Seguro se preguntarán:
“Aria, ¿qué pasó con la cena en tu casa donde se suponía que iba a estar ATLAS un sábado, con tan poco tiempo de conocerse?”
Fácil.
Pude convencer a mi madre de que me diera dos meses.
Dos meses para respirar, para no sentir que todo iba demasiado rápido, para no tener a Atlas sentado en mi mesa siendo prácticamente un desconocido… sin saber qué le gusta, qué no, o si realmente estaba de acuerdo con que, después de apenas una semana —o ni eso—, una extraña como yo lo invitara a su casa así, sin más. Sin embargo, este tiempo que he pasado a su lado, compartiendo cosas pequeñas y permitiéndome conocerlo más a fondo, ha sido otra cosa.
Como si cada día me mostrara un detalle nuevo de él: la forma en que escucha sin interrumpir, cómo frunce el ceño cuando piensa demasiado, o cómo intenta disimular cuando algo le preocupa para no cargar a nadie.
Y también… también están esas otras cosas que no esperaba ver.
Como las veces en que he estado presente cuando su madre o sus amigos lo sacan de ese lado serio que él usa como escudo, y de pronto aparece una versión de Atlas que casi nadie ve: más suelto, más él.
El Atlas que sonríe sin pensarlo.
El que deja escapar una risa abierta —esa que solo he escuchado un par de veces en la cafetería de la universidad— cuando Luna dice algo absurdo o cuando yo hago un comentario que ni siquiera pretendía ser gracioso.
Y no sé… supongo que también está el hecho de que últimamente hace más preguntas.
Preguntas sobre mí, sobre Luna, sobre cosas que no tienen importancia para nadie más, pero que él escucha como si sí la tuvieran. Como si de verdad quisiera entendernos.
Y yo, que siempre he sido buena escondiéndome, no sé qué hacer con alguien que me mira como si no fuera invisible.
En fin… creo que me desvié del tema.
Lo que quería decir es que, después de ese mes que tanto le rogué a mi madre, ella terminó más emocionada que yo con todo esto. De hecho, hoy se levantó tarareando una canción mientras cocinaba, como si fuera a venir un invitado especial y no un muchacho que apenas conozco… bueno, conozco, pero no tanto.
O sí.
No sé. Es complicado.
El punto es que mi madre estuvo completamente de acuerdo con que Atlas viniera.
Demasiado de acuerdo, diría yo.
Porque desde que le mencioné la posibilidad, empezó a actuar como si estuviera preparando una cena diplomática y no una comida normal de sábado. Que si “Aria, limpia tu cuarto por si acaso”, que si “Aria, ¿crees que le guste el pollo al horno?”, que si “Aria, deberías ponerte algo bonito, pero no demasiado bonito, tú sabes”.
Y yo ahí parada en medio de la cocina, pensando que tal vez debí pedirle tres meses en vez de dos.
Negué con la cabeza y me acerqué a ella.
—Mamá, estás demasiado emocionada —dije sonriendo, porque era imposible no hacerlo.
Mi madre tenía el cabello recogido en una cola alta y una pollina pequeña de lado que siempre se acomoda cuando está nerviosa. Sus ojitos marrones claros estaban más iluminados que de costumbre.
No podía creer lo feliz que se puso cuando le dije que Atlas había aceptado venir hoy a la casa. O sea, sí, entiendo que le cayó bien… pero tampoco para ponerse a tararear canciones mientras cocina desde las cinco de la tarde.
Aún me acuerdo del día que le pregunté a Atlas si quería venir. Yo estaba en llamada con él, tranquila, normal… y mi madre ahí al lado, escuchando TODO como si fuera una espía profesional.
—¿Quieres que vaya este sábado a tu casa para ir a comer? —preguntó él.
—Mi mamá lleva tiempo queriendo conocerte… dice que le caíste bien porque nos trajiste a casa y estabas con nosotras.—le dije, intentando sonar normal mientras mi madre me miraba como si estuviera a punto de desmayarse.
Escuché como Atlas se rió bajito al otro lado de la llamada, era esa risa que siempre suena como si no quisiera que nadie la escuchara.
—Pues… si a tu mamá le caí bien, entonces claro que voy —respondió él, con una tranquilidad que yo definitivamente no tenía.
Y ahí fue cuando mi madre, que llevaba todo el rato fingiendo que no estaba escuchando, soltó un pequeño gritito ahogado. Ni siquiera un grito normal.
Uno de esos que salen cuando alguien ve un perrito bebé o cuando anuncian descuentos del 70%.
O al menos yo sería una de esas personas que se ponen a gritar de la emoción por ver ese ofertón.
—¡Ay, qué lindo! —susurró, pero lo dijo tan fuerte que Atlas tuvo que haberlo escuchado.
Yo me tapé la cara con la mano.
Mi madre, en cambio, empezó a caminar por la cocina como si estuviera organizando una boda y no una simple comida.
—Dile que aquí será bien recibido —me dijo, emocionadísima—. Que voy a preparar algo rico. Que no se preocupe por nada. Que…
—Mamá, ya —la interrumpí, porque si la dejaba seguir, iba a terminar invitándolo a quedarse a dormir.
Y eso no podía pasar.
¿O si?
Ella me miró como si yo fuera la exagerada, cuando claramente era ella la que estaba a dos segundos de sacar la vajilla “para ocasiones especiales”.
Atlas dijo algo más en la llamada, algo que sonó tan amable que hasta yo me quedé en silencio un segundo.
Algo como:
—Dígale que gracias… y que me alegra poder conocerla.
No lo dije en voz alta, pero igual mi madre lo escucho. No sé cómo lo hace, pero tiene un radar especial para detectar cualquier frase que pueda emocionarla.
Y vaya que lo logró.
Su cara cambió por completo. Se llevó una mano al pecho, abrió los ojos como si hubiera visto un milagro y soltó un suspiro dramático que ni en las novelas de drama que ella ve a la una de la tarde.
—¡Qué muchacho tan educado! —dijo, casi temblando de felicidad.
No sé qué fue lo que más la emocionó.
si el “gracias” si el “me alegra”, o si fue esa voz suya que hace que todo suene más bonito de lo que debería.