Contra Todo Pronóstico

CAPITULO 1

Emma

3:07 .

8 de agosto…- Viernes

Me desperté casi de un salto al notar cómo un sudor húmedo y pegajoso me cubría todo el cuerpo.

Otra vez.

Mi camiseta de tirantes —blanca, además— estaba empapada, como si hubiera pasado horas haciendo deporte.

Aterrorizada por el olor de aquel desastre y agobiada por el calor sofocante que me envolvía, me destapé de golpe. Pero, para mi desgracia, fue inútil. El colchón también estaba caliente, húmedo y pegajoso, igual que las sábanas enredadas alrededor de mis piernas.

Una gota de sudor se me escurrió por la línea del escote.

Oh, Dios.

Tenía el corazón hecho un nudo. Saltaba tan frenéticamente dentro de mi pecho que pensaba que se me iba a salir por la boca.

Pum.

Pum.

Pum.

Cerré los ojos en un patético intento por tranquilizarme y eché la cabeza hacia atrás, al borde de las tres almohadas que tenía que usar para poder dormir.

Solo es un poco de ansiedad por estrés”, recordé mentalmente las palabras del doctor Harrison Blake.

Le costó un total de doce minutos y un par de preguntas para elaborar un diagnóstico bastante completo, diría yo.

Inspiré muy lentamente, tal y como me enseñó en nuestras sesiones semanales, pero de nuevo sentí aquella sensación de ahogo nada más abrir la boca.

Era como si estuviera debajo del agua y, por mucho que nadara, no consiguiera llegar a la superficie. Cada vez que luchaba por respirar, me hundía, y cuanto más fuerte pataleaba, más fuerte me arrastraba la corriente.

Me terminé de incorporar tan bien como pude. Después de un segundo para recuperar el aliento, puse todos mis esfuerzos en doblar las rodillas hacia mi pecho y esconder la cabeza entre ellas.

“Estoy en un lugar seguro y no tengo por qué tener miedo.”

“Cuanto antes controle mi ataque, antes me calmaré y podré respirar mejor.”

“Todo es fruto de mi imaginación y nada de lo que siento es real.”

Las autoafirmaciones que me había enseñado el psicólogo no servían para absolutamente nada.

Y cada vez estaba más segura de ello.

Sobre todo cuando un familiar dolor apareció en el centro de mi pecho y sentí como si alguien me hubiera agarrado los pulmones y los hubiera estrujado con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Con piernas temblorosas —como un cervatillo recién nacido— logré apenas dar dos pasos antes de tener que agarrarme a la pared con todas mis fuerzas cuando un ataque de tos me atravesó entera.

Seguí andando —aunque más bien iba arrastrando los pies— mientras oía cómo mi garganta emitía una especie de tos ronca y áspera que hacía que una punzada de dolor me recorriera todo el pecho.

De arriba abajo.

Como un pinchazo sordo que me hacía doblarme, exhausta, cada dos segundos.

Jadeando para recuperar el aire, conseguí llegar a duras penas a la habitación de mi padre.

Aunque apenas eran unos metros de distancia, me sentía como si hubiera corrido un verdadero maratón.

—Papá… —susurré, intentando llamar su atención aunque fuera desde la puerta de su habitación.

No estaba segura de poder andar mucho más sin desplomarme en el suelo.

En la oscuridad pude distinguir su cuerpo desplomado sobre la cama de matrimonio, abrazando a su nueva novia.

Genial. Encima tenía público.

Me acerqué agarrándome con todas mis fuerzas a la cómoda para no partirme la cabeza contra la mesita de noche.

Prácticamente me senté en el suelo y, sin fuerzas para nada, me dejé caer hacia atrás, apoyando la cabeza en la cómoda.

—Por favor… —volví a suplicar, esta vez agarrando la manga de su pijama—. Papá…

Este se removió incómodo en la cama, todavía dándome la espalda.

Tiré más fuerte, notando cómo esa picazón volvía a florecer al fondo de mi garganta.

—Ayúdame, no pued…— empecé con un tono de voz más salto pero mi voz sonó como la de una niña de cinco años.

“No puedo respirar.”

Quise decirlo.

Pero me quedé sin aire en mitad de la frase.

El se dio la vuelta en sueños y molesto abrió los ojos ligeramente.

— ¿Emma? — dijo con voz adormilada, frunciendo ligeramente extrañado por mí presencia.

Cogí aire para poder explicarme, pero las palabras se quedaron atrapadas por el cosquilleo constante que sentía en la garganta y solo salió una especie de sonido ahogado antes de que volviera a toser.

—¿Qué haces despierta a estas horas?

Me agarré el estómago, asustada, y señalé mi cuello como pude.

—Hmmm… ¿qué pasa ahora? —murmuró una voz femenina.

Pataleé contra la cómoda, agarrándome las manos al cuello como una verdadera desquiciada.




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