Kilómetro cero:
Hay dolores que empiezan en el cuerpo. Los verdaderamente peligrosos son los que terminan convenciéndonos de que ya no sabemos quiénes somos.
—¡Últimos quinientos!
La voz de Mateo llegó desde la lancha de apoyo, deformada por el viento.
Valentina Sosa no necesitaba escucharlo.
Sabía exactamente cuánto faltaba.
Quinientos metros.
Cuarenta y siete paladas, si conseguía mantener la frecuencia.
Cuarenta y cinco si arriesgaba.
Cuarenta y tres si estaba dispuesta a terminar vomitando sobre el muelle.
Sonrió.
Cuarenta y tres, entonces.
Porque Valentina Sosa podía aceptar muchas cosas.
Madrugar.
Entrenar con frío.
Tener las manos llenas de ampollas.
Renunciar a cumpleaños, vacaciones y domingos.
Lo único que nunca había aprendido a aceptar era perder.
Clavó el remo.
Tiró.
El bote respondió.
Otra palada.
Otra.
Otra.
El Golfo Nuevo se abría frente a ella bajo un cielo gris. El viento del oeste levantaba pequeñas crestas blancas que golpeaban el casco y obligaban a corregir constantemente el rumbo.
Valentina conocía aquel mar.
Había crecido sobre él.
Había aprendido a leer sus cambios antes incluso de saber explicar qué significaban.
Sabía cuándo una ola podía aprovecharse.
Cuándo debía respetarse.
Cuándo el viento era un adversario.
Y cuándo simplemente había que dejar de pelear contra él.
Aquella mañana estaba peleando.
Contra el viento.
Contra las otras embarcaciones.
Contra el cronómetro.
Y contra un dolor que llevaba semanas fingiendo que no existía.
El hombro derecho volvió a arder.
Valentina apretó los dientes.
No.
Ahora no.
Había comenzado como una molestia.
Un pinchazo después de los entrenamientos.
Nada importante.
Hielo.
Antiinflamatorios.
Descanso.
Bueno.
Descanso no.
Valentina no descansaba.
Había reducido algunas series.
Eso contaba.
Más o menos.
Después el dolor empezó a aparecer durante los entrenamientos.
Primero después de veinte kilómetros.
Después de quince.
Después de diez.
Aquella mañana había aparecido antes de la largada.
Y ella había hecho lo mismo que llevaba semanas haciendo.
Ignorarlo.
—¡Vamos, Vale!
Escuchó a Emilia desde algún punto de la costa.
No podía verla.
Pero reconocería aquella voz entre miles.
Valentina sonrió.
—¡Estoy yendo! —gritó, aunque sabía perfectamente que Emilia jamás podría escucharla.
El bote que marchaba primero estaba a menos de cuatro metros.
Cuatro metros.
Nada.
Una buena serie.
Un cambio de frecuencia.
Una pequeña equivocación de la rival.
Eso era todo lo que necesitaba.
Miró hacia adelante.
La boya roja que señalaba el último giro se acercaba.
Después de ella quedaba una recta hasta la llegada.
Su especialidad.
—Dale, Sosa.
Una palada.
—Dale.
Otra.
—Dale.
El hombro volvió a quemar.
Esta vez el dolor bajó por el brazo.
Valentina perdió fuerza durante una fracción de segundo.
El remo derecho entró mal.
El bote se inclinó.
—¡Mierda!
Corrigió inmediatamente.
La competidora de al lado ganó medio metro.
Valentina respiró profundamente.
No pasaba nada.
Todavía podía alcanzarla.
Giró alrededor de la boya.
Perfecto.
La proa quedó apuntando directamente hacia la llegada.
Trescientos metros.
Ahora.
Aumentó la frecuencia.
Uno.
Dos.
Uno.
Dos.
La respiración empezó a quemarle los pulmones.
Las piernas ardían.
Las manos dolían.
Eso conocía.
Ese dolor era bueno.
Era el dolor que decía que todavía quedaba algo para entregar.
El otro no.
El otro dolor era diferente.
Profundo.
Punzante.
Incorrecto.
Y cada fibra de su cuerpo parecía estar gritándole que se detuviera.
Valentina hizo exactamente lo contrario.
Aceleró.
—¡Está recortando!
La voz de alguien llegó desde la costa.
La primera embarcación estaba a dos metros.
Después a uno y medio.
Valentina sonrió.
Sabía que podía.
Siempre podía.
Esa era la diferencia entre ella y los demás.
Cuando todos empezaban a pensar que no quedaba nada...
Valentina encontraba algo más.
Otra palada.
Un segundo.
Una reserva que nadie sabía que existía.
No era la más fuerte.
No siempre era la más técnica.
Pero nadie sabía sufrir como ella.
Y, durante años, había estado orgullosa de eso.
Doscientos metros.
El hombro ardió.
Valentina cerró los ojos durante una fracción de segundo.
—Después.
Le habló a su propio cuerpo.
—Doleme después.
Clavó el remo.
Tiró.
El dolor explotó.
Abrió los ojos.
Por un instante no sintió los dedos.
El remo derecho estuvo a punto de escapársele.
Lo sostuvo.
—No.
Respiró.
—No me hagas esto ahora.
Otra palada.
La rival seguía delante.
Un metro.
Quizá menos.
Ciento cincuenta.
El público gritaba desde la costa.
Valentina ya distinguía algunas figuras.
Mateo.
Emilia.
Tomás.
Los juveniles del club.
Todos esperándola.
Todos sabiendo exactamente lo que haría.
Atacar.
Siempre atacar.
Porque esa era Valentina.
La que no aflojaba.
La que llegaba tarde a todos lados excepto a una línea de meta.
La que se reía cuando estaba nerviosa.
La que hacía un chiste cuando los demás querían llorar.
La que convertía cada entrenamiento en una competencia aunque nadie hubiera aceptado participar.
La que siempre podía un poco más.