Contra los Patrones de la Época

1

A veces siento que el mundo va demasiado rápido y yo… simplemente no.

No es que no quiera seguirle el ritmo, es que hay días en los que todo se siente como un ruido de fondo que no logro descifrar. Las notificaciones, las risas forzadas, las conversaciones que duran lo mismo que una historia de Instagram.

Hoy, por ejemplo, estoy sentada en el último asiento del autobús camino al instituto, viendo cómo la ciudad se mueve como si tuviera prisa por llegar a algún lugar que yo todavía no entiendo.

Todos hablan, todos ríen, todos parecen encajar en algo.

Y yo… yo solo observo.

No porque sea tímida, sino porque me gusta ver lo que nadie nota: las miradas cansadas, los silencios incómodos, las sonrisas que se quiebran apenas la gente voltea la cara.

Mirar más allá de lo que todos muestran. Y aunque no lo digo en voz alta, hay una parte de mí que todavía cree que entre tanto caos, entre tanta prisa, entre tanto “todo es temporal”, debe existir algo —o alguien— que no se vaya.

No sé si hoy será un día diferente o simplemente otro día de mierda.

Pero algo en el aire se siente… distinto.

O eso quiero creer.

Como si la vida estuviera a punto de empujarme hacia algo que no pedí, pero que quizá necesitaba.

El autobús frenó de golpe y casi se me cae el cuaderno de las piernas.

—Ariaaa, por fin te encuentro —escuché antes de verla. Era Luna, con su energía de siempre, esa que parece encender cualquier espacio aunque ella jure que no hace nada especial. Se dejó caer a mi lado, con los audífonos colgando del cuello y el moño medio deshecho.

—Necesito contarte algo —dijo, como si fuera urgente—Me gusta un chico.

Ahí estaba.

La frase universal del instituto. Pero cuando viene de Luna, siempre trae un brillo distinto.

—¿Otro? —pregunté, levantando una ceja.

—No. Este es… diferente.

Siempre dicen eso, pero esta vez su voz tenía un temblor suave, como si le diera miedo admitir que le importa más de lo que debería.

—¿Y qué pasó?

—Nada. O sea… hablamos. Bueno, él me habló. Bueno… me dijo “hola”.

Me reí.

—Luna, por favor…

—¡Es que fue un buen “hola”! —insistió, empujándome con el hombro.

Ella rió también. Y por un momento, entre el ruido del autobús y la ciudad pasando rápido por la ventana, sentí que esa pequeña escena —dos chicas riéndose por un “hola”— era más real que cualquier historia perfecta que suben a redes.

—Aria —susurró de pronto—, ¿tú crees que todavía exista alguien que quiera algo bonito?

Esa pregunta se quedó flotando entre nosotras.

Ojalá sí. Ojalá todavía exista alguien que no se vaya cuando las cosas se ponen un poco difíciles.

Yo no respondí.

No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo hacerlo sin sonar rota o demasiado sincera.

El autobús dobló en la esquina del instituto y, justo antes de que Luna pudiera decir algo más, lo vi. Un chico que no había visto antes.

Estaba apoyado en la baranda de la entrada, con los auriculares puestos y la mirada perdida en algún punto que no existía. No tenía la actitud de los que quieren llamar la atención… pero igual la llamaba.

Luna siguió mi mirada y abrió los ojos como si hubiera descubierto un tesoro.

—¿Lo viste? —susurró, como si él pudiera escucharnos desde afuera.

Asentí sin pensarlo.

—Claro que lo vi, Luna. Tengo ojos también —dije mientras me levantaba del asiento y me colgaba el bolso al hombro.

Ella rodó los ojos, exagerando como siempre.

—Ay, Aria, no seas así. Es que… no sé, tiene algo.

—Todos tienen “algo” cuando te gustan —respondí, bajando del autobús con calma.

El aire de la mañana estaba fresco, ese tipo de frescura que despierta más que el café. La gente caminaba rápido hacia la entrada del instituto, cada uno metido en su propio mundo, en sus propios pensamientos.

Luna caminaba a mi lado, hablando con las manos, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía.

—No, en serio, Aria. Este chico… no sé. No lo había visto antes. ¿Y tú?

—No.

no dije más.

No porque me interesara —porque no me interesaba, o al menos eso me repetí—, sino porque había aprendido que a veces es mejor observar antes de opinar.

Ella soltó una risa suave, de esas que siempre parecen esconder algo más.

—Ay, Aria, no te hagas. Ese chico tiene vibra de protagonista.

—Tiene vibra de estar en su mundo —respondí, bajando del autobús con calma. Luna caminó a mi lado, casi saltando.

—¿Y qué? A veces la gente en su mundo es la más interesante.

—Mi mamá siempre dice que la primera impresión no es lo que ves, sino lo que decides ver —dije, sin mirarlo demasiado tiempo.

Y sinceramente, todavía no sabía qué estaba viendo.

A veces la gente parece una cosa por fuera y otra completamente distinta por dentro. Y a veces… ni ellos mismos saben qué son.

Luna soltó un suspiro dramático, como si mis palabras fueran poesía accidental.

—Aria, por favor… ¿puedes dejar de sonar tan profunda a las siete de la mañana? Me haces sentir que vine sin cerebro.

Sonreí apenas.

—No es profundidad, Luna. Es… sentido común.

—Pues tu “sentido común” parece sacado de un libro —respondió, empujándome con el hombro—. Pero está bien, te lo acepto. Igual yo digo que ese chico tiene historia.

Caminamos hacia la entrada del instituto. El chico seguía ahí, en el teléfono quieto, como si el mundo se moviera a otra velocidad y él no tuviera prisa por alcanzarlo.

Parece que le vale tres Doritos su entorno.

Luna se inclinó un poco hacia mí, como si estuviéramos conspirando.

—¿Sabes qué vibra me da? —preguntó.

—Me vas a decir igual aunque no quiera saberlo —respondí.

—Vibra de “me pasó algo, pero no lo voy a contar hasta el capítulo ocho”.

Solté una risa que no pude contener.

—Luna, por favor…



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En el texto hay: novela juveni

Editado: 07.06.2026

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