Después de varias semanas, la mamá de Valeria decidió devolverle nuevamente el
celular.
Lo primero que hizo fue escribirle a Mateo.
—Perdón por desaparecer otra vez.
Mateo respondió casi al instante.
—No tienes que pedirme perdón. Sé que no fue tu culpa.
Aquellas palabras hicieron que Valeria sintiera un gran alivio.
Él nunca había dejado de comprenderla.
Y, aunque el tiempo pasaba, el amor entre los dos seguía creciendo.
Los días volvieron a llenarse de mensajes.
De llamadas cuando podían.
De pequeños detalles.
Y de sueños que algún día esperaban cumplir juntos.
Sin embargo, había una promesa que seguía sin cumplirse.
Valeria le había dicho a la mamá de Mateo que muy pronto hablarían con su mamá
para que aceptara la relación.
Pero el tiempo seguía pasando.
Y aquella conversación nunca llegaba.
Cada vez que Mateo preguntaba cuándo sería el momento, Valeria respondía con
inseguridad.
—Solo dame un poco más de tiempo...
Él siempre aceptaba.
Porque la amaba.
Porque sabía que ella también estaba pasando por momentos muy difíciles.
Pero la paciencia de su mamá comenzaba a agotarse.
Una tarde, mientras hablaban en la casa, ella le preguntó a Mateo:
—¿Y la mamá de esa niña ya habló con ustedes?
Mateo bajó la mirada.
—Todavía no...
Su mamá suspiró profundamente.
—Hijo, ya ha pasado mucho tiempo.
Él guardó silencio.
—Ella me prometió que hablarían.
—Lo sé... pero todavía tengo esperanza.
Su mamá negó lentamente con la cabeza.
—No quiero que vuelvan a ilusionarte para después hacerte sufrir.
Aquellas palabras hicieron que Mateo pensara durante toda la noche.
No estaba enojado con Valeria.
Sabía que ella tenía miedo.
Sabía que muchas veces no podía decidir por sí sola.
Pero también entendía el dolor de su mamá.
Ella había visto a su hijo llorar.
Lo había acompañado cuando creyó que todo había terminado.
Y ahora solo quería protegerlo.
Mientras tanto, Valeria también cargaba con un gran peso.
Cada vez que recordaba la promesa que había hecho, sentía culpa.
Quería hablar con su mamá.
Quería arreglar las cosas.
Pero el miedo seguía siendo más fuerte.
Tenía miedo de provocar otra discusión.
Miedo de volver a perder la poca confianza que había recuperado.
Y miedo de que todo volviera a repetirse.
Los días continuaron pasando.
La relación seguía creciendo.
Cada conversación hacía que se enamoraran un poco más.
Pero, al mismo tiempo, la tensión entre las familias también aumentaba.
La mamá de Mateo ya no podía evitar sentir cierta molestia hacia Valeria.
No porque creyera que fuera una mala persona.
Sino porque aún le dolía recordar el día en que ella pidió un tiempo y vio a su hijo
llorar como nunca antes.
Aquel recuerdo seguía clavado como una espina en su corazón.
Y, aunque intentaba dejarlo atrás, todavía no podía hacerlo.
Sin saberlo, esa espina volvería a aparecer cuando una nueva prueba llegara a la
relación de Valeria y Mateo.
Una prueba que pondría en riesgo la confianza que tanto les había costado reconstruir