Contradicción

Catorce: ¿Tantos para qué?

Ramiro había dado en la tecla para irritar a Fran.
—¡Con lo que se lleva ahora los shipeos, y tú no quieres el tuyo!
—¡Que te calles, joder!
Ramiro abrió mucho los ojos, sabía que si Fran era mínimamente faltón o malhablado, era mejor callarse.
—¡Qué desperdicio de imaginación! —Ramiro se volvió a la habitación.
De la puerta de la habitación de Ramiro salió una mujer de unos treinta años, como él y Fran. La mujer tenía el cabello caoba y la cara redonda, con una cintura estrecha, pero ancha de caderas y con un voluminoso pecho que le daba apariencia de ser bajita si estaba sola.
—Francisco, que gusto para la vista, guapo.
—Magdalena. —La saludó sin mirarla.
—Os he traído algo de comida, bien podías agradecer el gesto. —Magdalena se acercó insinuante a Fran, aun llevando puesta la camisa azul de Ramiro.
—¿A tí? —La miró con fuego en los ojos—. Ni de coña, me das asco.
Ramiro agarró a una sorprendida y asustada Magdalena, metiéndola en su habitación de nuevo.
—¿Dónde dejaste el amor propio, Magdalena? —Le recriminaba Ramiro justo al cerrar la puerta.
Fran no quiso saber cómo seguía esa discusión. Ramiro le parecía un hombre de valores férreos solo para el trabajo, porque como amigo era pésimo guardando secretos, y como amante, se le veía a la legua que le pirraba cualquier falda, aunque respetaba las chicas con novio, eso sí.
Mirando la puerta de Ramiro resopló y entró en su habitación. Tenía que quedar en algún sitio con Fani, lo más aleatorio posible, y recordó las anécdotas de su prima Patricia con su marido, cuando aún estaban empezando: El Retiro está bien como primera cita.
Tras enviarle el mensaje en inglés, gracias al traductor del móvil, miró el armario y revisó toda la ropa. Se arrepintió de no haberse comprado una ropa más informal, porque percha que cogía, traje que llevaba.
—Solo veo trajes, no tengo ni un triste vaquero.
Se acordó de la forma de vestir del presentador Manel Fuentes, y emulando su forma de vestir, se puso las Reebok clásicas que tenía al fondo del zapatero y una de las camisas blancas que de tantos apuros le salvaron.
La inercia le provocó buscar una corbata, pero cuando aún no se había despejado de su rutina diaria, vislumbró una pequeña cajita entre tantos colores de algodón sedado.
—¿Esto qué es?
Lo abrió y vio un anillo de acero, con dibujo de olas a lo largo del diámetro. No se acordaba de haber comprado aquello.
—Águeda Lara González, —leyó—, es el nombre de la abuela, ¿Por qué lo tengo yo?
Lo miró con detalle, le pareció grande y se lo probó. Le quedaba como un guante, como de su talla.
Desde la pared que compartía con la habitación de Ramiro, se oyó una corta discusión. Ramiro parecía tener algo de amor propio al final, y Magdalena chilló algo de verborrea inconclusa y dió dos portazos, el de la habitación de Ramiro y el de casa.
Volvió al anillo. Supuso que en realidad sería un regalo que la abuela le hizo al abuelo en su día y decidió lucirlo como homenaje.
Cuando ya se vistió para la cita y se miró al espejo de la puerta del armario, le volvieron a inundar las mismas dudas que el día anterior. Esas dudas que tenía grabadas a fuego por culpa de tanta pareja fallida.
Oyó la puerta de Ramiro abrirse y una idea fugaz empezó a maquinar en su mente, llevar carabinas. Preguntó a Nerea si quería ir a dar una vuelta por el Retiro, sin especificar más, y aceptó. Con Ramiro hizo lo mismo, que aceptó sin muchas ganas, pero que le servía para despejarse de la despedida de Magdalena.
Se hizo el elocuente cuando sugirió que también fueran otra abogada del bufete llamada Cayetana y el hermano de Ramiro, Borja.
—¿Tanta gente para qué?
—Por si alguno no puede acudir en el último momento. —Mintió Fran.
Por suerte, todos estaban disponibles, y Fran acudiría a la cita que tenía con Fani, con un séquito de amigos y conocidos de una edad similar a la suya.
Borja y Cayetana acudieron dados de la mano, algo que incomodó un poco a Fran, que les tenía preparada la sorpresa de presentarles a Fani.
—¿Borja y Tana? —Le preguntó Fran a Ramiro.
—Estoy tan sorprendido como tú, colega.
Borja saludó a su hermano y le dió un apretón de manos a Fran.
—Me sorprendió gratamente tu invitación, Francisco. —Borja era tan distinto a Ramiro en el lenguaje.
—Me congratula vernos fuera del trabajo. —Cayetana parecía otra mujer diferente con ese aire tan snob que Borja le había contagiado.
—Faltan aún dos personas. —Anunció Fran.
—¿Quiénes? —Preguntó Ramiro con algo de recelo.
—Nerea y Stephanie Osborne.
Con el primer nombre, Ramiro se palmeó la frente, y deseó haber dicho que no. Con el segundo nombre, ya se extrañó algo más.
—¿Quién es? —curioseó Cayetana.
—Una chica nueva en la ciudad. —Fran sonrió con una ilusión difícil de disimular.
—¿Y nos vas a poner a todos de carabina? —Soltó Ramiro, algo mosqueado.
Nerea apareció justo a tiempo para que su hermano no tuviera que responder.
—¡Tana, Borja! —Les dió un par de besos a cada uno según los nombraba—. ¡Que bien, volver a veros!
Ramiro miró hacia otro lado. Tosió.
—Ramiro. —Nerea procuró ser cortés, pero lo que parecía, era un saludo por compromiso.
—Tan guapa y tan capulla como siempre, tú en tu línea.
—¡Capullo tú!
—¡Basta ya, los dos! —Zanjó Fran—. Stephanie ha escrito diciendo que está en el estanque.
Caminaron en dirección al punto de encuentro. Mientras Fran contaba las anécdotas del día anterior por encima a Borja y Cayetana; Ramiro ralentizó un par de pasos y se acercó al oído de Nerea:
—Me gusta ser un capullo, porque luego florecen, ¿Sabes?
—Me llamas capulla cada vez que me ves, ¿No te contradices un poco?
—Yo creo que no. —Ramiro se enderezó y se puso al paso de Fran.




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