Contradicción

Doce: ¿ahora?

Ramiro alzó la mirada, y con ironía comentó:
—Ya, bueno, ¡Como para fiarse de tu hermana!
—Pues más que de tí, seguro.
—¡Con lo mona que es y lo poco que me agrada!
—¡Seguro que es mutuo! —Fran frunció el ceño—. Ahora déjame pasar.
—Cuéntame al menos donde has estado.
—¿La verdad o te cuento una milonga para tranquilizar a mi madre? —Cuestionó Fran con sorna.
—La verdad, obviamente, ya endulzaré yo la respuesta.
—¡OK! He estado en la fiesta de compromiso de un empresario famoso. —Fran no mentía.
—¡Qué rebuscado, no me lo creo!
—¿Puedo irme a dormir ya? —El cansancio pudo con la ironía de la conversación.
Ramiro se apartó y Fran pudo acceder a tirarse en la cama de agotamiento.
Aunque la mente está en plena efervescencia, no paraba de pensar en la cara de Stephanie y su radiante sonrisa llena de alegría.
Sacó el tarjetero del bolsillo interior de su chaqueta, colgó la chaqueta de la percha que tenía colgando del perchero que colgaba por detrás de la puerta. Sacó el móvil y las llaves de casa y las del coche para poner todo en la mesilla de noche.
Encendió el flexo para poder apagar la luz de la habitación. Y tumbado sobre la cama en ropa interior, giró hacia el móvil.
—Cargar el móvil, que casi se me olvida.
Y tras conectarlo, se dispuso a revisar los contactos, todo para darse cuenta de que algo faltaba.
—¿Dónde coño está?
Deslizaba con energía, pero sobre todo con rabia, el dedo sobre la pantalla buscando en la S de sus contactos a cierta belleza oscura que había conocido hoy.
Se echó a reír por la frustración, bastante alto.
Había tenido toda la tarde para haber intercambiado los contactos, y sin embargo, solamente dejó fluir la conversación. ¡Era tan ajeno a él, el hecho que no planificara un mero intercambio de información siquiera!
Ramiro golpeó la pared, pero no pasó ni tres minutos para que empezaran a oírse gemidos y expresiones subidas de tono desde el otro lado.
—¡Bárbaro, otra noche con tapones en los oídos!
Pero una leve mirada al móvil, le recordó que no había pedido algo que ahora echaba más en falta de lo que quería admitir. Se puso los tapones para los oídos, que tenía en el primer cajón de la mesilla de noche y miró el tarjetero.
Creyó haberle dado una tarjeta, ¿Verdad? Y decidió revisar las que tenía.
Las leyó detenidamente, el teléfono era el de la empresa, así que accedió al móvil y revisó la segunda tarjeta SIM del teléfono.
Una llamada perdida de un número desconocido le dió un vuelco al corazón. Le mandó un mensaje con su teléfono particular como contacto y tras dejar de nuevo el teléfono en la mesilla, abrió la cama y se metió.
Durmió con la felicidad dibujada en su cara.
Fran se despertó sin saber que había soñado pero con más energía de lo habitual.
Se cruzó con Ramiro de nuevo y le pareció distinto.
—¡Buenos días!
—¡Buenas! —Le contestó el otro de mala gana.
—¿Te sentó mal la cena de la vecina?
—Me ha pedido afianzar la relación. —Ramiro se sinceró.
—¡WoW! —Fran observó a su amigo despacio, y vio que la había vuelto a pifiar—. ¿Qué ha pasado?
—¡Pues eso, que quiere algo serio!
—¿Y si pruebas a empezar algo serio por una vez?
—¿Y que me manden a la mierda cuando te conozcan y sepan que estás disponible?
—¡Eh, Ramiro, no puedes decir eso! —Fran le dió una palmadita en la espalda—. Y es la vecina, que ya me conoce, y además yo ya no estoy disponible.
—¿Es broma, o qué?
—En absoluto, me gusta una chica que conocí ayer en la fiesta de compromiso que te dije ayer.
—¡Espera! —Ramiro flipaba—. ¿De verdad fuiste a casa de un famoso? —Pestañeó de incredulidad—. ¿De quién?
—Como eres abogado laboralista, supongo que le conocerás, Christopher Evan Osborne.
—¿De qué conoces tú al empresario multimillonario más joven desde el año 2020?
—Su prometida es amiga de Isabel. —Narró Fran.
—¿Y tú qué pintabas ahí?
—Pues que a mí también me invitaron el día anterior, pero vamos, que acudí por avisar a Isabel.
—¿Y no te hubiera bastado con llamar a Isabel? —Ramiro sacó su lado escéptico— Vamos, digo yo.
—Lo intenté una vez y como no lo cogió, decidí ir donde estaba, que para una vez que lo sabía...
—Si tú lo dices...
Ramiro no se creía a Fran, pero lo que el moreno no sabía era que por ver a Avery una última vez, es a Stephanie a quien encontró.
Una llamada de un número que no tenía en la agenda empezó a sonar en el teléfono de Fran.
—¿Dígame? —la cara se le iluminó como un árbol de Navidad y con la misma ilusión que le provocaría estar debajo del muérdago—. Pensé que no tenías mi número, ¿Te lo di? No me acuerdo. —Fran se acercó a la mesa y se puso a jugar con las llaves que había dejado allí—. Ah, bueno, yo te puedo ayudar en eso. ¿Quieres que lo haga ahora? —perdió la mirada, hacia el suelo—. Sin problema, da igual que sea domingo.
Ramiro, con gesto de asombro, dió un par de pasos atrás, y con reticencia, observó a Fran. Le vio risueño, algo más alegre, un poco más juguetón, bastante más impulsivo, pero sobre todo feliz.
Fran colgó la llamada y se dió cuenta de que Ramiro le observaba metódicamente.
—Ya iba siendo hora de que te fuera bien en el amor, colega. —Ramiro le dió una palmadita en el hombro, quizás con algo de resignación—. Así nos dejas algo a los demás, Apolo.
—¿De qué hablas?
—¿No vas a quedar con la persona que te llamó?
—¿Stephanie? Sí, ¿Por?
—¡Mola! —Ramiro rio—. ¡Hasta se puede nombrar a vuestro shipeo "Stefran"!
Fran, con los ojos como platos, le gritó:
—¡Te mato!




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