Contra los Patrones de la Época

3

Desperté con un dolor punzante en la espalda baja que me hizo fruncir el ceño y quejarme entre dientes. Sentí cómo el músculo protestaba cuando intenté moverme, como si la noche entera hubiera pasado encima de mí.

Abrí los ojos con esfuerzo. La luz de la mañana entraba sin pedir permiso por el ventanal gigante al lado del mueble donde había dormido, iluminando todo con un brillo dorado que me obligó a entrecerrar los ojos. El sol caía directo sobre la mesa de centro y sobre el mueble gris, dándoles un tono cálido, casi hogareño, como si la sala estuviera más despierta que yo.

Me quedé unos segundos quieta, tratando de ubicarme. El aire olía a casa: a madera, a polvo que brillaba suspendido en la luz, a ese silencio suave que solo existe temprano en la mañana. Sentí el frío del suelo bajo mis pies cuando los apoyé, y el contraste con el calor del rayo de sol que me alcanzaba la cara me hizo parpadear varias veces.Me incorporé despacio, masajeándome la espalda con una mano mientras soltaba un suspiro cansado. Dormir en el sofá siempre terminaba igual: dolor, incomodidad y esa sensación de haber peleado con el mueble toda la noche. Aun así, había algo reconfortante en despertar allí, como si ese espacio me abrazara un poco, aunque fuera torpemente.

La sala estaba tranquila, casi demasiado. El mueble gris, la mesa de centro, las cortinas moviéndose apenas con la brisa… todo parecía detenido en un momento que solo yo estaba viviendo. Y por un instante, me quedé observando la luz avanzar por el piso, lenta, como si quisiera avisarme que el día ya había empezado aunque yo no estuviera lista.

Y es que no lo estaba.

Hice memoria de lo que había pasado anoche y de por qué terminé durmiendo en el mueble.

Un pensamiento vago me atravesó la mente y, poco a poco, la imagen se aclaró. Luna había dormido en mi cama.

O mejor dicho, se había adueñado de ella como si fuera territorio conquistado. Se tiró de lado, luego se estiró como una estrella de mar y, al final, ocupó cada centímetro disponible sin dejarme otra opción que buscar refugio en el sofá.

No voy a decir que el mueble fuera incómodo, porque no lo era del todo, pero tampoco estaba acostumbrada a dormir allí. El cojín se hundía más de lo que esperaba, y cada vez que me movía sentía cómo el respaldo crujía un poco, como si protestara por tener que soportar el peso de alguien que no era él.

Aun así, la escena de anoche me sacó una sonrisa cansada. Luna, medio dormida, balbuceando cosas sin sentido mientras yo intentaba acomodarle una almohada; su cabello hecho un desastre, su respiración pesada.

De repente, un olor tan fuerte y tan rico que me hizo rugir el estómago con una necesidad casi agresiva llegó directo a mis fosas nasales.

—¿Qué es ese olor tan rico? —murmuré, todavía medio dormida, pero con el hambre despertando más rápido que mi cerebro.

El aroma a café recién hecho, caliente y amargo, se mezclaba con el olor tostado del pan dorándose. Esa combinación me terminó de sacar del letargo. Era imposible ignorarla; era el tipo de olor que te toma por sorpresa y te obliga a levantarte aunque tu cuerpo siga protestando.

Me incorporé despacio y me dirigí hacia la cocina, siguiendo el rastro del aroma como si fuera una cuerda invisible tirando de mí. La sala y la cocina estaban unidas, sin puertas ni divisiones, así que me asomé desde el marco imaginario que separaba ambos espacios.

Allí estaba mi madre.

Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas, sujetado a medias por una pinza que parecía estar haciendo un esfuerzo heroico por mantenerlo en su sitio. Llevaba una pijama gruesa, de esas que usa cuando hace frío, y estaba inclinada sobre la cafetera con el ceño fruncido, concentrada como si estuviera resolviendo un problema matemático en lugar de preparar café.

La escena era tan cotidiana y tan de ella que me dio una sensación cálida en el pecho.

Mi mamá levantó la mirada apenas sintió mi presencia y sonrió con esa ternura que siempre le sale natural, como si ya supiera exactamente cómo me sentía.

—Buenos días, cariño. ¿Qué tal dormiste en el sofá? —preguntó, con una voz suave que combinaba perfectamente con el olor a café.

—Fatal —respondí, llevándome la mano al lugar donde me dolía—. Me duele la espalda baja.

Ella soltó una risita pequeña, casi escondida, mientras servía el café en una taza.

—Yo te vi durmiendo plácidamente —comentó, con ese tono de madre que siempre tiene algo guardado.La miré con el ceño fruncido, sin entender a qué se refería. Ella solo levantó una ceja y, con la cuchara en la mano, hizo un gesto señalando la comisura de su boca.

Me tomó un segundo procesarlo.

Y cuando lo hice, sentí cómo mis mejillas se calentaban al instante.

—¿Estaba…?

Ella asintió, divertida.

—Babeando —dijo, como si fuera el dato más normal del mundo.

Yo apreté los labios, queriendo desaparecer por un momento, mientras ella seguía sonriendo como si acabara de ver algo adorable en lugar de vergonzoso.

Mi mamá dejó la taza sobre la encimera y se giró un poco hacia mí, todavía con esa sonrisa dulce que siempre le sale cuando me ve recién levantada.

—Ven acá, mírate —dijo señalando mi cara con la cuchara—. Tienes cara de haber peleado con el sofá y haber perdido.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.

—No exageres —murmuré, aunque la verdad era que sí me sentía derrotada.

Ella se acercó un poco, como si quisiera inspeccionarme mejor, y me apartó un mechón de cabello de la frente.

—Tienes el cabello todo aplastado de este lado —comentó, acomodándolo con cuidado—. Y mira esas ojeras…

—Gracias por el reporte completo —respondí, cruzándome de brazos.

—Ay, hija, no te quejes —rió—. Igual te ves bonita. Solo… un poquito desordenada.

Me encogí de hombros, sintiendo cómo el calor del café y la luz de la mañana hacían que la cocina se sintiera más viva. Mi mamá volvió a su taza, pero seguía mirándome de reojo, como si estuviera esperando que yo dijera algo más.



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En el texto hay: novela juveni

Editado: 24.06.2026

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