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Cuando Maxi desapareció entre los árboles rumbo a la estación, la tarde ya estaba
muriendo.
El aire se volvía más fresco, el arroyo más oscuro.
Juan parecía cómodo en esa libertad tardía.
—Ahora sí
—dijo
—. Sin apuros.
Fede y Beto intentaban acompañarlo, pero algo no cerraba.
El día había sido largo y el cansancio empezaba a sentirse.
Fue entonces cuando lo vieron.
Un hombre mayor, a unos treinta metros, sentado sobre una roca plana, acomodando
una línea de pesca.
Llevaba una gorra gastada, barba de varios días y un gesto tranquilo.
—Buenas tardes
—dijo el hombre al verlos.
—Buenas
—respondió Fede.
El pescador los observó con curiosidad sana, como quien se sorprende de ver
jóvenes por allí a esa hora.
—¿Se quedan mucho más?
—No, ya nos íbamos
—mintió Beto, incómodo.
—Hacen bien.
Cuando oscurece no se ve nada
—comentó el hombre
—. Y la estación
les queda lejos.
Juan intervino:
—Vamos caminando, no pasa nada.
El pescador dejó la caña a un lado.
—Si quieren, los acerco. Voy para ese lado. No me cuesta nada.
Fede y Beto se miraron.
Agradecían el gesto, pero algo no terminaba de encajar del todo.
Aun así, era cierto: la distancia era larga, la noche estaba encima y caminarlo no era
buena idea.
—Bueno…
—dijo Fede finalmente
—. Si no es molestia.
—Para nada
—respondió el pescador
—. Termino de guardar esto y nos vamos.
Y así empezó la historia que, sin que ellos lo supieran, no sería una aventura como las
otras.