Jason
9 septiembre…- Martes
8:48
Con la cabeza a punto de explotar, terminé de abrocharme la camisa a duras penas, me puse la corbata rápidamente y cogí la mochila.
Tras unos cinco minutos buscando la chaqueta del uniforme, lo di por perdido y salí de casa, agradecido de que el instituto estuviera a apenas cuatro minutos a pie.
Seguro que tenía un aspecto horrible.
Y tampoco me sentía mucho mejor.
Definitivamente, no fue una buena idea beber y salir hasta las tantas sabiendo que hoy era mi primer día repitiendo curso.
Vaya primera impresión iba a dar.
Apenas había dormido cuatro horas y cualquier sonido —tan simple como el tráfico o la gente hablando por la calle— parecía amplificarse por mil.
Casi di gracias a Dios cuando vi que la puerta de la entrada seguía abierta y el conserje —un señor ya a punto de jubilarse— esperó a que yo entrara para cerrarla.
Le ofrecí una sonrisa de agradecimiento y murmuré un «gracias».
Como ya habían pasado casi media hora desde la hora de entrada, no me dirigí al salón de actos, donde cada año hacían la presentación.
Un acto en el que todos los alumnos nos sentábamos en ese inmenso salón mientras iban nombrando, uno por uno, a qué clase pertenecíamos y quién era nuestra tutora correspondiente.
A eso se le sumaba un breve discurso sobre la tolerancia cero al bullying y una charla motivacional de bienvenida —sacada directamente de una libreta de Mr. Wonderful— por parte de la jefa de estudios y el director.
Y, finalmente, tu tutora te llevaba a clase.
En un tablón de anuncios gigante traté de buscar mi nombre y mi aula.
Tras unos breves segundos, lo localicé.
Si aquello no estaba equivocado, me correspondía el aula 214.
Genial.
Me tocaba subir escaleras.
Los pasillos estaban desiertos a esas horas, así que me tomé mi tiempo paseando sin prisa hasta llegar a mi presunta clase.
Vamos a ello, capitán.
Abrí la puerta con la esperanza de que me tocara una profesora compasiva y buena, que entendiera el inexistente motivo de mi retraso.
Tuve que pararme en seco en cuanto vi a la mujer que tenía delante.
Charlotte Whitmore.
Alias: la Barbie.
Era una mujer de unos cuarenta y muchos.
Llevaba el pelo cortado en una melena, teñido de un rubio artificial que dejaba ver, sin ningún pudor, sus raíces morenas.
Siempre tenía las uñas impecables.
En diez meses nunca la había visto repetir modelito.
Y, por supuesto, iba siempre subida a unos taconazos de infarto.
Hoy estaba perfectamente maquillada, con un traje de chaqueta y pantalón de un rosa chillón y unos tacones a juego.
Jesús, sálvame.
—¡Vaya por Dios! —dijo con esa voz chillona que me hacía querer enterrarme treinta metros bajo tierra—. Justo ahora estaba hablando de lo importante que es la puntualidad en mi clase.
Sus ojos marrones se clavaron en mí con una hostilidad creciente.
—¿Verdad?
—Si tú lo dices. —Torcí el gesto mientras escaneaba la clase, buscando con quién podría sentarme—. A mí no me podría importar menos.
Se cruzó de brazos, claramente indignada por mi actitud, mientras todo el mundo murmuraba por lo bajo.
Todos se echaban miradas cómplices.
Me conocían.
—No voy a tolerar ninguna falta de respeto hacia mí ni hacia ningún otro alumno —sentenció, dirigiendo la mirada a toda la clase—. Tienes suerte de que hoy sea el primer día y esté de buen humor. La próxima vez será una amonestación directa a tus padres.
No me podía importar menos, la verdad.
Ya me había puesto tantas que había perdido la cuenta.
Sin prestar ni un ápice de atención a su mierda de discurso de todos los años, alcé las cejas, sorprendido, al ver a Nate —un antiguo compañero del equipo— señalando con entusiasmo el asiento vacío que tenía a su lado.
Estaba en la última fila.
—¿Qué haces aquí, tío? —murmuró sorprendido mientras colocaba mi mochila sobre el respaldo.
Aprovechando que la profesora ya me daba por un caso perdido, me senté de medio lado, apoyando un brazo sobre el respaldo de la silla.
—¿Y tú? Te daba por un abogado ya hecho y derecho.
No era ningún misterio que los padres de Nate tenían el mejor bufete de abogados de todo Colorado.
Y el cabrón sacaba unas notas como nadie.
Hizo una mueca.
—Nah. —dijo con un gesto, restándole importancia—. No era lo mío.
Me recosté sobre la silla.
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Editado: 18.08.2026