Contra el viento

CAPÍTULO 2: LA CHICA QUE SIEMPRE LLEGA TARDE

Kilómetro dos:

Algunas personas llegan tarde porque pierden el colectivo, porque olvidan poner una alarma o porque calculan mal el tiempo. Otras llegan tarde porque, mientras sigan corriendo de un lugar a otro, nunca tienen que quedarse quietas el tiempo suficiente para preguntarse adónde van.

Valentina Sosa llegaba tarde a todas partes.

A los cumpleaños.

A las reuniones.

A las cenas familiares.

A los turnos médicos.

A los entrenamientos que no dirigía Mateo.

Incluso había llegado doce minutos tarde al casamiento de su prima y había entrado a la iglesia justo cuando el sacerdote preguntaba si alguien tenía algo que objetar.

—¡Yo! —había gritado desde el fondo.

Toda la iglesia se quedó en silencio.

Valentina levantó las manos.

—Perdón. Era para avisar que llegué.

Su tía todavía no se lo había perdonado.

Pero había una excepción.

El remo.

Durante años, Valentina había llegado al club antes que todos.

Cuando Puerto Madryn todavía dormía.

Cuando las luces de la costanera permanecían encendidas y el Golfo Nuevo era apenas una extensión negra debajo del cielo.

A las cinco y media.

A veces a las cinco.

Mateo podía citarla a cualquier hora.

Ella estaba ahí.

Porque para Valentina llegar tarde era una costumbre.

Pero llegar tarde al agua era imperdonable.

Dos semanas después de la lesión, su despertador sonó a las cinco y veinte de la mañana.

Valentina abrió los ojos inmediatamente.

No necesitó mirar la pantalla.

Su cuerpo todavía recordaba.

Durante varios segundos permaneció acostada mirando el techo.

Después giró la cabeza.

Sobre una silla descansaba la ropa que había preparado la noche anterior.

Calzas.

Buzo.

Zapatillas.

Nada de ropa técnica para remar.

Nada de guantes.

Nada del chaleco del club.

Solo ropa común.

Recordó entonces que no tenía entrenamiento.

No ese día.

Ni al siguiente.

Ni probablemente durante muchos otros.

Apagó la alarma.

Se dio vuelta.

Cerró los ojos.

Cinco minutos después volvió a abrirlos.

No podía dormir.

A las seis estaba tomando mate en la cocina.

A las seis y diez había limpiado la mesada.

A las seis y veinte había ordenado un cajón que llevaba cuatro años prometiendo ordenar.

A las seis y treinta había clasificado los cubiertos.

A las seis cuarenta y cinco había decidido que clasificar cubiertos era el principio de una crisis existencial.

A las siete llamó a Emilia.

—¿Qué pasó?

La voz de su amiga sonó inmediatamente alarmada.

—Nada.

—¿Entonces por qué me llamás a las siete de la mañana?

—Quería saber cómo estabas.

Silencio.

—Vale.

—¿Qué?

—Son las siete.

—Ya establecimos eso.

—Estoy en Europa.

Valentina parpadeó.

Miró la hora.

Después recordó.

Emilia y Tomás habían viajado tres días antes para una concentración previa a una competencia internacional.

—Ah.

—Acá son las once.

—Entonces no te desperté.

—No.

—Perfecto.

—Pero vos deberías estar durmiendo.

Valentina bebió mate.

—Estoy aprovechando el día.

—Ordenaste algo, ¿no?

—No.

—¿Qué ordenaste?

—Los cubiertos.

Emilia soltó una carcajada.

—Estás desesperada.

—Mi cocina jamás estuvo tan organizada.

—¿Cómo está el hombro?

Ahí estaba.

La pregunta.

—Excelente.

—Vale.

—Moderadamente excelente.

—¿Fuiste a kinesiología?

—Ayer.

—¿Y?

—Mi kinesióloga es una sádica.

—Eso significa que sí.

—Me hizo mover el brazo cinco centímetros y lo llamó ejercicio. Yo lo llamo humillación.

Emilia rio.

Valentina sonrió.

Mucho mejor.

Mientras Emilia se riera, podían hablar de cualquier cosa menos de lo importante.

—¿Fuiste al club?

preguntó su amiga.

La sonrisa desapareció.

—No.

—Mateo me dijo que tampoco contestás sus mensajes.

—Mateo es un buchón.

—Está preocupado.

—Mateo nació preocupado.

—Valentina.

—¿Cómo está Tomás?

Cambio de tema.

Perfecto.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Cambiar de tema cuando algo te incomoda.

—No estoy cambiando de tema. Me interesa profundamente el bienestar de mi remero traumado favorito.

—Está acá al lado.

—Decile que dije "remero extraordinariamente atractivo y emocionalmente estable".

Escuchó la voz de Tomás a la distancia.

—¡Demasiado tarde!

Valentina rio.

Por unos segundos volvió a sentirse normal.

Cuando terminó la llamada eran casi las ocho.

Tenía seis horas hasta la rehabilitación.

Seis.

Horas.

Nunca había sabido que una mañana podía durar tanto.

Antes, su vida estaba dividida en bloques perfectamente definidos.

Entrenamiento.

Desayuno.

Trabajo.

Segundo entrenamiento.

Gimnasio.

Recuperación.

Dormir.

Repetir.

Ahora tenía algo que siempre había deseado.

Tiempo libre.

Y descubría que lo odiaba.

Trabajaba media jornada en una agencia de turismo cerca de la costanera.

Su función consistía en organizar excursiones, atender turistas y explicar por qué intentar acercarse a una ballena en kayak sin guía profesional era una idea terrible.

Era buena.

Especialmente porque podía hablar durante horas.

—¿Cuánto dura la excursión? —preguntó una turista aquella mañana.

—Tres horas aproximadamente.

—¿Y vamos a ver ballenas?

—Eso depende de las ballenas.

La mujer frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Todavía no conseguimos que firmen contrato.

Su compañero Nicolás tosió para disimular una carcajada.

—Lo que Valentina quiere decir —intervino— es que son animales silvestres.




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