Contra Todo Pronóstico

CAPÍTULO 5

Emma

6 de septiembre…- Sábado

12:32

Creo que testificar contra mi padre ha sido de las cosas más horribles que he hecho en mi vida. Jamás había pisado un juzgado, ya que cuando mis padres se separaron yo era demasiado pequeña para poder decidir con quién quedarme.

A diferencia de mi hermano, que por aquel entonces era lo suficientemente mayor para poder declarar.

Ahora que yo era más que consciente de la situación en la que me encontraba, más las pruebas que habíamos adjuntado, entre ellas conversaciones con el presunto psiquiatra y mi padre, diciendo exactamente cómo tenía que redactar los informes para poder ganar el juicio.

Era repugnante.

Tanto que tenía una orden judicial para irme con mi hermano y mi madre hoy mismo.

Y ahora debía meter mi vida entera en una maleta de color rosa llena de purpurina.

En mi defensa diré que era la más grande que había encontrado en casa.

—¿Qué haces?

Di un respingo sobresaltada.

Mi padre estaba apoyado en el marco de la puerta de mi habitación.

—Preparar la maleta —contesté distraída mientras terminaba de doblar una camiseta.

El simple gesto de agacharme para colocarla me dejó totalmente exhausta.

Era patético que, para meter unas cuantas camisetas y un par de pantalones, llevara casi una hora.

Una puñetera hora.

Al ritmo que iba, la maleta tendría que haberla preparado ayer.

O antes de ayer.

Oí a mi padre a mis espaldas reírse divertido.

Como si todo esto fuera una broma.

Un chiste para él.

—Dios. Eres igual que tu madre.

Me giré tan rápido que vi puntos negros a mi alrededor.

Por favor, ahora no.

—¿Qué se supone que significa eso? —siseé mordaz.

Cogí otra camiseta al azar y la doblé de cualquier manera, esta vez con rabia, mientras intentaba que sus comentarios no me afectaran.

Era ridículo.

Durante años había aguantado todo tipo de comentarios del estilo:

“Tu madre llena de ideas a tu hermano.”

“En verdad ellos no te quieren.”

“Se han olvidado de ti.”

No iba a permitir ni uno más.

Estaba harta de ser la niña obediente que él quería que fuera para moldearla a su gusto.

Nunca le había llevado la contraria.

Ni le había dado razones para castigarme.

Sacaba buenas notas y no era suficiente.

“He sacado un 9,4.”

“¿Y por qué no un 10?”

“He sacado un 10.”

“Ese es tu deber.”

No había manera de contentarlo.

Me esforzaba por no mandar a sus novias a la mierda cada vez que me soltaba algún comentario pasivo-agresivo.

Me las había arreglado cuando se habían ido semanas de viaje.

Ya no sabía qué más hacer.

Y, encima, a ojos de él no era nada más que una lunática a la que alimentar por ley.

Él apretó la mandíbula.

—Desde que te hablas con tu hermano estás muy contestona —me echó en cara con crueldad—. Yo que tú tendría cuidado con cómo me hablas.

Me dieron ganas de tirarle la percha a la cabeza.

Qué hipócrita.

—¿O qué? —le provoqué—. ¿Vas a castigarme sin móvil? ¿Me vas a amenazar? ¿Tú a mí? ¿Pegarme? ¿O, mejor aún, me vas a meter en un centro psiquiátrico?

Ni un solo momento perdió la sonrisa de la cara.

—Eres tan ingenua si crees que te vas a ir de aquí y encima vas a salir de rositas.

—¿Qué me vas a hacer tú a mí, eh? —pronuncié antes de pensar en mis palabras.

Jugada muy poco inteligente por mi parte, a decir verdad.

Me obligué a ser valiente y a no dar un paso atrás cuando empezó a avanzar lentamente hacia mí.

Como un depredador hacia su presa.

—Pues para empezar... —cogió un sujetador con asco, observándolo con puro morbo—. Te vas a ir con lo puesto.

No podía hablar en serio.

Más le valía que fuera una jodida broma de mal gusto.

—¿Perdona? —balbuceé confusa.

Observó el resto de la maleta y esta vez miró una blusa con curiosidad.

—Esta ropa la he pagado yo —se señaló el pecho—. Con mi dinero.

No sé cómo no se me cayó la mandíbula en ese mismo momento.

—¿No me vas a dejar ni unas bragas? —le reproché incrédula.




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