Después de aquel hermoso encuentro en casa de la tía de Valeria, ambos sintieron
que, poco a poco, las cosas estaban mejorando.
Aunque todavía tenían que esconder su relación, hablaban todos los días.
Un mensaje de buenos días.
Una llamada antes de dormir.
Un "te amo" antes de cerrar los ojos.
Eso era suficiente para hacerlos felices.
Poco tiempo después, Valeria viajó con su familia.
Antes de irse, abrazó a Mateo con fuerza.
—Te voy a extrañar mucho.
Él sonrió mientras acariciaba su cabello.
—Yo también. Pero prométeme que me vas a llamar.
Ella sonrió.
—Te lo prometo.
Durante el viaje, Valeria no dejaba de pensar en él.
Cada paisaje hermoso que veía imaginaba cómo sería recorrerlo de la mano de
Mateo.
Cada canción que escuchaba le recordaba a él.
Una noche, cuando todos en la casa ya estaban dormidos, tomó su celular y lo llamó.
Mateo contestó casi de inmediato.
—Hola, mi niña.
Al escuchar su voz, Valeria sintió una tranquilidad que hacía días no sentía.
—Hola...
—¿Cómo estás?
—Te extraño muchísimo.
Mateo sonrió.
—Yo también te extraño.
Durante más de una hora hablaron de todo.
De cómo iba el viaje.
De lo mucho que querían verse.
De los planes que algún día esperaban cumplir juntos.
Ambos reían como si la distancia no existiera.
Antes de despedirse, Mateo le dijo algo que hizo sonreír a Valeria.
—No importa dónde estés... siempre voy a estar contigo.
Ella cerró los ojos.
—Y yo contigo.
Ninguno imaginaba que esa llamada sería la última durante mucho tiempo.
Días después, la mamá de Valeria descubrió que seguían hablando.
Aquella tarde todo volvió a repetirse.
—¿Otra vez con él? —preguntó con molestia.
Valeria intentó explicarse.
Pero no sirvió de nada.
Su mamá tomó el celular y se lo quitó una vez más.
Valeria sintió un enorme vacío.
No por el teléfono.
Sino porque sabía que volvería el silencio.
Y el silencio era lo que más daño les hacía.
Los días comenzaron a pasar lentamente.
Mateo escribía mensajes que nunca recibían respuesta.
Cada noche miraba la pantalla esperando verla conectada.
Pero ella nunca aparecía.
Por su parte, Valeria lloraba en silencio.
Miraba el lugar donde antes estaba su celular y sentía una enorme impotencia.
Quería hablar con él.
Quería contarle que estaba bien.
Quería decirle que no dejaba de pensar en él.
Pero no podía.
Y una vez más aparecieron los sobrepensamientos.
Mateo comenzaba a preguntarse si ella estaría bien.
Si todavía lo amaba.
Si algún día todo aquello terminaría.
Mientras tanto, Valeria también luchaba contra sus propios pensamientos.
Tenía miedo de que él se cansara de esperar.
De que encontrara a alguien que sí pudiera darle la tranquilidad que ella no podía
ofrecerle.
De que un día decidiera marcharse.
Sin embargo, había algo que ninguno de los dos había perdido.
El amor.
Porque, aunque la distancia los obligaba a guardar silencio, sus corazones seguían
hablando el mismo idioma.
Y ambos seguían esperando el día en que ya no tendrían que esconder lo que sentían.