y sensores de movimiento en las veredas ocultas.
-Nadie entrará ni saldrá sin que yo lo sepa -dijo a su jefe de seguridad, un hombre de confianza que lo había acompañado desde sus días en Europa.