La laguna permanecía quieta frente a ellos, como si supiera que tenía a tres intrépidos a punto de decidir su destino.
El sol brillaba intensamente y se reflejaba en el agua, provocando destellos multicolores. El lugar parecía un secreto que nadie había descubierto jamás.
-Yo digo que nos tiremos -dijo Maxi, rompiendo el silencio con una sonrisa que mezclaba desafío y entusiasmo.
-¿Será profundo? -preguntó Beto, aunque sus ojos ya brillaban con la idea.
Fede se acomodó en el borde, sintiendo el viento frío que salía del túnel detrás de ellos.
Ese contraste -la oscuridad de donde venían y la claridad del agua- era una invitación imposible de ignorar.
-Volver por ahí -dijo, señalando el túnel- sería una derrota.
Hagamos lo que vinimos a hacer.
No necesitaron más palabras.
Maxi tomó la decisión y comenzó a sacarse la ropa hasta quedar en ropa interior.
Metió un pie en el agua para tantear la temperatura.
Se zambulló con un salto limpio, que levantó la quietud de la laguna.
Cuando emergió, con voz de entusiasmo dijo:
-¡Está buenísima!
-¿Podés hacer pie? -preguntó Fede.
-No, al parecer es profunda.
Fede se tiró de cabeza, trazando una flecha perfecta hacia la superficie transparente.
Beto, más cauteloso pero igual de decidido, se lanzó con un salto desde el borde.
La laguna resultó ser tan profunda como habían imaginado.
Los tres sabían nadar tan bien que la profundidad era un incentivo más.
Se divirtieron durante horas.
Subían al borde del túnel, corrían dos pasos y se lanzaban como si la laguna fuera una piscina privada creada para ellos.
El tiempo parecía suspendido.
El sonido del agua, el reflejo del sol, la libertad absoluta.
Era una felicidad que se guardaría para siempre en el recuerdo de los tres.
Pero la energía empezó a bajar.
Una mezcla de cansancio y hambre les avisó que el día había avanzado demasiado rápido.
-¿Qué hora será? -preguntó Beto, flotando boca arriba.
-Ni idea -respondió Maxi-, pero tengo hambre...
-Volvamos -dijo Fede-. Nos prometemos que un día vamos a regresar a este lugar.
Salieron del agua y se vistieron en silencio,
Y emprendieron el viaje de retorno.
La laguna, tan brillante y perfecta, parecía despedirlos.
Cuando salieron nuevamente al descampado, el sol ya estaba bajando.
Al llegar a la plaza, los tres se miraron... y recién ahí se dieron cuenta.
-¡Mirá cómo estamos! -dijo Maxi riendo-. Parecemos cualquier cosa menos chicos que vienen del colegio.
Beto se acomodó el pelo empapado y agregó:
--Bueno, mejor que no nos crucemos con nadie conocido...
Fede pensó rápido.
La complicidad entre ellos era natural, como siempre.
-Vamos a tu casa, Maxi.
-Sí -dijo Maxi-. Mis viejos no están. No van a sospechar nada.
Y así lo hicieron.
Llamaron a sus casas, dieron explicaciones simples y cada uno volvió a la suya sin despertar ninguna duda.
Lo que para los demás había sido un día normal de clases,
Para ellos se había convertido en su primera gran travesía secreta.
La clase de aventura que no se olvida, que queda marcada
Y que fortalece un lazo que ya era fuerte de por sí.
Los tres guardaron el pacto sin decirlo:
Nadie sabría la verdad sobre su viaje a la laguna.
Era su lugar.
Su descubrimiento.
Su memoria compartida.