Contradicción

Trece: ¿Sabes dónde es?

Stephanie sopesó los dos números de teléfono.
—Mejor este, que me dio la tarjeta. —Escogió lo seguro.
—Tienes razón, a mí me pudo llamar desde otro teléfono de la empresa. —Avery le quitó importancia.
La chica marcó los números y tapó el micrófono del móvil para vocalizar "contestador" y después apartar la mano.
—Fran, no sé cuándo escuches este mensaje. Soy Stephanie Osborne, guarda mi teléfono. ¿Por favor? ¡Gracias!
Dejó el mensaje en el contestador con mucho nerviosismo. Miró a Avery con complicidad y la prometida de su primo le devolvió una sonrisa comprensiva.
—Aunque mañana no haya que madrugar aún, —Avery puso sus manos extendidas sobre los objetos que había encima de la coqueta—, es muy tarde para seguir despierta aunque no hayas vaciado tus maletas todavía. —Señaló la cama—. Acuéstate y continúas mañana.
Stephanie no le replicó, y apartó la maleta de la cama para ponerla en el suelo.
—¿Fran contesta mañana?
—No lo sé, Nía, no tengo ni idea.
Avery, call me Stephanie, please.
—OK, Stephanie pues.
Enchufó el móvil, la aplicación del traductor lo había dejado en las últimas y quería enterarse si Fran le contestaba.
Justo cuando la fase rem empezó a caer sobre ella, sonó el aviso de una notificación, pero creyó que formaba parte del sueño y se quedó completamente dormida.
Al despertar, Stephanie se levantó descansada, pero su energía era más tranquila y relajada de lo habitual. Se levantó, se vistió con el único jersey rosa que tenía y sus vaqueros favoritos.
Justo cuando iba a salir por la puerta, se acordó del móvil y lo cogió, para ir a desayunar.
De camino a la cocina, revisó el teléfono y vio que tenía un mensaje del teléfono al que había llamado con otro teléfono como contacto para apuntar en la agenda.
No quiso esperar y llamó.
—¡Hola! ¿Eres Fran? —Stephanie mostró una alegría infantil al reconocer la voz del otro lado—. Soy Fani, he conseguido llamar sin errores. —Miraba vacilante con la mente en la voz que oía—. ¡Oh! La tarjeta del trabajo sirve. Creo que necesito ayuda con el documento de identidad en Madrid. —Frunció los labios y miró al techo sin punto fijo, como haciéndose la distraída—. ¿Hoy puedes? ¿En domingo también eres abogado? —Su felicidad parecía ser contagiosa—. ¡Hasta luego!
Tras colgar, Avery, Ivette y Christopher la estaban contemplando con expectación.
—¿Fani?
Stephanie se giró hacia su primo.
—¿Así es cómo escoges que te llamemos?
Se mordió el labio y lo negó.
—Es lo que has dicho. —puntualizó Ivette.
—Me gusta Stephanie.
—¿Y lo de Fani a qué viene? —Avery estaba algo contrariada.
—¡Solo para Fran!
Ivette empezó a reír, Christopher y Avery se miraron, y algo fuera de su control les sonrojó las mejillas cuando lo hicieron. Y con una tímida sonrisa en sus caras, levantaron una mano.
—¡Príncipe! —Dijo Christopher.
—¡Diamante! —Exclamó Avery con algo de resignación.
Ivette miró a sus padres y les imitó.
—¡Corona! —Feliz al levantar la mano.
La escena era bastante cómica a ojos de Stephanie, casi cinematográfica.
—¡Es bonito! —Acabó por admitir la prima—. ¿Yo soy la princesa?
—¿No querías dejar eso atrás? —cuestionó Avery.
—¿Hay más cosas?
—¡Títulos nobiliarios tienes para dar y tomar! —Christopher siguió el juego.
—A mí me gusta llamarla prima. —Solucionó Ivette.
—¿si a Ivette le gusta prima, seré prima Stephanie, right?
—Como antes, vaya. —Obvió Christopher.
El desayuno de tortitas que realizó el servicio estaban exquisitas, como si las hubieran hecho en los mismísimos EE. UU. O al menos eso le pareció a Stephanie.
La cocinera agradeció el halago y entre chascarrillos se comentaron los planes para el día.
—Podemos pasear por el parque Juan Carlos I y acercarnos al Campo de las Naciones. —Sugirió Christopher—. ¿Te apuntas, Stephanie?
Ella miraba el móvil, impaciente. No prestó atención a lo que había dicho su primo.
Justo cuando Avery iba a excusarla, le sonó el aparato. Stephanie lo leyó de inmediato.
The Retiro Garden is a spacious and peaceful place to stroll, and we talked there.
—¿Vas a estar ocupada? —Preguntó Avery.
Stephanie solo respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Acaso sabes dónde está el sitio? —Le recordó Christopher.
—Chris, vayamos nosotros también al Retiro, ¿Te parece bien? —Sugirió Avery.
—¿Pretendes que les vigilemos, o qué? —No estaba muy convencido.
—¡En absoluto! ¡Stephanie debe tener su independencia! —Avery le puso las manos en el pecho —. Pero eso no quita que le podamos enseñar un poco de Madrid antes de dejarla volar. ¿No crees?
Stephanie e Ivette se miraron con complicidad, pues los padres de la niña se empezaban a poner algo empalagosos.
—¿Después puedo ir sola? —Les cortó Stephanie.
Tras un «sí» como interrupción, se dispusieron cada uno a escoger su vestimenta.
Ivette escogió un vestidito ibicenco que le había comprado su papá hacía un mes y tomó una chaqueta vaquera para protegerse del fresquito.
Avery optó por una camiseta larga de color celeste y unos pantalones gris oscuro. Christopher prefirió llevar un polo verde grisáceo y un pantalón vaquero claro, aunque se puso un jersey crema sobre los hombros.
Stephanie, dudaba si llevar un conjunto o un vestido, observó la cazadora de cuero que colgaba en la percha desde el perchero, y la sacó del triángulo para ponerla en el gancho directamente.
Se dio cuenta de que se estaba distrayendo.
Con las dos opciones extendidas sobre la cama, se acordó de un traje verde que tenía en otra maleta. Era muy formal, pero su primo le había mostrado el día de ayer que unas deportivas le quitaban la formalidad a un traje para cambiarlo por elegancia moderna y cómoda. Y con las deportivas, la camiseta y el bolso negros, Stephanie se gustó.




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