2 de septiembre ... .- Martes.
8:07
Abrí muy lentamente los ojos, intentando averiguar dónde cojones estaba.
Parpadeé varias veces, esforzándome por enfocar lo que estaba a mi alrededor, pero un gemido ronco salió de mí en cuanto un rayo de sol contactó con mi cara.
Me tapé los ojos, incómodo.
Notaba que estaba tumbado en algo blando y muy calentito.
Conseguí incorporarme unos pocos centímetros, apoyando torpemente los codos en el sofá en el que probablemente había dormido.
Mi casa estaba toda hecha un asco.
Había latas por todas partes
.
Una botella de vodka estaba medio bebida en el mueble de la tele.
Caí para atrás de nuevo en cuanto sentí como si un martillo me estuviera aplastando la cabeza.
Jax y sus malditos inventos con la ginebra y los margaritas.
Estaba preparándome para dormir la mona cuando un chirrido proveniente de la cocina me atravesó la cabeza.
Dios.
Puse mis mejores esfuerzos para poder sentarme y mantenerme recto.
Automáticamente todos mis huesos protestaron.
Cogí la cajetilla de tabaco que había encima de la mesa y la metí en el bolsillo del pantalón.
No sabía ni cómo había llegado ahí, pero la necesitaría en breve.
No hay nada como el primer cigarrillo de la mañana.
Con la sensación de pesar cien kilos, me puse en pie y avancé hacia la cocina con el aspecto de un auténtico drogata.
Abrí la puerta y me apoyé en el marco, exhausto.
—¿Lily? —pronuncié, sorprendido.
Ella dio un pequeño respingo, asustada.
Mi hermana pequeña estaba con su pijama de corazones favorito.
Su maraña de rizos rubios caía suelta sobre sus hombros mientras intentaba alcanzar la balda donde estaban los cereales.
—¿Qué haces despierta? —pregunté con voz ronca, frotándome el ojo con sueño.
Ella se dio la vuelta al instante y abrió mucho sus ojos de un precioso color marrón.
La pobre tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarme a los ojos.
—Ey, enana…
Comencé a hablar mientras me acercaba, pero me tuve que parar casi al segundo al notar cómo había cambiado su cara.
Su labio inferior temblaba con tanta violencia que estaba seguro de que se echaría a llorar allí mismo.
Torpemente caminó hacia atrás sin apartar la mirada de mí en todo momento.
Pendiente de cada movimiento.
Me aseguré de moverme lo menos posible para evitar movimientos bruscos que pudieran alterarla.
Tenía miedo.
De mí.
De la misma persona que casi un año atrás no había dudado ni un solo segundo en lanzarse a mis brazos.
Se chocó con la encimera, pero ni siquiera pareció enterarse.
No emitió ni un solo sonido.
—Eh, no pasa nada —dije con la voz más suave que pude y me puse de cuclillas—. Soy yo. Jason.
Eso no la tranquilizó ni un poco.
—M-Mamá —llamó todo lo fuerte que pudo—. Mamá.
—¿Quieres que te ayude a coger los cereales? —cambié de enfoque—. ¿Sí?
Puse un pie donde estaba ella y prácticamente saltó al instante a otra esquina de la cocina.
Mierda.
Dejé los cereales sobre la mesa.
—¿Estás enfadado? —preguntó aterrorizada.
Negué suavemente con la cabeza.
—Nunca podría enfadarme contigo, enana.
—P-pero ayer estabas muy enfadado —murmuró con pequeños hipos entre medias—. Con mamá.
Cerré los ojos, intentando recordar lo que pasó ayer al llegar a casa.
Recordaba voces.
Gritos.
Mi madre llorando, lo que se había vuelto una horrible costumbre.
Más reproches.
Pero no a Lily en todo esto.
—¿Ayer te asusté? —opté finalmente por decir.
Ella asintió, insegura.
—Lo siento muchísimo, Lily —me disculpé como lo había hecho tantas veces en las últimas semanas—. No quería que me vieras así.
—¿Estabas enfermo? —reflexionó—. ¿Por eso le hiciste pupa a mamá?
Dios.
Era tan inocente.
Después de todo, no era capaz de creer que su hermano le hacía daño a su madre.
Continuamente.
—Algo así.
—¿Pero estás muy enfermo? —continuó, esta vez con un ligero temblor—. ¿Tanto como papá?
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Editado: 17.08.2026