Contra los Patrones de la Época

8

Me miré en el espejo, mirando con cautela la ropa que tenía puesta.

Era un jean azul oscuro que se pegaba a mi cuerpo desde la cintura, siguiendo la forma de mis caderas y mis piernas con una precisión que solo tienen esas prendas que uno usa porque realmente le quedan bien. La tela era firme, pero no incómoda; tenía ese punto exacto entre estructura y flexibilidad que permite moverse sin sentir que te aprieta de más.

Desde la cintura hasta un poco más abajo de las rodillas, el denim permanecía ceñido, marcando la línea natural de mis piernas sin exagerarla.

Justo después de ese punto, la prenda cambiaba. La bota se abría con suavidad, más ancha, dejando que el jean cayera recto y libre alrededor de mis pantorrillas.

Me quedé mirando el suéter que llevaba puesto por un segundo más.

Era un suéter de manga larga, ligero pero cálido, con un escote en "V" que no mostraba demasiado, solo lo suficiente para darle un toque sencillo y elegante. El tejido era suave, de esos que se adaptan al cuerpo sin apretar, cayendo con naturalidad sobre el torso y los brazos.

No tenía adornos ni estampados, era simple y eso me gustaba.

—Luna, ¿crees que se ve bien? —pregunté, pasando mis manos por mi cintura y girándome apenas de lado para ver cómo me quedaba atrás. Sentí ese pequeño nudo de duda en el estómago, el que siempre aparece cuando intento verme con ojos ajenos.

—Te ves mejor que bien —contestó sin levantar demasiado la vista de su revista de modelos de ropa-. Estás como para marcar territorio en ese lugar.

La miré de reojo, medio incrédula.

—¿Qué territorio, Luna? Solo voy a ir a ver una clase.

—Ajá, sí... —dijo, hojeando una revista de moda mientras me evaluaba como si fuera parte de la portada—. Pero para solo ver a Atlas dar una clase de cocina vas como muy roba miradas y capaz de hacer que al profesor se le queme hasta el agua.

Reí leve.

—¿El agua se puede quemar? —me giré a verla.

—Obvio.

—Luna, en serio... déjate de tonterías —me miré de nuevo en el espejo, intentando decidir si realmente me veía bien o solo estaba sobrepensando todo.

—Mujer, tranquila. Te ves hermosa. Demasiado, diría yo, para solo una invitación a una terraza. —dijo acercándose a mí y poniéndome ambas manos en los hombros, como si quisiera asegurarse de que no me escapara de mis propios nervios.

Rodé los ojos, pero ella ya estaba sonriendo como si supiera algo que yo no.

—Además —añadió, con ese tono suyo que siempre anuncia problemas—, Atlas va a perder la concentración en cuanto te vea entrar. Ese hombre corta cebolla como si fuera cirugía, pero contigo ahí... mínimo se le va un dedo.

—Luna... —me quejé, aunque una sonrisa se me escapó.

—¿Qué? No es mi culpa que te vea como si fueras la receta secreta de su clase. —Se encogió de hombros, como si fuera lo más obvio del mundo.

— Tampoco así Luna, por favor... —me cubrí la cara con las manos.

—Ay, no te hagas. —Me bajó las manos suavemente—. Si no quisieras llamar su atención, no estarías aquí preguntándome si te ves bien.

La mire con la boca entreabierta, sin saber si reírte más o indignarte un poquito.

—¿Qué te pasa? —sentí cómo mis labios empezaban a formar una sonrisa, esa que se me escapaba sin permiso.

—Es la verdad. Mírate: revisándote la ropa cada cinco segundos, preguntándome si te ves bien... —cruzó los brazos bajo su pecho y arqueó una ceja, como si estuviera dictando sentencia—. Y si eso no es interés, entonces no sé qué es.

—Sabes que no es fácil —murmuré, bajando la mirada un instante, mientras mis dedos jugueteaban con el borde de mi suéter como si buscaran apoyo en la tela.

—Aria, por favor —Luna soltó un suspiro exagerado, cerrando la revista de golpe y mirándome con esa mezcla de firmeza y cariño que solo ella sabía usar—. Eso ya pasó hace tiempo.

Se inclinó hacia mí, sus manos dibujando un gesto amplio en el aire, como si quisiera borrar lo que yo aún cargaba.

—Tienes que superar el pasado y valorar lo que te está dando el presente.—añadió.

—No es fácil.

Luna me miró con una mezcla de paciencia y cansancio.

—Sé que no es fácil, Aria, pero...

La corté.

No quería escuchar el resto.

—Me cuesta un poco volver a...

—¿Volver a confiar?— Rodó los ojos, pero no de forma cruel. Era más como un "otra vez estamos aquí".—Aria, ¿qué otra demostración esperas de alguien para que te genere confianza?

Sentí el golpe directo en el pecho. No porque fuera agresiva, sino porque era cierto.

Y odio cuando las cosas ciertas me exponen.

—Sé que dirás que me olvidé del pasado —murmuré, sintiendo cómo la frase me raspaba la garganta—. Pero es muy difícil fingir que no pasó nada después de eso.

Luna me miró como si ya hubiera escuchado esa frase demasiadas veces. No con fastidio... más bien con ese cansancio que solo aparece cuando alguien te quiere de verdad.

—Aria, ya tu hermana no está aquí —dijo con una calma que me irritó y me alivió al mismo tiempo—. Ese idiota tampoco está en tu vida. Desapareció por obra y gracia del espíritu santo cuando tú decidiste vivir en tu cuarto por meses.

Me quedé quieta.

No porque no tuviera respuesta, sino porque su comentario me golpeó justo donde más me dolía.

Meses encerrada.

Meses evitando el mundo, pretendiendo que el silencio era protección.

Cuando realmente era yo misma la que no quería salir a enfrentarme de nuevo a la cruda realidad.
No porque el mundo fuera imposible, sino porque yo no estaba lista para mirarlo sin sentir que me aplastaba, para mirarla a ella sin sentir que el mundo se me caí a pedazos.

Había días en los que abrir la puerta parecía un acto heroico, y otros en los que simplemente no quería que nadie me viera así: rota, desconfiada, temblando por cosas que ya no estaban, pero que seguían viviendo dentro de mí.

La verdad es que no era el pasado el que me retenía. Era yo, aferrándome a él como si soltarlo significara quedarme sin identidad, sin explicación, sin excusa. Y admitir eso... dolía más que cualquier recuerdo.



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En el texto hay: novela juveni

Editado: 16.07.2026

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