Contra los Patrones de la Época

6

Abrí los ojos y lo primero que veo es…

—¿Un parque?

Fruncí el ceño confundida. No… no era exactamente un parque. Era más bien un jardín —pero no uno cualquiera—, sino uno que parecía privado, casi sagrado, como si perteneciera a alguien que cuidaba cada detalle con devoción.

El aire olía a flores recién abiertas, dulce pero suave, y la brisa movía los pétalos como si respiraran conmigo. Estaba rodeada de flores de todos los colores y formas: algunas tan pequeñas que parecían estrellas caídas, otras grandes y elegantes como si hubieran sido pintadas a mano. El suelo estaba cubierto por un pasto tan verde que parecía imposible que fuera real.

A unos diez pasos de mí había un arco. Un arco enorme, cubierto por enredaderas verdes que caían como cascadas, y entre ellas flores que parecían brillar por sí solas. Era tan bonito que me dio un pequeño vuelco en el pecho, como si algo dentro de mí reconociera ese lugar antes que mi mente.

Esto era… ¿un sueño?

Parpadeé un par de veces, intentando entender, y fue entonces cuando algo me molestó en la esquina del ojo.

Un destello fuerte, casi blanco. Giré la cabeza y me encontré con un espejo enorme, tan pulido que reflejaba incluso la luz que no existía.

Un espejo en medio de un jardín.

—¿Pero qué…? —solté un suspiro, y me acerqué a él con curiosidad.

Mis dedos tocaron el cristal frío, que un pequeño escalofrío me recorrió los brazos. Me miré en el reflejo… y por un segundo no supe quién era esa chica frente a mí. No porque fuera otra persona, sino porque parecía una versión de mí que nunca había visto, una que solo existía en un sueño o en un recuerdo que aún no había vivido.

Tenía el cabello suelto, cayendo en ondas diminutas que parecían hechas por el viento mismo. Sobre mi cabeza descansaba un cintillo de flores azules, pequeñas, delicadas, casi brillantes.

Azules.

Mi color favorito.

Como si alguien hubiera entrado en mi mente y hubiera elegido exactamente lo que me hacía sentir calma.

No pude evitar sonreír.

Era tan lindo que intenté memorizar cada detalle, cada adorno simple pero bonito que encajaba perfectamente en el vestido, como si hubiera sido hecho para mí y solo para mí.

Las mangas eran de la misma tela suave, ese azul cálido casi blanco que parecía luz más que color. Me dejaban los hombros descubiertos, pero no de una forma incómoda, sino delicada, como si el vestido supiera exactamente cuánto mostrar y cuánto guardar. Muy cerca del hombro, la tela volvía a aparecer, cubriéndome el resto del brazo con una caída ligera, casi etérea, que se movía con la brisa como si flotara.

El escote era pequeño, discreto, apenas una curva suave que no mostraba mucho… solo lo suficiente para que se viera bonito, elegante, mío. Nada exagerado, nada que me hiciera sentir expuesta. Era justo el punto perfecto entre comodidad y belleza, como si alguien hubiera entendido mi estilo sin que yo lo explicara. Y mientras me observaba, sentí que ese vestido no solo me quedaba bien.

Me reflejaba.

Me hacía sentir tranquila, bonita, auténtica.

Me hacía sentir yo.

—¿Te gusta?

El sonido de su voz me atravesó como un rayo.

Di un salto. Esa voz… esa voz la reconocería incluso dormida.

—¿Atlas? —me giré de golpe, confundida, casi sin aire—. Pero qué…

Él estaba apoyado justo al borde del arco cubierto de flores, como si hubiera estado ahí desde siempre, como si el jardín lo hubiera dejado entrar sin pedirme permiso. La luz suave se filtraba entre las hojas y le caía encima, marcándole la mandíbula, el cuello. Tenía esa expresión que parecía una mezcla de curiosidad, ternura y algo más… algo que no decía en voz alta.

Sus ojos recorrían el vestido, mi cabello, el cintillo azul, como si estuviera viendo una versión de mí que él ya conocía desde antes de que yo la viera en el espejo.

—Te queda bien —dijo, con esa voz baja que parecía envolverlo todo—. Mucho.

No sobana sorprendido ni confundido, sonaba seguro, como si supiera exactamente por qué estaba ahí, por qué yo estaba ahí, por qué ese vestido existía.

Y eso me confundió aún más.

—Atlas… ¿qué está pasando? —mi voz salió más suave de lo que esperaba, casi un susurro.

Él dio un paso hacia mí. Uno solo. Pero bastó para que el aire cambiara

—Eso quiero que tú me lo digas —respondió, sin apartar la mirada.

—¿Que te diga qué cosa? —lo miré confundida, sintiendo cómo el corazón me daba pequeños saltos que no podía controlar.

—Aria… —dijo mi nombre como si lo probara, como si confirmara que seguía siendo yo—. Si tú no entiendes lo que está pasando, ¿cómo quieres que lo entienda yo?

Su tono era suave, casi casual, pero había algo más ahí. Algo que no decía directamente.

Se detuvo a solo un par de pasos, lo suficiente para que pudiera ver cómo la luz del jardín le marcaba los ojos. su color avellana se veía más intenso, casi profundo, como si el jardín entero se reflejara en ellos. Tenían un brillo extraño, uno que no sabría explicar… no era luz, no era reflejo. Era algo vivo. Algo que decía más que mil palabras sin que él abriera la boca.

Bajó la mirada un segundo hacia mi vestido, luego volvió a subirla hacia mí, y su voz cambió apenas, lo justo para sonar un poco más… intencional.

—Solo pensé que… —hizo una pausa mínima, como si eligiera las palabras con cuidado— si te veías así de bien incluso en un sueño, tal vez era hora de que lo supieras.

Mi respiración se atoró. No supe qué responder. No sabía si él estaba bromeando, si hablaba en serio, o si había algo más escondido detrás de esa frase.

Antes de que pudiera decir algo, él inclinó un poco la cabeza, manteniendo esa mirada que me estaba causando de todo en el pecho.

—¿Puedo? —dijo, sin apartar los ojos de los míos.

No me dejó responder cuando sentí el tacto de sus dedos recorrerme la mejilla con una suavidad que me desarmó por completo. Su mano subió despacio, como si me diera tiempo de detenerlo… pero yo no lo hice. Con cuidado, tomó un mechón de mi cabello que caía sobre mi rostro y lo deslizó hacia atrás, acomodándolo detrás de mi oreja.



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En el texto hay: novela juveni

Editado: 24.06.2026

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