Deslizaba mi dedo por la pantalla del teléfono con una mezcla de aburrimiento y costumbre, pasando entre publicaciones de gente famosa y de algunos compañeros de la universidad. La mayoría eran fotos de la fiesta del fin de semana en casa de Lara… cuyo nombre, para ser honesta, descubrí apenas unos minutos antes.
Siempre escuchaba lo que decía Luna sobre esas fiestas, pero nunca me importaron demasiado. Eran como ruido de fondo en mi vida.
Respiré hondo, acurrucándome aún más bajo la cobija que me envolvía, mientras simplemente existía. Y digo “existía” porque no tenía la mínima intención de levantarme de la cama. Llevaba horas así, sintiendo el cuerpo pesado, como si una piedra enorme estuviera presionándome el pecho e impidiéndome moverme.
Mis ojos pesaban. Estaba de lado, con una mano colgando del borde de la cama, sin fuerza. Solo la justa para sostener el teléfono y seguir deslizando la pantalla, como si eso contara como estar viva.
Dios mío… a veces odiaba lo mucho que mi propio cuerpo me llevaba a este estado.
Les presento mi círculo vicioso: ese que no me deja hacer nada, que me arrastra de vuelta a la cama como si fuera un imán. Ese que me pide, casi a gritos, una superficie suave y cómoda donde mi cuerpo pueda rendirse y descansar, aunque descansar no siempre signifique sentirme mejor.
Estaba consciente de las tareas y trabajos que tenía que entregar para este viernes, pero mi cuerpo no me permitía absolutamente nada. Era como si cada músculo estuviera en huelga.
—Mierda… odio esto, pero a la vez me gusta —murmuré con la voz ronca, fastidiada por la situación y por mí misma.
Con todo el esfuerzo del mundo me incorporé en la cama. Sentí cómo los huesos protestaban mientras miraba el desastre a mi alrededor: tres cuadernos apilados a un lado, bolígrafos regados por toda la cama, hojas dobladas, una libreta abierta en una página que ni recordaba haber escrito.
Anoche me prometí que hoy sería productiva. Que adelantaría todo lo pendiente para no estar corriendo después. Pero viendo el panorama… no había cumplido ni lo mínimo de lo que juré hacer.
Así era mi camino: lleno de buenas intenciones que se quedaban tiradas en la orilla.
Solté un suspiro largo, de esos que parecen salir desde el estómago, y me pasé una mano por la cara. Sentía la piel caliente, los ojos secos, la mente hecha un nudo. Todo en mí gritaba “haz algo”, pero al mismo tiempo… nada se movía.
Me quedé mirando los cuadernos como si fueran enemigos. O testigos. O ambas cosas.
Eran la prueba física de que quería avanzar, pero también de que no podía.
—Qué desastre —murmuré, aunque no sabía si hablaba del cuarto, de mi vida académica o de mí misma.
Me acomodé el cabello detrás de la oreja, intentando convencerme de que levantarme, ordenar, escribir… era posible. Pero el simple pensamiento me agotaba. Era como intentar correr dentro del agua: lento, pesado, frustrante.
Miré la puerta, imaginando que en cualquier momento mi madre se asomaría. Su expresión dulce y divertida cambiaría al instante a una mezcla de rabia y pánico al ver el desastre que tenía alrededor.
Y es que no era solo la cama.
El pequeño mueble del rincón estaba igual de condenado: mi bolso tirado encima, ropa sin doblar descansando ahí como si ese fuera su hogar legítimo. Todo parecía una foto fija de mi caos mental.
“Tu cuarto es la forma en la que ves tu vida. Si no hay orden, es porque tú tampoco lo tienes. Porque no sabes qué hacer con ella.”
Odiaba lo cierto que podían ser esas palabras.
Odiaba lo mucho que me atravesaban.
Y odiaba, aún más, lo insignificante que me hacían sentir cuando mamá las decía en esos momentos donde ni ella misma se aguantaba.
Era como si su voz se metiera debajo de mi piel, señalando cada rincón de mi desorden interno. Como si me recordara que, aunque intentara aparentar que todo estaba bajo control, la verdad estaba ahí… tirada por el cuarto, igual que mis cuadernos, igual que mi ropa, igual que yo.
A veces sentía que mi habitación era un espejo cruel: mostraba exactamente lo que yo no quería admitir.
No me gustaba sentirme así de… inservible, por decirlo de alguna forma. Y eso era lo que más odiaba de mi forma de ser cuando estaba sola, o en un día sin planes, sin rumbo, sin nada que me obligara a moverme.
Bueno… cuando dejaba que mi cuerpo tomara el control.Luna me escribió preguntándome si quería ir de compras, y me inventé una excusa cualquiera para no salir.
Para quedarme aquí, encerrada en mi cuarto, hundida en mi propio silencio.
Era más fácil mentir que admitir que no tenía energía ni para existir fuera de estas cuatro paredes.
Miré el desorden por última vez y decidí ignorarlo. Me volví a acostar y me tapé la cara con la cobija, agotada de… nada. Porque no estaba haciendo absolutamente nada como para decir que estaba cansada.
Y aun así, lo estaba. De una forma rara, pesada, que no se explica con palabras.
Quisiera cambiar esta forma de ser. La odiaba.
Los videos motivacionales me llenaban la cabeza de ganas, de planes, de “sí, hoy sí puedo”… pero al final no hacía nada. Era como si la motivación se evaporara en cuanto intentaba mover un dedo.
Lo peor era cuando me ponía a pensar demasiado. Ahí sí me estresaba conmigo misma por no tener la vida resuelta a mis dieciocho y medio. Por no tener un Lamborghini como Atlas.
Por no tener una casa propia como la tal Lara, con su cuerpo perfecto y su vida perfectamente editada.Y yo aquí… escondida bajo una cobija, peleando con mi propio cerebro.
Hoy como que tenía ganas de odiar a todo el mundo.Eso pensé mientras soltaba un suspiro cansado.Miré el teléfono y vi la hora: 2:40 p. m.
Cerré los ojos con frustración, como si el simple número me recordara que el día seguía avanzando sin mí.
Decidí ver videos, a ver si algo me distraía, pero claro… como si el universo estuviera conspirando en mi contra, empezaron a salirme videos de parejas felices. Muy felices. Ridículamente felices.
Besos, abrazos, viajes, flores, risas.