Emma
9 de agosto…- Sábado.
10:32
Me destapé incómoda, notando cómo ese calor desagradable se colaba de nuevo en mi interior.
Todo me dolía.
El pecho.
Las piernas parecían pesar cien toneladas.
Los escalofríos no me daban tregua.
Y la cabeza.
Dios, era como si me hubieran golpeado con martillos durante toda la noche.
O como si me hubiera bebido una botella entera de whisky.
Ambas sensaciones eran horribles.
Automáticamente me llevé una mano a la sien. Noté algo blandito bajo las yemas de los dedos justo cuando un latigazo de dolor hizo que aparecieran puntitos negros a mi alrededor.
Tardé varios segundos en asimilar qué había pasado.
Yo llegando a la habitación de mi padre casi a rastras.
Su cruel novia.
Algo sobre un lorazepam.
Unas escaleras.
Y un fuerte golpe en la cabeza.
Todo lo demás estaba bastante borroso.
Resistí el impulso de taparme los oídos cuando la melodía de mi móvil empezó a sonar.
Ni siquiera hice el amago de cogerlo.
Era demasiado temprano.
Pero sonó.
Y sonó.
Otra vez.
Frustrada, finalmente fui a cogerlo y, cuando vi el nombre que aparecía en la pantalla, me quedé petrificada.
No podía ser.
No después de tantos años.
—¡¿Se puede saber dónde coño estás?!
Tuve que apartarme el teléfono de la oreja.
Sí.
Definitivamente esa era la voz de mi hermano.
—¿Cole...? —logré murmurar, conmocionada.
¿Estaba soñando?
Dios, esperaba que no.
—Por fin pareces dar señales de vida —dijo a través de la línea, visiblemente más aliviado—. Llevo llamándote toda la maldita mañana.
Fruncí el ceño, extrañada.
—¿Está todo bien?
—Emma... —empezó con un tono de voz serio—. Hoy ha sido el juicio.
En ese momento juré ver estrellas a mi alrededor.
Es como si la vida se hubiera pausado para mí.
Quería gritar con todo mi ser.
Quería llorar.
Quería darme un puñetazo por idiota.
Y, sobre todo, quería matar a mi padre.
—¿Era hoy...? —pregunté estupefacta, más para mí misma que para él, como la auténtica idiota que era—. Dios, era hoy.
—¿No lo sabías? —cuestionó desde el otro lado.
Mi silencio pareció darle la respuesta que necesitaba.
—No se había dignado ni a decírtelo. Esto es increíble, joder.
Soltó una risa hueca.
De esas que no tenían ni pizca de gracia.
—Es la hostia cómo lo tenía todo preparado.
Me incorporé lentamente en la cama, intentando comprender lo que estaba oyendo.
—¿A qué te refieres...? —pronuncié, todavía notando cómo la cabeza me daba vueltas.
Él suspiró ruidosamente a través del móvil.
—Emma, necesito que seas absolutamente sincera conmigo.
Tragué saliva con dureza, notando cómo un nudo se estaba formando en mi garganta.
"No la cagues ahora."
Sentí cómo me empezaban a hormiguear las manos.
Y dudaba mucho que fuera por la brecha que tenía en la cabeza.
—...Sé que no tengo ningún derecho a preguntar esto, y menos después de tantos años.
Carraspeó incómodo.
—Me estás dando miedo, Cole.
No contestó.
Ni siquiera conseguí oír nada al otro lado.
Ni un suspiro.
Ni nada.
Solo un silencio sepulcral.
¿Por qué mierda no hablaba?
¿Tan malo era?
—¿Sigues ahí...?
Por un momento pensé que nadie me respondería.
Pero, tras unos segundos de espera, pude soltar el aire cuando reconocí de nuevo su voz.
—Q-quiero que sepas que esto no es ningún ataque ni nada... Solo necesito saberlo, ¿vale?
Sonaba tan agobiado que me daba hasta cosa.
Que estuviera así.
Por mí.
—Está bien —afirmé muy suavemente, tratando de que se calmara.
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Editado: 17.08.2026