Nía, al entrar a su habitación, observó lo anodina que estaba, el inicio de su nueva etapa en la vida estaba poco colorida.
Se sentó en la cama y miró hacia la puerta. Un recuerdo de hace apenas una hora le provocó una sonrisa tonta al imaginar a Fran apoyado a un lado.
¿Cómo un chico tan guapo y encantador podía ser tan tímido y serio?
Le gustaba hasta su nombre, Francisco. Probablemente, le acabaría llamando Frank, como Sinatra. Seguro que tiene una voz bonita al cantar.
Cogió la maleta más grande que tenía y la abrió, un hermoso vestido de color verde limón tornasolado a turquesa lucía sobre los demás y fue el primero que quiso guardar en el armario mientras pensaba en todo lo que había cambiado desde la última vez que se puso cada prenda de ropa.
Tres vestidos de mayor o menor envergadura y se topó con una cazadora de cuero que no recordaba siquiera haberse comprado y miró los bolsillos.
En cada uno había una foto de cada una de sus compañeras en Disneyland.
«Merci de me faire sentir accompagné, même lorsque nous ne travaillons pas» Había escrito tras la foto entre Rapunzel y Tiana.
«Te deseo la mejor de las suertes, allá donde vas, y que la suerte te acompañe» Rezaba tras la foto entre Mérida y Tiana.
«Merci pour ces trois années passées ensemble à partager des anecdotes» Bromeó la otra actriz de la foto entre Tiana y Ariel.
«I hope you enjoy the world as much as the world enjoyed you» Tenía escrito en el dorso de la foto entre Bella y Tiana.
Una lágrima se le escapó al recordar a sus antiguas compañeras y amigas. Pensó en contarle lo que había ocurrido en la fiesta de su primo. Que había conocido también a la prometida, una mujer brillante y resolutiva digna de admiración; pero sobre todo, hablarles de Fran, ese guapo abogado, gentil, algo reticente, pero dulce y profesional también; miró las fotos y las enganchó en el marco del espejo. Ahora tocaba hacer amigas en esta nueva ciudad: Madrid.
Tomó la cazadora y justo cuando se disponía a colocársela, vio que el forro tenía cerca de veinte firmas, de la mayoría de sus compañeras. Cuando se la puso, aparte del calor que da, sintió que le inundaba el afecto de la gente que conoció en París.
Cuando ya había vaciado la maleta de la ropa, se acordó de nuevo de Fran.
Con el pijama ya puesto, iba a darse una ración de tiktoks aleatorios para desconectar, pero ante la lista de aplicaciones del móvil y reparar en la lista de contactos, cayó en la cuenta de algo: No tenía el contacto del abogado.
Se desesperó bastante, dando vueltas por la habitación, hasta que se acordó de la tarjeta. Resopló de alivio, pero al mirar los teléfonos de la tarjeta y ver que había varios, se volvió a poner nerviosa.
—Labor... laborralisto, —empezó a leer—, ¿Conyojal, eso que es? —siguiente línea—. Menorres, este es. David es un niño.
—¿Qué decías? —Se asomó Avery por la puerta.
—¿Fran? —Le ofreció el cartoncito para que le indicara.
—¿Te dió una tarjeta? —Avery entró y le cogió la tarjeta—. La semana pasada me llamó para preguntarme por Isabel, lo miro y te digo. —Se dispuso a mirar en la agenda del móvil—. De todas maneras, como es un bufete pequeño, probablemente sea el teléfono de menores, que es su especialidad.
—¿Es menores, no menorres?
—¡Ah, ya, la lectura! —Avery observó palabra por palabra, los tipos de cobertura legal del bufete y se los leyó según los señalaba—. Laboralista, que será Ramiro; Conyugal, que creo que es una chica llamada Juana; menores, que lo lleva Fran, y Lucía es la que lleva los decesos.
—Ya me lo sé.
—Pues ni tan mal, oye. —Avery comparó el contacto que tenía en su agenda con los teléfonos de la tarjeta—. Aquí no está, pero te lo dejo, pásame tu móvil y te lo apunto.
Le pasó el móvil, Avery apuntó los números y le pasó el teléfono de nuevo.
—Stephanie, me alegra que estés con nosotros; hasta hace diez días, Chris creía que no tenía familia y entonces apareciste tú, como por arte de magia, entre los trabajadores de un parque de atracciones.
—¡Ah, sí, chaqueta! —Quiso enseñarle la chaqueta a Avery—. ¡Espejo!
Avery se acercó al espejo de Stephanie y reparó en las fotografías de princesas.
—¿Son tus compañeras del parque?
—Hay mensajes detrás. You can read them, if you want.
La chica se levantó de la cama y siguió vaciando maletas y esta vez le tocó a la pequeña de cabina. Maquillaje, enseres de aseo y algún frasco de perfume, junto a pequeños utensilios de uso diario.
Los extendió encima de la coqueta, al pie del espejo que contemplaba Avery.
—Esta marca de dentífrico la hay aquí. —Agarró uno de los pequeños atomizadores de muestra entre los cuatro que había sacado—. En uno de los viajes que haga con Christopher, te los traigo en un tamaño decente. —Avery se fijó en el maquillaje de pieles oscuras que había extendido—. Y aunque yo use poco, seguro que en la discográfica te pueden poner en contacto con algún maquillador experto que te ayude a provisionarte.
Stephanie aceptó los consejos de buen grado y siguió con el monedero y la cartera, con los documentos de identificación.
—¿Esto cómo se arregla?
—Eso, —Avery mostró una faz de conocimiento demasiado feliz—, prima, puedes pedir ayuda a otra persona mejor que a mí. —La sonrisa ocupó por completo su blanca cara, intentando darle dramatismo con la espera—. A un abogado, por ejemplo.
Y la palabra "abogado" le otorgó una luz difícil de ignorar.