Contradicción

Diez: ¿otra cita?

Fran y Nerea estuvieron conversando con Isabel y Lola un buen rato de camino al automóvil.
—Me parece buena chica. —Comentó Isabel.
—Me ha comentado un tal Louie que da miedo lo mucho que se parecen Christopher y Nía. —Repasó Lola.
—Stephanie. —soltó Fran en un hilo de voz.
—A mí no se me parecen tanto, la verdad. —Nerea dio su opinión.
—Se llama Stephanie. —a Fran solo le oyó el cuello de su camisa.
—Es guapa. —Dijo Lola.
—No la llaméis Nía. —Ninguna le escuchaba.
—¿A qué hace buena pareja con Fran? —Nerea sonreía.
—Ella ha dicho que eso es del pasado.
—Parecerían las figuras de la tarta que coronan en las bodas. —opinó Isabel.
—¡Ya! —Rompió Fran—. ¡Dejad de hablar de mí como si no estuviera, caray!
Isabel, Lola y Nerea se giraron, hasta David se asustó.
—¿Abogado?
Fran se dio cuenta de que había despertado al niño.
—¡Perdón por despertarte, David!
—No me has despertado, pero seguro que Stephanie te agradece que la defiendas.
—¿Quién es Stephanie? —Cuestionó Lola.
—La novia de Francisco, mamá, que no te enteras. —Le corrigió David.
—¿Pero al final ha aceptado que la llamemos Fani? —preguntó Nerea.
—Yo, lo que la he entendido, es que Nía se queda en el pasado. —puntualizó Fran.
—¿Y lo de "Fani"? —Curioseó Isabel.
—Pues parece que se va a quedar entre ellos dos. —Ironizó Nerea.
—¡Qué monada de pareja! —Se alegró Lola—. Son súper cuquis, supercute y súper kawaii.
—¡Qué empalagoso suena al decirlo en tanto idioma seguido! —Opinó Nerea.
—Lo que pude intuir a través del cristal que da al jardín es que es una chica muy espontánea. Lo contrario a ti, Fran. —Bromeó Isabel.
—Yo no soy predecible, soy meticuloso y tímido.
—¡Estarás de broma! —Se paró Nerea en seco, con las manos en la cintura—. ¡Esas tres palabras van de la mano!
Llegaron a la altura del coche de Isabel y Lola.
—¡Oye, que te he presentado al empresario al que admiras!
—¿Y por eso no puedo opinar en alto que eres predecible, o qué?
David ya se había sentado en el alzador del coche y Lola le estaba abrochando el cinturón de seguridad. Isabel se asomó desde el asiento del conductor.
—Esta chica es buena persona, Fran, no te acobardes, que enamorarse merece la pena.
—¿Y eso me lo dice la que me dejó por una mujer?
—Siempre fuiste mi mejor amigo, y eso no ha cambiado, ¿Verdad?
—Es que no fuimos más que eso. Aunque haya gente que aún me vea como una amenaza, ¿Verdad, Lola?
—¡No sé de qué me hablas! —Bromeó sentada ya, mientras se ponía el cinturón de seguridad.
—¡David! —Le llamó Fran cuando Isabel ya había arrancado el coche. —¡Seguro que tu novia también estará encantada de que la defiendas!
—¡Lo sé! Aunque Ivette se sabe defender sola.
El coche se alejó, pero aún se escuchaba a Lola sorprenderse de lo que acababa de soltar David sin maldad ninguna.
—Stephanie también se sabe defender sola. —Comentó Fran al niño, que ya no le escuchaba.
—¿Aún quieres tener otra cita con ella?
Fran se asustó de la pregunta sin tener por qué hacerlo.
—¿Otra?
—Bro, ya sé que no era una cita como tal, pero creo que habéis estado solos lo suficiente para llamarlo así.
Fran se pensó la respuesta detenidamente y sonrió, añadiendo:
—Primero diré que yo no considero una cita lo que ha pasado ahí dentro, y lo segundo, —Se acercó a su hermana para cogerla de los hombros—, ¿Qué se puede esperar de alguien que te pide matrimonio a la hora de conocerse?
—¡Pero esa chica te gusta, Fran!
—¿Y?
—Oh, ya entiendo, volvió el Francisco calculador que no para de analizar los posibles rumbos de su vida para optar por el más seguro y fiable de todos ¿Cierto?
—¿Qué hay de malo en eso?
—¿Malo? Nada. —Nerea se encogió de hombros para proseguir su camino hacia donde había visto el coche de su hermano—. Pero dejar que la vida te sorprenda tampoco es malo, Bro.
—Planificar frente a improvisar, —Entonó con sarcasmo—, no creo que yo vaya por la otra opción.
—¿Pretendes llamarla al menos?
—¡Por supuesto! —Parecía algo ofendido—. Stephanie Osborne me gusta.
—¿Y entonces?
—He de planear meticulosamente los detalles de la cita y después la llamo.
—¡Muermo! —le comentó Nerea desde tres pasos por delante.
Llegaron al coche y se metieron dentro. Fran llevó a su hermana a su casa y después se fue a la suya.
Fran vive en un pequeño estudio de dos habitaciones y apenas cincuenta metros cuadrados que comparte con otro abogado del mismo bufete.
Al pasar del zaguán, Ramiro se sorprendió de ver a Fran entrar en casa a la una de la madrugada.
Ramiro es muy atractivo, cabello rizado y rasgos aztecas, aunque con la piel clara y ojos grandes y negros.
—¿Pero no estabas en tu habitación?
—¿Otro ligue, Ramiro? —Fran miró que la nevera tras su compañero, mostraba un recipiente que por la mañana no estaba—. La vecina, ¿Verdad?
—Sabes que le gustas tú, pero que yo soy el que siempre está.
—Qué asco de comportamiento, Ramiro.
—¡Es buena en la cama y cocina mejor! —Ramiro cerró el frigorífico.
—Vender tu cuerpo por un plato de... ¿Ensaladilla?
—Pues en la cama es mucho mejor, te lo aseguro.
—No quiero saber nada.
Fran desdeñó a su compañero y se fue directo a su habitación. Ramiro le cerró el paso en la puerta.
—¿No has pisado la casa desde que te fuiste a las doce del mediodía?
—Efectivamente, ¿pero a ti que más te da?
—¿A mí? Pues como si te da por revender entradas al Bernabéu, ¡Ya ves tú!, pero tu madre me pregunta muchas veces por tu vida sentimental.
—¡Qué engañada la tienes! —Fran se echó la mano a la cara—. Pero como he estado con mi hermana, no le tienes por qué decir nada, porque ya se lo dirá Nerea.




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