Jason
9 de septiembre…- Martes
12:00
Al final, nuestro plan de escaparnos y fumarnos un piti había sido frustrado por esta mierda de instituto.
Por muy retorcido que sonase, aunque fueras mayor de edad, tu obligación era ir a clase. O eso era lo que habíamos firmado.
Así que los conserjes no habrían abierto la puerta a no ser que tuvieras una causa médica totalmente justificada o algo por el estilo.
Por lo tanto, seguía aquí sentado en esta mierda de silla, que me destrozaba la espalda, y de lejos oía al profesor de Historia presentarse.
El viejo cascarrabias estaba prácticamente tumbado sobre la silla, que, a mi pesar, crujía cada pocos segundos.
Yo me limitaba a mirar por la ventana, ajeno a mi alrededor, y creo que Nate estaba igual de desesperado que yo mientras le daba vueltas a un lápiz entre los dedos.
El tráfico no era muy concurrido a esas horas, pero algún coche siempre pasaba.
Un coche azul adelantaba a un BMW negro.
Un Mini rosa circulaba por la carretera a paso de tortuga.
Habían pasado, en total, doce coches en diez minutos.
Bostecé sobre la mesa, dispuesto a echarme una buena siesta, justo cuando no pude evitar oír a lo lejos el sonido de las sirenas.
Otra vez no.
Por favor.
Cerré los ojos, tratando de calmarme, pero me empezaron a zumbar los oídos con tanta fuerza que casi me dieron ganas de estrellar la cabeza contra la mesa.
—Ya no estaríamos hablando de buscar la cura, sino de alargarle el máximo tiempo posible...
—Trasladarlo a la planta de cuidados paliativos...
—La quimio ha dejado de funcionar porque tiene metástasis…
— Ahora vamos a centrarnos en controlar el dolor.
Me levanté de la silla tan abruptamente que esta soltó un chirrido horrible.
Todo el mundo, incluido el profesor, se quedó callado, pendiente de lo que me pasaba.
Nate me miraba como si me hubiera vuelto loco y, sinceramente, me importaba una mierda.
Necesitaba salir de allí.
Me aflojé el cuello de la camisa para que me entrara más aire.
Mierda.
¿Por qué no podía respirar?
Miré hacia abajo.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que mi pecho subía y bajaba demasiado rápido.
Oía murmullos a mi alrededor y veía miradas cómplices entre mis compañeros, pero no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando.
Seguramente el profesor me estaba preguntando si estaba bien, pero yo solo veía sus labios moviéndose.
Nate dijo algo.
Pero no lo entendí.
Me volví hacia la puerta y no dudé ni un segundo en salir corriendo.
Un pinchazo se me irradió por toda la pierna derecha y, aun así, no me paré.
El pasillo parecía interminable.
Pero, contra todo lo que me había dicho el médico, corrí hasta sentir que la pierna se me iba a caer por completo.
Abrí la puerta de emergencias de un portazo.
Me dejé caer en las escaleras, rabiando de dolor.
Joder.
Se me había hinchado la rodilla.
¿No podía jodérmela otra vez... verdad?
Esperaba que no.
Me invadió ese sentimiento tan horrible y, al mismo tiempo, tan familiar.
¿Y si le pasaba lo mismo y nadie se había dado cuenta?
¿Y si...?
Dudé unos segundos antes de marcar su teléfono.
La última vez que nos habíamos llamado, él me llamó "drogata sin futuro" y yo "caza hermanastras".
Bueno...
Pensándolo bien, lo había llevado hasta el hospital.
Algo tendría que haber influido.
Quizá ahora éramos capaces de hablar como dos personas normales.
No me lo creía ni yo, pero bueno.
Le di al botón de «llamar».
Me llevé el teléfono a la oreja, mordiéndome el interior de la mejilla.
Vamos, contesta.
Resistí con todas mis fuerzas el impulso de tirar el móvil contra el suelo cuando me saltó el buzón de voz.
Volví a intentarlo.
Y otra vez.
Y otra.
Le había dado tantas veces que estaba empezando a perder la cuenta.
—¿¡Se puede saber quién coño se ha muerto!?
Gritó con tanta fuerza que tuve que apartar el teléfono del oído.
Jesús.
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Editado: 18.08.2026