Aquella pulla entre Nerea y Ramiro solo afinaba lo que la intuición de Stephanie había entendido.
— ¿Y qué vas a hacer? —le preguntó Fran a Stephanie.
—¿Qué?
—Respecto a tu hermano, me refiero.
—Frederick era amigo, entenderá.
—¿Pero no era tu hermano? —Nerea preguntó.
—Hermano amigo, ¿No hay aquí? —Stephanie se explicó como pudo.
—Ya, bueno, sí. —Respondió Nerea—. Perdona.
—¿Te irías si te lo pidiera? —a Fran le dolió hacer esa pregunta, pero creyó que era solamente porque quería conocerla y no porque también le fuera a doler que no volviera.
Stephanie se puso dubitativa un momento y mordiéndose el labio, contestó:
—Hay más opciones primero.
Una sonrisa de esperanza cubría la cara de Fran, y no pensó ni en disimular. ¿Para qué? Todos sabían que algo estaba surgiendo.
La respuesta ante la reacción de Fran, no se hizo esperar. Stephanie rodeó con sus brazos el cuello de él y le plantó un beso como quien pone una pegatina de precio en un producto.
—¡Por si hubiera alguna duda! —Comentó en voz alta Ramiro, sin pretenderlo.
—¿Pero qué problema tienes, tío? —Saltó Nerea.
Fran se sintió cohibido y apenas respondió a Stephanie con una mano en la cintura porque no quería llamar la atención.
—Yo, ninguno. —Respondió Ramiro, algo acobardado, a Nerea.
Fran miró al cielo y suspiró. ¿Por qué le daba vergüenza mostrarse en público? Se acercó al oído de Stephanie y sencillamente, lo admitió.
—I like you. —Stephanie coreó con él la frase.
La parejita chocó sus frentes como un gesto de complicidad.
—Vale, eso ya incomoda un poquito a quienes no tenemos pareja. —Nerea enseñó los dientes con una ligera cara de repelús.
—¿Por qué no? —Curioseó Stephanie—. Ramiro está libre.
Ramiro sintió el rubor desarmándole. Nerea, atónita, miró a Ramiro con un barrido, y miró a cualquier parte. Fran se puso serio, no le gustaba la idea ni en broma.
—Es un mujeriego que no distingue a una oportunista de una buena chica, o de una vampiresa. Aparte de que no le duran más que dos noches.
La cara de Nerea pasó a mostrar asco. Algo se había desvanecido en su interior.
—¿Crees que tú eres mejor? —Respondió Ramiro, dolido—. ¡El que no se atreve a arriesgarse con nadie, únicamente porque no quiere que le hagan daño después!
—¿Disculpa, y esto que estoy haciendo, qué es?
—¡Una chica, qué novedad! —La rabia hablaba por él—. ¡Pero luego, se acobardará al verte tan perfecto que empezará a sentirse poco a tu lado!
—¿De qué hablas?
—¡Ramiro, para! —intervino Nerea—. Estás asustando a Stephanie.
—¡No, que hable! —Prosiguió Fran.
Stephanie bajó las manos hasta el pecho de Fran, pero él seguía sin mover las manos de su cintura.
—¡Siempre con sus perfectos modales, su cuerpo y cara de actor de película romántica, su familia modelo!
Nerea dio medio paso atrás, alzando una escéptica ceja ante la última frase.
—¡No digas idioteces! —Fran se irguió—. ¡No es culpa mía que tú tengas tan baja autoestima!
—¡Comparados contigo, todos tenemos la autoestima por los suelos, joder! —Ramiro estaba recriminando a su amigo, su propia inseguridad.
—Francisco es mío, —interrumpió esta vez Stephanie, con inocencia—, ¿Crees que quiero compartir?
—¡No me refiero a eso!
—¡Ramiro, ya! —Nerea le tiró de la manga para que la mirara a la cara—. Francisco no tiene la culpa de lo que a tí te pase.
—¿De qué te quejas? —Fran no se sentía tranquilo aún—. ¿No habías discutido esta mañana con Magdalena porque te había pedido ir en serio?
La sorpresa de Stephanie, el reproche de Fran, la ira de Ramiro; y sin embargo, Nerea se indignó un poco.
—¡A mí, Magdalena me importa un pepino! —Su vista se desvió hacia Nerea por un microsegundo—. Soy el paño de lágrimas de todas las que rechazas, tan impecable, tú.
La tensión entre Fran y Ramiro se podía cortar prácticamente con tijeras. Nerea observó la situación y se paró en Stephanie. Su cara parecía esperar el siguiente acto de una obra de teatro. No sabía si llevarse a la recién llegada o interponerse en la discusión, aunque más por vergüenza ajena que por protegerla, en realidad.
Optó por una versión intermedia: llevarse a Ramiro.
Stephanie comprendió el rol y se propuso calmar a su chico.
—No conozco a Madalena, pero has herido a Ramiro.
—Y espero que no la tengas que conocer, es una sanguijuela con disfraz de actriz porno.
—¿Ramiro es tu amigo?
Fran tardó en responder, pero no por dudar, sino por orgullo.
—Sí.
—Yo no tengo amigas desde New Orleans como tú tienes a Ramiro.
—¿Y en París?
—Compañeras. Todas veníamos de lejos.
—No me gusta que no se quiera. Siempre se compara conmigo y yo solo soy un hombre normal, que intenta hacer las cosas bien.
—Eso es bueno, Fran.
—Pero yo soy un cobarde, Fani, y un abogado que no sale de los libros. No me gustan las peleas, soy muy tímido y soy muy crédulo con todo el mundo.
—Y eres solo mío. —Stephanie le besó dulcemente.
Fran se dejó llevar una vez más.
Por su parte, Ramiro cada vez era más consciente de su propia debilidad hacia Nerea, y por eso su ira hacía disminuir su autoestima cuando estaba con la pareja de hermanos. Para Ramiro, la solución era clara: si a ella no la veía, con Francisco podía convivir perfectamente.
—Ramiro, mírame. ¿Por qué eres siempre tan cruel con Fran?
—¿No se da cuenta, de que siendo así, solo consigue que las mujeres nos comparen siempre con él?
—¡Para el carro, Ramiro! —Nerea se puso seria—. ¿Tú te crees en serio que mi hermano es perfecto?
—¿No?
—¡Es mi hermano, y tu compañero de piso y mejor amigo! ¿No te has dado cuenta de su ínfima iniciativa, o lo fácil de engañar que es?
Ramiro la miró, y supo el motivo de su propia vulnerabilidad, tenía idealizados a los hermanos Francisco y Nerea Gómez Lara.