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El pescador guardó sus cosas con movimientos lentos, casi ceremoniales.
Cuando terminó, les hizo señas para que lo siguieran.
La caminata hasta el auto fue breve, pero en ese trayecto la luz terminó de
desaparecer del todo.
El arroyo quedó atrás como una sombra húmeda entre los árboles.
—Suban
—dijo el hombre, abriendo la puerta delantera.
Fede y Beto se miraron.
Juan ya estaba adentro, acomodado, como si fuera lo más natural del mundo.
El motor arrancó con un sonido grave y apagado.
El camino era de tierra, y cada tanto una piedra suelta hacía vibrar la carrocería.
—¿Vivís muy lejos?
—preguntó Beto.
—Por acá nomás
—respondió el hombre
—. Antes de la ruta.
Intentaba sonar amable, incluso relajado, pero había algo en su voz
—tal vez la calma
excesiva
— que hacía que los dos amigos permanecieran rígidos, atentos a cada
gesto.
Captando la tensión, el pescador intentó romper el silencio:
—Che, ustedes… ¿comieron algo hoy?
—No mucho
—respondió Fede, sincero.
—Bueno
—dijo el hombre
—. Pasamos por un super y compro algo para hacer a la
parrilla. No me gusta dejar a nadie sin comer.
Pararon en un pequeño almacén de barrio.
El pescador entró sin pedirles opinión.
Ellos se quedaron en el auto, mirando por la ventana sin hablar.
—¿Está todo bien?
—preguntó Beto en voz baja.
—No sé
—respondió Fede
—. Pero vamos a estar atentos. Nada más.
Juan no parecía preocupado.
Miraba el celular, tarareaba algo, como si estuviera en una salida normal.
El pescador volvió con una bolsa de compras y manejó unos minutos más hasta llegar
a una casa sencilla, con un patio grande y un quincho al fondo.
—Pasen
—dijo, con una sonrisa forzada—. Hacemos algo rápido y los llevo.
En el quincho había una mesa de plástico y una parrilla apagada.
El hombre se movía de un lado a otro preparando la carne y encendiendo el fuego con
una familiaridad que contrastaba con lo incómodo del momento.
Los chicos se sentaron.
La luz era tenue, el ambiente caluroso.
Fede no podía dejar de mirar la puerta, siempre ubicando una salida posible.
—Relájense
—dijo el pescador, sin mirarlos
—. Hoy comemos bien.
Pero esa frase, lejos de tranquilizarlos, los tensó más.
El hombre hablaba demasiado.
Reía en momentos que no daban risa.
Evitaba mirar a Fede y Beto directamente… pero cada tanto, sus ojos se detenían en
ellos más de lo necesario.
La carne estuvo lista rápido.
Los chicos comieron poco, casi nada.
El pescador comía y hablaba, como si quisiera retenerlos ahí por más tiempo.
Cuando terminaron, Beto dijo con decisión:
—Ya está. Gracias por todo, pero nos tenemos que ir.
El pescador bajó la mirada, prendió un cigarrillo y dijo:
—Esperen un ratito. Los llevo…
pero esperen.
Ese esperen no sonó bien.
Fede sintió un frío en la espalda.
Juan seguía sin registrar nada.
—No
—dijo Fede, poniéndose de pie
—. Nos vamos ahora.
El pescador los miró fijo por primera vez.
Y en sus ojos había algo distinto: algo que no tenía que estar ahí.
—Como quieran
—dijo, apagando la colilla con fuerza
—. Vamos.
Pero en su voz ya no había amabilidad.
Había un borde oscuro.
Y ese borde estaba a punto de hacerse evidente.