Contra Todo, Contigo

Las mentiras que comenzaron a crecer

Los primeros meses junto a Mateo fueron hermosos.
Valeria se acostumbró a despertar con sus mensajes de buenos días y a
dormir después de hablar con él durante horas. Poco a poco, aquel
muchacho que había llegado a su vida por casualidad se convirtió en una de
las personas más importantes para ella.
Sin embargo, había algo que Mateo no sabía.
Desde el principio, Valeria había dicho algunas mentiras.
No eran mentiras que hubiera contado para lastimarlo. Muchas nacieron por
miedo, por inseguridad o simplemente porque pensó que nunca tendrían
consecuencias.
Una de ellas tenía que ver con el lugar donde vivía.
Cada vez que iba a la casa de su tía y hablaba con Mateo, le hacía creer que
ese era su hogar.
—¿Ya llegaste a tu casa? —preguntaba él.
—Sí, ya estoy aquí —respondía ella.
Y aunque aquellas palabras parecían inofensivas, no eran completamente
ciertas.
Con el tiempo, una mentira llevó a otra.

Valeria comenzó a ocultar pequeñas cosas porque tenía miedo de que Mateo
cambiara la imagen que tenía de ella.
Pero cada vez que él le decía cuánto confiaba en ella, una sensación de
culpa aparecía en su corazón.
—Me gusta hablar contigo porque siento que puedo confiarte todo —le dijo
Mateo una noche.
Valeria guardó silencio durante unos segundos.
—Yo también confío en ti —respondió.
Y aunque una parte de ella decía la verdad, otra parte sabía que seguía
ocultando cosas.
Los días continuaron pasando hasta que ocurrió algo que cambió todo.
Su mamá descubrió varias situaciones que estaban ocurriendo y decidió
prohibirle seguir visitando a su tía.
Aquella noticia cayó como un balde de agua fría.
Ahora ya no podía verlo.
Ya no podía compartir momentos con él.
Ya no podía hacer las cosas que antes parecían tan normales.
Pero el verdadero problema llegó después.

Su tía, cansada de guardar secretos, decidió contarle a Mateo varias cosas
que Valeria nunca se había atrevido a decir.
Cuando Mateo escuchó la verdad, sintió que algo dentro de él se rompía.
No entendía por qué ella había sentido la necesidad de mentirle.
No entendía por qué había ocultado tantas cosas.
Y, sobre todo, no entendía por qué no había confiado en él.
Aquella noche la llamó.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad? —preguntó con una voz que
reflejaba tristeza más que rabia.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que me dejaras de querer.
Mateo guardó silencio.
—Valeria, yo no necesitaba una persona perfecta. Solo necesitaba que
fueras sincera conmigo.
Aquellas palabras le dolieron más que cualquier discusión.

Por primera vez comprendió cuánto daño podían causar las mentiras, incluso
cuando se dicen con la intención de evitar problemas.
Los días siguientes fueron extraños.
Seguían hablando.
Seguían preocupándose el uno por el otro.
Pero algo había cambiado.
La confianza ya no era la misma.
Y aunque ninguno quería admitirlo, una distancia invisible había comenzado
a crecer entre ellos.
Valeria empezó a sentirse insegura.
Sentía que cada conversación terminaba dejando más dudas que
tranquilidad.
Y en medio de toda esa confusión tomó una decisión.
—Tal vez deberíamos terminar —le dijo una noche entre lágrimas.
Al otro lado de la llamada hubo un largo silencio.
—¿Eso es lo que realmente quieres? —preguntó Mateo.
—No lo sé...
—Entonces no lo hagamos.

Valeria bajó la mirada.
—Tengo miedo de seguir haciéndote daño.
—Y yo tengo miedo de perderte.
Por primera vez en mucho tiempo, ambos lloraron durante la misma
conversación.
No tenían respuestas.
No sabían cómo solucionar todo.
Pero había algo que seguía vivo entre ellos.
El amor.
Y fue precisamente ese amor el que los hizo seguir adelante, aunque
ninguno imaginaba que la prueba más dura aún estaba por llegar.




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