Contracara

EL INICIO

El día amaneció tan perfecto que parecía una invitación directa a la aventura.
El cielo celeste, el sol ardiendo con fuerza… y los tres —Fede, Maxi y Beto— sintieron
al mismo tiempo esa vibración interior.
Eran intrépidos, impulsivos, capaces de convertir cualquier mañana común en una
travesía inesperada. Y ese día, sin dudarlo, decidieron no asistir a clases.
Caminaron hacia las afueras de la ciudad, donde estaban terminando las obras de un
predio enorme levantado en un descampado. Desde lejos se veían las torres de vigilancia vacías, quietas, esperando vida.
Cuando llegaron al borde del predio, algo llamó su atención:
en la vereda se toparon con unas vallas de precaución y, en el centro, una boca de
tormenta sin tapa.
Los tres se asomaron.
Una escalera de hierro descendía hacia la oscuridad.
Los tres se miraron; el silencio lo decía todo.
—¿Quién baja primero? —preguntó Beto, más inquieto que asustado.
Fede tragó saliva, pero no retrocedió. Fue directo a la acción.
Tomó aire, apoyó el pie en el primer peldaño y empezó a descender.
Maxi y Beto lo miraban desde arriba, con esa mezcla de admiración y miedo que solo
sienten los amigos que comparten el mismo impulso.

El hierro vibraba bajo sus pies.
El olor a humedad era espeso, y el eco devolvía cada roce de la escalera como un
murmullo extraño.
Al llegar al fondo, Fede levantó la mirada y vio que el túnel era largo, muy largo, y
estaba completamente seco. Y allá, en el extremo opuesto, una luz intensa recortaba
la salida.
—¡Está buenísimo! —gritó hacia arriba—. ¡Bajen!

No hay peligro, está limpio,
podemos recorrerlo.
No necesitó decir más.
Maxi y Beto comenzaron el descenso, uno detrás del otro.
Sentían la adrenalina latiéndoles en cada movimiento.
Los tres emprendieron la caminata por el túnel.
Era una sensación que jamás habían vivido: caminar por un desagüe pluvial vacío,
como si hubieran entrado en un mundo oculto que estaban por descubrir.
A cada paso, la luz del fondo se hacía más grande.
El túnel empezaba a iluminarse, revelando paredes de cemento que parecían
estrecharse y expandirse a medida que avanzaban.
De pronto, el túnel se bifurcó hacia la izquierda, pero ellos no dudaron.
Siguieron directo hacia la luz.
Y entonces ocurrió.

La oscuridad quedó atrás.
El aire cambió.
El cantar de los pájaros reemplazó al silencio.
Llegaron al final del túnel y se encontraron con algo que ninguno hubiera imaginado:
una laguna cristalina, escondida en medio de una vegetación espesa, como si
hubieran salido a un oasis secreto.
Se miraron sin entender del todo lo que estaban viendo.
El túnel desembocaba directamente sobre el borde de la laguna.
Fede fue el primero en decirlo:
—¿Y ahora… qué hacemos?
Maxi observó el agua, sorprendido.
—Si no nos tiramos, tenemos que volver por donde vinimos…
Beto respiró hondo, sintiendo el corazón latirle en el pecho.
Los tres quedaron parados ahí, en silencio, mirando esa laguna perfecta que parecía
invitarlos… o desafiarlos.

El instante se volvió eterno.




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