Contracara

CONTRACARA

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Salieron del quincho hacia el auto.
La noche era espesa, casi húmeda.
Los grillos sonaban fuerte y la casa parecía aislada del mundo.
Cuando el pescador abrió la puerta, el auto tosió varias veces antes de encender.
El hombre golpeó el volante con fastidio.
—Está falland

—murmuró

— Pero arranca.
Los chicos subieron en silencio.
Juan fue adelante.
Fede y Beto atrás, atentos, con el cuerpo tenso.
El motor avanzó unos metros… y se apagó.
El pescador insultó por lo bajo, volvió a encenderlo.
Avanzó otros metros… se volvió a apagar.
—No puedo creerlo

dijo, golpeando el tabler

—. Esto no puede ser.
Fede sintió que ese “no puede ser” tenía otro significado.
Otro peso.
—Bajemos

dijo

—. Caminamos hasta la ruta.

—No

—respondió el hombre, rápido

—. ¡No bajen!
Los tres lo miraron.
La velocidad con que lo había dicho…
la manera en que cerró la mano sobre la palanca…
Ahí lo entendieron.
No hacía falta una explicación.
El pescador giró la cabeza con una sonrisa torcida.
Una sonrisa que no tenía humor ni bondad.
Una sonrisa equivocada.
—Quédense

dijo. Juan, por primera vez, se dio cuenta de lo que estaba pasando.
—Che… ¿qué te pasa?

—preguntó.
El pescador estiró la mano hacia el asiento de atrás, una mano que no iba en buena
dirección.
Entonces Fede reaccionó.
Fue un segundo, instinto puro:
abrió la puerta, empujó a Beto y gritó:

—¡CORRÉ!
El pescador se abalanzó hacia atrás, pero Fede ya estaba afuera.
Beto también.
Juan tardó un segundo más… pero salió.
Los tres corrieron sin mirar atrás.
Primero por el patio, después por un terreno baldío, después por un camino de tierra
que apenas se veía.
Corrían por miedo.
Por adrenalina.
Por supervivencia.
Detrás, el pescador gritó algo, pero la distancia lo tragó.
No sabían hacia dónde iban.
No pensaban.
Solo corrían.
Cuando llegaron a la ruta, los tres se dejaron caer en la banquina, respirando como si
el cuerpo estuviera prendido fuego.
—¿Están bien?

—preguntó Fede, temblando.
—Sí… creo que sí

—respondió Beto.
Juan no hablaba

Caminaban por la orilla sin mirar atrás.
Hasta que vieron luces.
Un patrullero.
Un milagro.
Los oficiales frenaron al verlos.
—¿Qué hacen acá a esta hora?

—preguntó uno.
Las palabras salieron rotas, mezcladas con miedo y alivio.
Contaron todo.
Todo lo que habían vivido.
Todo lo que el pescador intentó.
Todo lo que escaparon.
La policía actuó de inmediato.
Volvieron a la casa.
Rastrearon el lugar.
Buscaron al hombre.
Fede, Beto y Juan esperaron en la comisaría, acompañados por un silencio que
pesaba más que el cansancio.
A la madrugada llegaron los familiares.
Maxi fue el primero en entrar.

Tenía los ojos rojos, como si no hubiera parpadeado en horas.
Los abrazó a los tres sin decir una palabra.
Después llegaron las madres.
El llanto, el alivio, la mezcla de miedo y orgullo por la valentía de sus hijos.
La noche terminó cuando el sol apenas empezaba a aparecer.
Los tres amigos —Fede, Beto y Maxi— se quedaron juntos un rato afuera, sin hablar,
mirando el cielo aclararse.
Nada iba a volver a ser exactamente igual.
La amistad seguía en pie, más firme que nunca…
pero ahora, con algo más:
la certeza de que juntos habían enfrentado algo real,
algo que marcaba un antes y un después.
Ese día entendieron que las aventuras no siempre se esconden en túneles, lagunas o
arroyos.
A veces, la verdadera aventura es sobrevivir al lado de quien no te suelta cuando todo
se oscurece.

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