Contra el viento

CAPÍTULO 1: FUERA DEL AGUA

Kilómetro uno:

Hay momentos en los que detenerse no es una elección. El verdadero desafío empieza cuando descubrimos que no sabemos quiénes somos estando quietos.

—Tendinopatía del manguito rotador con lesión parcial del supraespinoso.

Valentina Sosa miró al traumatólogo.

Después miró a Emilia.

Después volvió a mirar al traumatólogo.

—Perfecto.

El médico arqueó una ceja.

—¿Perfecto?

—Sí. Pensé que iba a decirme algo complicado.

Emilia cerró los ojos.

—Vale...

—No, en serio. ¿Eso viene con subtítulos o tengo que fingir que entendí?

El traumatólogo dejó la resonancia sobre el escritorio.

No sonrió.

Mala señal.

Normalmente la gente sonreía cuando Valentina hacía un chiste.

Incluso por compromiso.

—Significa que tenés una lesión importante en el hombro derecho.

Valentina acomodó la espalda contra la silla.

—Bueno. Eso sí lo entendí.

Habían pasado cuatro días desde la competencia.

Cuatro días desde el chasquido.

Cuatro días desde aquellos treinta metros que todavía aparecían cada vez que cerraba los ojos.

La primera radiografía había descartado una fractura.

Después llegaron la ecografía.

La resonancia.

Las consultas.

Las salas de espera.

Las mismas preguntas repetidas una y otra vez.

¿Desde cuándo sentías dolor?

¿Habías tenido molestias anteriormente?

¿Tomaste antiinflamatorios?

¿Continuaste entrenando?

A esa última pregunta Valentina había respondido que no.

Emilia la había mirado.

Valentina corrigió inmediatamente:

—Bueno... depende de qué consideremos entrenar.

El médico había dejado de escribir.

—Actividad física exigente.

—Entonces sí.

—¿Cuánto?

—Lo normal.

—¿Cuánto es normal?

Valentina había dudado.

—Dos horas.

Emilia carraspeó.

—Por turno.

El médico levantó la vista.

—¿Hacías doble turno?

—Algunos días.

—Cinco veces por semana —aclaró Emilia.

Valentina la había fulminado con la mirada.

Traición.

Absoluta traición.

Ahora tenía las imágenes de su hombro frente a ella.

Una pequeña zona blanca.

Unas sombras.

Algo que para Valentina no significaba absolutamente nada y que, sin embargo, parecía tener el poder de decidir su futuro.

—La buena noticia —continuó el médico— es que no estamos hablando de una rotura completa.

Valentina sonrió.

—¿Ves?

Golpeó suavemente el brazo de Emilia.

—Buena noticia.

Emilia no respondió.

El médico tampoco.

Valentina dejó de sonreír.

—¿Y la mala?

El hombre juntó las manos sobre el escritorio.

—Necesitamos frenar.

Aquella palabra.

Otra vez.

Frenar.

Detenerse.

Parar.

Parecía que durante los últimos cuatro días todo el mundo había aprendido nuevas formas de decirle exactamente lo mismo.

—¿Cuánto?

—No puedo darte un plazo exacto.

—Aproximado.

—Valentina...

—Dos semanas.

Silencio.

—¿Tres?

El médico negó.

—Estamos hablando de meses.

Algo se hundió dentro de ella.

No permitió que llegara al rostro.

—Bueno.

Se encogió de hombros.

Se arrepintió inmediatamente.

El dolor la atravesó.

Apretó los dientes.

—Meses.

repitió.

—Reposo deportivo inicialmente. Después vamos a comenzar un tratamiento kinésico progresivo. Hay que disminuir la inflamación, recuperar movilidad, trabajar estabilidad escapular y fortalecer el hombro.

Valentina asentía como si estuvieran explicándole el mantenimiento de un motor.

—¿Y después vuelvo?

El médico guardó silencio.

—¿Después vuelvo a remar?

preguntó nuevamente.

—Ese es el objetivo.

—Perfecto.

—Pero...

Ahí estaba.

El maldito "pero".

Siempre había un "pero".

—Pero necesitamos ser realistas.

Valentina sintió la mano de Emilia acercándose a la suya.

La retiró antes de que pudiera tocarla.

—Soy realista.

—El deporte de alto rendimiento somete el hombro a una exigencia enorme. Y por lo que vemos en la resonancia, esta lesión no apareció hace cuatro días.

Valentina bajó la mirada.

—Venías entrenando con dolor.

No era una pregunta.

—Un poco.

—¿Cuánto tiempo?

Silencio.

—Valentina.

—Dos meses.

Emilia giró bruscamente hacia ella.

—¿Dos meses?

—Más o menos.

—¡Me dijiste que era una contractura!

—Porque pensé que era una contractura.

—¿Y por qué no fuiste al médico?

—Porque se me iba a pasar.

—Claramente no se te pasó.

—Gracias, Emilia. Excelente aporte científico.

—¡Vale!

—Chicas.

El médico levantó una mano.

Las dos callaron.

—Necesito que entiendas algo —continuó él—. Recuperar el hombro para una vida cotidiana normal es una cosa. Recuperarlo para remar al nivel en el que vos competís es otra.

Valentina dejó de escuchar el ruido del aire acondicionado.

El tráfico de la calle.

La respiración de Emilia.

Todo.

—¿Qué quiere decir?

preguntó.

Sabía perfectamente qué quería decir.

Pero necesitaba escucharlo.

—Que no puedo garantizarte que vuelvas al alto rendimiento.

La frase cayó sobre la habitación.

Pesada.

Definitiva.

Valentina miró la resonancia.

Aquella pequeña mancha blanca.

Eso era todo.

Veinticuatro años.

Miles de horas de entrenamiento.

Amaneceres.

Regatas.

Viajes.

Medallas.

Derrotas.

Ampollas.

Frío.

Viento.

Todo reducido a una imagen en blanco y negro.

—¿Pero puedo volver?

insistió.

—Existe esa posibilidad.

—¿Qué porcentaje?

—No funciona así.

—Todo funciona con porcentajes.




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