Jason
6 septiembre…- Sábado
21:39
—¿Se puede saber a dónde vas, jovencito? —murmuró mi madre con tono acusador desde la cocina justo cuando estaba a punto de salir por la puerta.
Sin duda, tenía un sexto sentido.
"Tú qué crees."
—Por ahí. —contesté vagamente, siguiendo mi camino con poco interés.
Suspiré derrotado en cuanto oí los zapatazos resonar por el pasillo.
—Para esos pies ahora mismo.
La escena era casi graciosa.
Mi madre llevaba puesto el delantal que decía "La mejor mamá del mundo" y sujetaba una cuchara de madera con la que me apuntaba directamente a la cabeza.
—Planeas lanzarme eso a la cabeza. —me burlé.
Ella la meneó a modo de regaño, totalmente concentrada.
Tuve que contener la sonrisa.
—Solo si sales por esa puerta. —contestó muy seria.
Había quedado con Jace y Jax, algo que claramente no le iba a decir a mi madre.
Desde que la encontré en la bañera totalmente destrozada, habíamos hecho una especie de trato silencioso.
Ella fingía no verme cuando entraba por la puerta puesto hasta las cejas y yo, en agradecimiento, intentaba —por lo menos una o dos veces a la semana— tener una cena tranquila.
Sin hablar de alcohol ni drogas.
Ni temas sensibles.
Solo mi madre, mi hermana y yo.
Antes de que me fuera a meterme de todo.
Era un caso perdido.
Así que me encogí de hombros, indiferente.
—Tengo planes —contesté secamente, cogiendo las llaves de casa.
—Y yo también.
Cerré los ojos, cuando la pierna me estaba dando latigazos de dolor.
Una y otra vez.
Como si me estuviera repitiendo:
“ No vayas”.
“ Sé responsable”.
“ Mantente sobrio”.
—Me alegro —dije, dedicándole mi sonrisa más falsa—. Pásatelo bien.
Ella me miró con esa cara de madre de "no me lo creo ni un poquito".
—No sé si me he expresado bien —repitió, dándole vueltas al palo de madera—. Tú y yo tenemos planes. Hoy.
—Pues mala suerte —chiste mientras me metía la cartera en el bolsillo del pantalón—. Será otro día.
Alzó las cejas y me miró de arriba abajo, fijándose en cómo me sujetaba al mueble de la entrada.
—Por el bien de tu pierna, yo me sentaría a cenar. No creo que aguantes más de media hora de pie.
Mierda.
En eso tenía razón.
Odiaba tener la rodilla de un señor de ochenta años.
Me acerqué un poco más.
Mi madre tenía la raya del ojo y una sombra de color marrón.
La verdad, le quedaba bastante bien.
—¿Tienes maquillaje? —pregunté extrañado—. ¿Por qué te pintas para cenar?
Sonrió incómoda.
—¡Sorpresa! —exclamó sin mucho entusiasmo real, como si temiera mi reacción.
Debajo del delantal pude ver su blusa favorita —creo que se la regaló mi padre en San Valentín— y unos pantalones de seda que solo podía describir como muy bonitos.
Iba extrañamente guapa.
Incluso se había puesto pendientes.
No recordaba la última vez que la había visto así de arreglada.
Una punzada me recorrió el pecho.
Al menos uno de los dos estaba pasando página.
O intentándolo.
Tragué saliva con fuerza, fingiendo mi mejor sonrisa.
—¿Y qué celebramos hoy?
Mi madre parecía a punto de contestar —algo muy inteligente, seguro— cuando...
Ding-Dong.
¿Quién llamaba a la puerta a estas horas?
—¿Por qué no vas a averiguarlo? —contestó con una sonrisita que no me daba para nada buena espina.
Abrí la puerta horrorizado por lo que me podría encontrar.
Esperaba que no fuera un psicólogo.
—¡Jason! —exclamó sorprendentemente feliz la mujer que había al otro lado, dándome un abrazo que me pilló desprevenido—. ¡Cuánto me alegro de verte!
Se separó de golpe, todavía agarrándome del brazo.
—¡Estás súper grande!
Intenté darle una sonrisa lo más cortés posible a mi vecina de al lado y probablemente la mejor amiga de mi madre.
—Gracias, Hannah. Yo también me alegro de verte.
—Eres todo un hombretón ya, ¿eh? —dijo a modo de despedida, dándome una palmadita mientras se acercaba a mi madre.
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Editado: 18.08.2026