Contradicción

Dieciocho: ¿qué llevas?

Ramiro se resignó y se dejó llevar por Nerea junto a los demás.
—Al menos, con el Stefran cumplido, ya no hay que vigilar a Fran de las moscardas.
Nerea atropelló una risa que no llegó a salir.
—Fran ha aprendido a base de errores.
—El ser humano es el único animal que tropieza por segunda vez en la misma piedra.
—¡Voy a pensar que te gusta Stephanie! —Bromeó Nerea, provocando a Ramiro—. ¡Ella es perfecta para Fran!
Llegaron ante Stefran, pero Ramiro se había dado cuenta de que Nerea no le provocaba admiración, era algo más terrenal, algo más posesivo, algo más empático, le provocaba algo romántico que no se sentía nuevo, se sentía grande y poderoso, pero que era algo que siempre había estado ahí.
—Fran, ¿Le has pedido el teléfono a Stephanie? —entonó Ramiro.
—Eh, sí. —Fran se desconcertó—. ¿Por qué lo dices?
—Esta mañana te oí un poco apurado al respecto.
—¿No le pediste el contacto ayer? —se extrañó Nerea.
—¡Yo llamé al teléfono de la tarjeta! —respondió Stephanie por él.
Nerea mostró un «¿ves?», que no entonó, cuando cruzó la mirada con Ramiro.
La extraña cita múltiple estaba llegando a su fin y era hora de regresar cada uno a su casa.
—¿Dónde te dejamos, Fani? —Le dijo Fran, mientras se montaban en el coche.
—No sé, donde vive Christopher.
—¿No lo sabes? —Se extrañó Nerea.
—Vine con ellos. —Stephanie le restó importancia.
—Llámale y te llevamos donde digas. —Le animó Ramiro.
Stephanie llamó a su primo, y cuando Christopher le descolgó, le indicó que habían estado también por la zona.
—¿Nos esperamos? —Sugirió Nerea.
—¿Te importa? —Le pidió Ramiro a Fran—. Quiero conocerle.
Se reunieron en menos de diez minutos con la familia de Stephanie.
—¡Al fin te pongo cara, abogado! —Avery se acercó a Ramiro y le dio el par de besos de rigor.
—¿Perdón?
—Hace tres meses, asesoría legal en un contrato, Ramiro. —Le informó Fran.
—¡Ah, vale, Avery, la amiga de Isabel! —Cayó en la cuenta de que la amiga de Isabel que le pidió ayuda con un contrato sospechoso era la misma amiga que le gustaba a Fran.
Stephanie presentó a Christopher y tras un escueto saludo, La chica y su familia se fueron.
Fran, Nerea y Ramiro volvieron a su coche para llevar a la mujer a su casa. El coche de Fran, un coche familiar, era cómodo y amplio por dentro, aunque por fuera parecía pequeño.
Para ir hasta la zona de Madrid donde vivía Nerea, pasaron por la calle donde Fran y Ramiro vivían.
—Mañana tenemos que madrugar, ¿quieres subir a casa? —Le ofreció Fran a Ramiro—. Ya puedo acercar a Nerea yo solo, no te preocupes.
Ramiro, que estaba distraído pensando en lo que había descubierto de sí mismo esa tarde, tardó en contestar.
—¿Eh? No te preocupes, Fran, tú prosigue.
—¿Por qué no? —se extrañó Nerea—. Si tú vienes a casa, Fran no se querrá quedar a cenar.
—A mí, si me invitas, accedo. —Ramiro contestó como hubiera hecho siempre, pero esta vez, él mismo se boicoteó—. Que a mí me gusta un buen plato casero como al que más, pero que si prefieres que me quede, yo me quedo.
—Ramiro, ¿Estás bien? —Fran le miraba de reojo, sin apartar la vista de la carretera.
—Esta tarde, estás más raro de lo normal. —Observó Nerea.
—Quizás más susceptible de lo habitual, pero nada más. —Comentó Fran—. Aún estamos a tiempo, Ramiro.
El copiloto se giró para mirar a Nerea. ¿Por qué quería estar más tiempo cerca de ella? ¿Deseo o compañía? Fuera lo que fuese, no le dejó contestar.
—Pues no te bajes, es igual. —Soltó Fran al llegar al final de la calle con el coche.
Ramiro se había enderezado antes de que Fran dijera eso, pero no se dio cuenta de que desde que se había evaluado a sí mismo, se comportaba torpe con ella.
Cuando llegaron a la zona, Fran aparcó en un terreno que antes abarcaba una nave industrial de una empresa que quebró, pero que derruyeron y sanearon para usar en algo que no llegó a ser. Desde entonces, los vecinos del barrio usan ese solar como aparcamiento.
Cuando llegaron a casa de Nerea, una mujer muy mayor les abrió la puerta.
—¿Abuela? —Se sorprendió Fran.
Nerea se dispuso a pasar adentro.
—Al final le he traído, yaya, no te quejarás. —Comentaba ya, desde dentro.
—¿Y el otro quién es, Nerea, tu novio o el suyo?
—¡Nada de eso, yaya, es su compañero de piso y trabajan juntos! -Nerea hablaba sin verla.
Ambos hombres pasaron dentro, con los consecuentes saludos a todos los presentes.
—¡Hacía mucho tiempo que no venías aquí! —Le comentó Fran a su abuela.
La mujer mayor, sentada en la butaca, reparó en la mano izquierda de su nieto.
—¿Qué llevas puesto?
—¿Cómo dices, abuela?
—Ese anillo que llevas, me resulta familiar.
Fran levantó la mano, se miró el anillo y comentó:
—Tiene tu nombre escrito, supongo que se lo regalaste al abuelo. Lo encontré esta mañana entre las corbatas.
—¡Vaya sitio para guardar un anillo! —Comentó Ramiro, muy inoportuno.
Nerea le fulminó con la mirada.
—Nunca se lo di, pensé que lo había perdido. Iba a ser un regalo de cumpleaños, pero falleció.
Una mujer de unos Sesenta años apareció por la puerta que daba a la cocina.
—Mamá, —dijo—, ¿Es el anillo con el que querías enterrar a papá?
—¡Pensé que se lo había quedado Marta! —Se quejó la pobre anciana.
—¿Para qué iba a querer mi hermana un anillo de hombre si ella tuvo tres hijas, mamá?
—¡Para venderlo!
—Abuela, —se acercó Fran a Águeda—, si quieres te lo devuelvo, pero si lo tengo yo, ¿No crees que podrías perdonar a la tía Marta?
—¿De qué?
—¡Llevas cinco años sin hablar con Marta! —le amonestó su hija—. ¿Cuánto hace que no ves a tu nieta Patricia o sus hijos?
—¡Perdón, Celia!
Nerea y Fran se llevaron la mano a la frente, ¡hija equivocada!




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