—Te ves bien, Aria —dice Luna desde el borde de mi cama, cruzada de brazos como si fuera mi estilista personal. Me giro a verla por encima del hombro.
Luna tenía el cabello suelto, con algunos mechones tapándole la cara. Ese desorden elegante que solo a ella le queda bien. Llevaba un vestido rojo oscuro, ajustado pero sin llamar demasiado la atención, y unos tacones bajos que hacían clic cada vez que se movía. Parecía lista para una portada de revista sin siquiera intentarlo.
—Lo dices porque tú ya estás lista —resoplo, mirándome en el espejo—. Yo en cambio no me decido si ir con vaqueros o con vestido.
Odiaba los vestidos. Me hacían sentir como si estuviera disfrazada de alguien que no soy.
Luna se rió, como si ya supiera la respuesta desde antes de que yo hablara.
—Ponte lo que más te haga sentir cómoda. O sea, tus vaqueros negros y la camisa blanca —dijo, sacando una chaqueta de cuero de mi armario—. Para el frío.
Suspiré, pero tenía razón. Me puse los vaqueros ajustados, la camisa blanca metida por dentro y la chaqueta encima. Luego recogí mi cabello en un moño despeinado que, sorprendentemente, me quedaba bien. Mis mechones negros se dejaron caer en mi rostro con naturalidad, como si hubieran decidido ayudarme por primera vez en la vida.
—¿Y si no vamos? Igual no nos invitaron oficialmente —digo, repiqueteando los dedos en mi estómago, nerviosa sin admitirlo.
Luna me mira como si hubiera dicho la mayor tontería del mundo.
—Ya no podemos decir que no. Atlas nos pasa buscando en media hora. Y él nos invitó, eso dijo. Así que yo le sigo la corriente.
Me quedé quieta un segundo, mirando mi reflejo.
Vaqueros, camisa blanca, chaqueta de cuero, moño despeinado.
Parecía yo... pero una versión un poquito más valiente.
—Media hora... -murmuré.
Luna sonrió, esa sonrisa que anuncia caos.
—Sí, Aria. Media hora para descubrir si ese chico es tan interesante como parece... o si solo habla bonito.
-¿Cómo es posible que un tonto apodo que le colocaste tú a un chico raro nos haya metido en este lío? -dije asomándome por la ventana al lado de mi cama, como si Atlas fuera a aparecer antes de tiempo solo para aumentar mis nervios.
Luna soltó una carcajada tan fuerte que casi se le cae el tacón bajo.
—Aria, por favor -dijo levantando las manos-. Yo solo dije "trauma bonito", no pensé que el universo lo tomaría como una invitación formal a meternos en problemas.Se acercó a mí, empujándome suavemente con el hombro.
—Además, tú fuiste la que le habló primero. Yo solo bautizo gente, no manejo consecuencias —añadió con una sonrisa orgullosa, como si su talento para poner apodos fuera un superpoder.
Rodé los ojos, pero no pude evitar reírme.
—Pues tu superpoder nos tiene a las dos arreglándonos para una fiesta a la que ni siquiera queríamos ir. Luna se encogió de hombros, divertida.
—Bueno, peor sería quedarnos en casa viendo dramas coreanos y llorando por hombres ficticios. Al menos este es real... creo.
Me giré para verla, incrédula.
—¿"Creo"? ¿Qué clase de respuesta es esa?
—Una honesta—-dijo, levantando una ceja—. Ese chico tiene la vibra de "o es un misterio profundo o es un desastre con piernas". No hay punto medio.
Y ahí estaba Luna, siendo Luna:
la voz de la razón... pero versión caótica.
-Como si lo hubiéramos llamado por telepatía... -murmuré.
Porque justo en ese instante, el sonido de un auto demasiado ruidoso retumbó en la calle. Luna y yo nos asomamos torpemente por la ventana, chocando hombros como dos abuelas curiosas.
Y ahí estaba.
Atlas.
En un auto que parecía estar peleado con el silencio desde hacía años. Tenía el ceño fruncido, mirando a todos lados como si estuviera resolviendo un acertijo imposible.
Claramente no sabía dónde estaba.
Luna soltó una risa ahogada.-Dios mío... -susurró-. ¿Ese es su carro o está repartiendo helados clandestinos?
Yo me tapé la boca para no reír demasiado fuerte.
-Luna, cállate... nos va a escuchar.
-Aria, ese carro hace más ruido que mis traumas -dijo ella, completamente seria-. Si no nos escuchó ya, es porque está peleando con el GPS.
Atlas revisó su teléfono, luego la calle, luego el teléfono otra vez.
Se veía tan perdido que por un segundo pensé que iba a darse la vuelta y regresar a su casa.
-¿Crees que...? -empecé.
-Sí -me interrumpió Luna-. Está dudando de sus decisiones de vida. Igual que nosotras.
Atlas levantó la mirada hacia la ventana, como si hubiera sentido que lo observábamos.
Yo me aparté tan rápido que casi me caigo encima de mi cama.
Luna se quedó mirando, divertida.
-Perfecto -dijo-. Ya lo asustaste antes de salir. Vamos bien.
Me miré una última vez en el espejo.
Vaqueros negros, camisa blanca, chaqueta de cuero.
Moño despeinado.
Mis mechones negros cayendo sobre mi rostro con naturalidad, como si por fin colaboraran conmigo.Respiré hondo.
—Okey... vamos.Luna sonrió como si estuviera a punto de entrar a un reality show.
—Vamos a ver si el famoso Atlas es misterio profundo... o desastre con piernas.
Bajamos las escaleras, cada paso más ruidoso que el anterior.
Mi corazón iba al ritmo del motor de su carro: rápido, torpe, nervioso.
Cuando abrimos la puerta, Atlas ya no estaba dentro del auto.
Estaba afuera, apoyado con un brazo sobre la puerta del conductor, como si llevara ahí un rato esperando.
La luz del poste caía justo encima de él, iluminando su ropa completamente negra: camiseta, chaqueta ligera y jeans oscuros. Todo simple, pero demasiado bien puesto para alguien que decía no gustarle las fiestas.
Y su cabello...
Seguía igual que en la mañana: despeinado, natural, con mechones apuntando en todas direcciones como si él hubiera nacido con un ventilador personal.
Pero lo que realmente me hizo frenar fue el auto.