El campus siempre tenía un aire distinto los viernes. Como si todos estuvieran a medio camino entre el cansancio y la libertad del fin de semana. El tiempo estaba oscuro y el cafetín olía a café recién hecho.
Encontré a Atlas sentado en una de las mesas del fondo, inclinado sobre una taza humeante. Su postura era la misma de siempre —recta, tranquila, controlada— pero su rostro... su rostro demostraba todo lo contrario. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados, el ceño relajado de más, y esa expresión que solo aparece cuando la noche no fue generosa.
Me acerqué con una sonrisa que no pude evitar.
—Vaya —dije, dejando mi bolso sobre la mesa-. ¿Noche pesada?
Atlas levantó la mirada hacia mí.
—Si.
Atlas bajó la mirada hacia su café, como si buscara en el vapor una respuesta que no estaba dispuesto a dar. Yo apoyé los codos sobre la mesa, inclinándome apenas hacia él.
—¿Me quieres contar? —pregunté, sin presión, solo curiosidad.
Él movió la cabeza de un lado al otro con lentitud, pensativo.
—¿Qué gano con contarte?
Me humedecí los labios antes de hablar, intentando que mi tono sonara ligero, aunque su pregunta me había tomado por sorpresa.
—Amm... supongo que distraerte, no lo sé -dije, con una media sonrisa que buscaba suavizar el ambiente.
No era una respuesta brillante, pero era honesta.
Atlas me miró con los ojos entrecerrados, como si mis palabras fueran demasiado brillantes para la hora.
—¿Distraerme con tu presencia, Aria? —preguntó, ladeando la cabeza con una ironía tan suave que casi parecía cariño.
—No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. ¿Te distraes?
Él soltó una risa baja, casi un suspiro, negando con una calma que contrastaba con lo destruido que se veía.
—Aria... son las seis y media de la mañana —empezó, apoyando el codo en la mesa como si necesitara sostenerse del mundo—. El cafetín está en silencio absoluto, yo estoy medio muerto por una noche fatal... y tú apareces con esa sonrisita como si el universo fuera un chiste privado tuyo.
Levantó la taza, señalándome con ella.
—Y encima preguntas "¿te distraes?" —añadió, con un sarcasmo tan suave que me hizo sonreír más.
Su tono no era molesto. Era ese humor tranquilo que solo le salía cuando estaba demasiado cansado para fingir seriedad.
Lo observé un segundo, con la misma inocencia que él parecía no comprender.
—Sí me distraes —dije, como si fuera obvio.
Sonreí.
—¿Pero de una forma bonita o fastidiosa?
Atlas soltó una risa baja, esa que apenas levantaba la comisura de sus labios. Negó con suavidad mientras se pasaba una mano por el cabello, que estaba completamente alborotado, como si hubiera perdido una pelea contra la almohada. Llevaba un suéter negro, grueso, y sin pensarlo demasiado se subió la capucha y se lo acomodó sobre la cabeza, cubriéndose parte del desastre.
Después bostezó sin intentar disimularlo.
Cuando terminó, me miró con esos ojos entrecerrados por el sueño.
—Fastidiosa -dijo
—¿Pero por qué?
—Porque estás como muy brillante hoy y el tiempo está todo oscuro, como si fuera a caerse el cielo en cualquier momento, ¿sabes?
Rodeé los ojos y miré por la ventana. Y sí, era verdad, el cielo estaba tan cargado que parecía a punto de romperse, y los árboles se movían con ese aire fuerte que anunciaba tormenta.
—No estoy brillante —dije, volviendo a mirarlo con una mezcla de fastidio y diversión—. No es mi culpa que tú estés destruido y no hayas dormido bien haciendo sabrá qué.
Atlas soltó una risa corta, cansada, y se pasó una mano por la cara.
—Estoy destruido porque me dejaste solo anoche haciendo la tarea —murmuró, esta vez sí mirándome con ese gesto de reproche suave que solo él puede hacer—. Tú despidiéndote por teléfono muerta de la risa y yo ahí, tratando de no dormirme encima del cuaderno.
No pude evitar reírme, causando que él me mirara con odio.
—Everly no da risa.
—Sí da risa Vane—dije levantándome de mi puesto para sentarme a su lado-. Ven acá.
Atlas me miró como si no entendiera qué estaba por hacer, pero igual se quedó quieto cuando me acerqué. Tenía la capucha subida hasta casi la frente, aplastándole el cabello de una forma tan triste que me dio ternura.
Extendí la mano y, sin pedir permiso, le bajé la capucha y se la quité de encima por completo. Su cabello quedó hecho un desastre, levantado en unas partes y aplastado en otras.
—Dios, Atlas... —murmuré con una mezcla de burla y cariño-. Pareces un huracán mal peinado.
Él soltó un resoplido, medio ofendido, medio divertido.
—¿Y tú vas a arreglarme?
No respondí. Solo pasé mis dedos por su cabello, acomodando los mechones rebeldes con calma. Atlas, al darse cuenta de que yo apenas alcanzaba bien desde mi asiento, soltó un suspiro y se acomodó sin hacer drama, se inclinó hacia adelante y apoyó los antebrazos sobre la mesa, bajando la cabeza justo lo suficiente para que mis manos quedaran a la altura perfecta.
No era una postura exagerada ni rara. Solo parecía cansado... y cómodo conmigo ahí.
—Así está mejor —murmuró, la voz ronca contra sus mangas.
Sonreí sin querer.
Con él así, tan tranquilo, pude seguir peinándole el cabello con los dedos, sintiendo cómo su respiración se volvía más lenta, más profunda.
—No te vayas a dormir, eh —susurré.
—Tú acariciándome la cabeza así lo dudo —respondió con los ojos cerrados, la voz ronca y tranquila, como si cada palabra saliera envuelta en cansancio.
—¿En serio no pudiste dormir? —pregunté sin pensarlo, haciendo un puchero que ni yo sentí venir.
Me moví apenas y apoyé mi cabeza suavemente en su espalda. No era un gesto dramático ni exagerado; solo un toque leve, natural, como cuando uno se acerca a alguien que quiere sin darse cuenta.
Atlas no se tensó. Al contrario, su respiración se volvió un poquito más profunda, como si ese contacto le hiciera bien.