La noche olía a tierra mojada, pólvora y miedo. Yo tenía seis o siete años y estaba escondido bajo una cama baja, temblando, mientras los gritos se mezclaban con el ruido seco de los disparos. El piso vibraba como si un monstruo invisible pisara con fuerza. A través de las rendijas vi los pies de mi madre, descalzos, moviéndose rápido, protegiendo a mis hermanos. Escuché a mi padrastro discutir con los hombres que habían entrado a robar. Uno de ellos levantó un arma larga; parecía más grande que yo. Sentí el aire cortado por las balas, un calor en mi brazo izquierdo y grité:
-¡Me dieron! ¡Me dieron!
Creí que iba a morir. Me imaginé flotando hacia el cielo, como las cometas que volábamos en las tardes. Pero no: era apenas un rasguño. Lloraba sin aire mientras mi madre me cubría la cabeza con sus manos. Todo pasó en segundos, pero en mi memoria dura siglos. El olor de la sangre, el zinc del techo vibrando con cada disparo, el corazón golpeando en mi garganta.
Ese era mi mundo. Ese era Los Tanques.
No crecí entre paredes sólidas ni techos de tejas, sino bajo láminas de zinc que ardían como fuego al mediodía y crujían con la lluvia en las noches. Mi casa era un rancho pobre, pero limpio como un templo. Mi madre, aunque trabajaba limpiando casas ajenas, mantenía nuestro pedazo de tierra impecable. La pobreza no olía mal en mi casa: olía a jabón azul, a guiso hirviendo en la tarde, a ropa tendida al sol.
Nuestra vecina trabajaba en el botadero nacional. Era una especie de hada madrina sin varita. Cada fin de semana lanzaba juguetes buenos -muñecos, carritos, pelotas- por encima de la pared que separaba nuestras casas. Y ahí estábamos nosotros, tres hermanos, despertando temprano para correr como gacelas, tratando de atrapar los tesoros que caían del cielo. Esos minutos eran nuestra Navidad semanal. Nunca olvidaré el sonido de los juguetes golpeando el suelo: clac, clac, clac... y después nuestras risas.
Mis amigos eran los del frente: Vanesa, Llerardine y Antoni. Jugábamos a las escondidas, a la mamá y al papá, hacíamos casitas con tablas viejas. En carnaval, trompos y metras llenaban los bolsillos. Con los vueltos de los mandados yo compraba mis propias canicas, mis pequeños lujos. Teníamos carritos inventados: canastas con ruedas de coche de bebé. Los jalábamos como si fueran autos de millonarios. Éramos pobres, sí, pero éramos dueños del tiempo.
Mi madre, mientras tanto, era mi refugio. Aunque mi padrastro me trataba distinto -sus hijos tenían ropa nueva y yo no-, ella trabajaba hasta el cansancio para que yo no sintiera la diferencia. Me compraba mi uniforme, mis cuadernos, mis lápices. Por eso, aunque caminaba largas cuadras para ir al colegio, yo llegaba con mi sonrisa intacta, con mis sueños en los bolsillos. Los maestros decían que era inteligente, que escribía bonito. No sabían que esas primeras líneas que yo escribía eran mi forma de salvarme del mundo.
Las tardes tenían su propio ritual. Sosteníamos el plato en la mano y veíamos caricaturas: El Chavo del 8, Tom y Jerry, programas que hoy parecen ingenuos. Afuera, la mata de guayaba y la de limón nos regalaban jugos improvisados. Mamones «prestados» de los vecinos eran nuestro lujo. La vida era dura, pero estaba envuelta en una magia silenciosa.
Y ahí estaba yo, niño de Los Tanques, corriendo detrás de mis cometas hechas con retazos, corriendo hasta que el pecho ardía, hasta verlas elevarse sobre mí, sobre mí, sobre mí. Lo era todo. Simplemente lo era todo. Yo no sabía entonces que, mientras corría detrás de mis cometas, la delincuencia del barrio ya estaba escribiendo otro destino para mí. Pero hasta ese momento, mientras escuchaba a mi madre gritar desde la cocina:
-¡Vengan a comeeeer!
Yo seguía soñando. Soñando contra el viento. Cantando para nadie. Creciendo en silencio. Como un niño que, sin saberlo, estaba a punto de convertirse en artista.
El amanecer después del tiroteo no trajo calma, sino desarraigo. Nos fuimos del barrio a toda prisa, con lo poco que teníamos metido en bolsas, dejando atrás la casa de láminas de zinc y los recuerdos que todavía ardían como brasas. Llegamos a Las Acacias, un nombre que sonaba bonito pero que escondía una vida más dura, como si el destino hubiera decidido entrenarme en la resistencia.
Allí, entre calles polvorientas y casas improvisadas, conocí a Luis Enrique. Otro niño, otro barrio, otro comienzo. Nos hicimos inseparables; él fue mi refugio en un mundo que parecía desmoronarse. Jugábamos en el patio inmenso de la cuñada de mi madre, mientras en el terreno de al lado, prestado por un compadre, levantábamos nuestro segundo rancho.
El colegio quedaba todavía más lejos, pero mi madre seguía luchando. Vendía comida en un quiosco improvisado frente a una empresa; era apenas un negocio de latones, pero para nosotros representaba un pequeño imperio de esperanza. El dinero comenzaba a entrar, pero la relación con mi padrastro se iba desangrando. Yo lo veía todo desde el rincón de mi niñez: el alcohol empezó a colarse en la mesa entre las risas de los adultos, mientras mi mundo interior seguía soñando con guitarras, trompos y bates.
En ese patio jugábamos béisbol con palos viejos mientras mi hogar se fracturaba. Mi madre y su cuñada bebían; mi padrastro discutía. Yo ya tenía once años y había pasado a primer año de bachillerato, pero por dentro seguía siendo el niño que corría detrás de su cometa. Mi refugio fue la iglesia católica. Me acerqué primero para hacer la Primera Comunión y terminé enamorado de la guitarra. Un muchacho cantaba en la misa y yo, que ya había aprendido a cantar en el colegio, quise imitarlo. Me hice monaguillo. Servía el altar con mi sotana blanca, aprendía los cantos y ensayaba con el tambor las canciones navideñas. Por primera vez sentí que mi voz podía ser un puente. Era como si Dios me hubiera prestado un pequeño espacio de luz en medio de tanto ruido.
Pero incluso ese respiro tenía grietas. Afuera, la violencia y el caos no esperaban; golpeaban de manera silenciosa y constante, recordándome que la vida no se detenía por mi refugio. Una noche, mi padrastro y mi madre discutieron, y él, en un arranque brutal, le rompió el brazo. Yo tenía apenas once o doce años; lloré, grité y temblé al verla con el yeso puesto, cargando su dolor y nuestra comida al mismo tiempo. Dejamos atrás nuestro hogar. La invasión de tierras adonde nos mudamos después fue caótica: un campamento improvisado de sobrevivientes buscando un lugar donde reconstruirse. Dejamos atrás aquel pequeño quiosco y las memorias que pesaban; con el tiempo, se curaron las heridas, abriendo la puerta a un nuevo comienzo.
Editado: 09.10.2026