Contradicción

Veintiuno: ¿Estaba al corriente?

Fran no entendió muy bien la situación que tenía ante él. Conocía ambos puntos de vista, pero por las características de sus comportamientos parecía que se hubieran cambiado los roles.
Como no sabía actuar de otra manera, optó por ser espectador.
—¿Qué hacéis ahí plantados?
—¡Cierto! —Exclamaron al unísono, separándose torpemente.
Los tres volvieron juntos al salón, donde les esperaban toda la familia sentados a la mesa.
Águeda pidió a sus nietos que se sentaran a su lado. Y la chica, como una caradura, agarró a Ramiro para que se sentara a su lado, colocándole en frente de Fran.
La cena continuó sin sobresaltos y se quedaron un ratito más para despedirse. Pero Nerea no quería generar malentendidos y tras una vaga excusa, consiguió quedarse a solas con Ramiro en la pequeña terraza de la casa.
—Creo que te ha incomodado mi pantomima, ¿verdad?
Fran les vio y se acercó, observando desde la puerta de la terraza y escondido para no ser visto.
—¿Pantomima? —Ramiro se quedó inmóvil, pero se sentía burlado—. ¿Lo que has dicho era mentira?
Nerea se apoyó en la barandilla.
—¿Lo que he dicho? Todo no. ¿Mi comportamiento? ¡Por completo!
—¿El ataque de nervios era fingido?
—Sí.
Ramiro también se apoyó en la barandilla. Se permitió admitir que esa chica le fascinaba. La miró.
—Me gustaría entenderte. -Se sinceró.
—Sabes que tengo cuatro años menos que vosotros, ¿verdad?
—¿Eso es para poner el contexto?
Nerea le miró de soslayo y sonrió.
—Pues lo de las fotos no es mentira. Todas mis amigas con la carpeta con Justin Bieber o Harry Styles y yo con Ramiro.
—No tenía ni idea. —Ramiro miró al frente para intentar parecer tranquilo.
—Lo de Manel Navarro y su canción también es cierto.
—¿Fran estaba al corriente? —Ramiro miró a Nerea por el rabillo del ojo.
—Supongo, nunca le pregunté.
Fran, desde su puesto de espectador tras la puerta para no ser visto, se le encogió un poco el corazón. Él sabía que Nerea era compleja, pero no sabía que su hermanita era tan fuerte.
—¿Crees que tengo algo que ver con el cantante? —Ramiro procuró que su pregunta sonara a broma, pero escondía un dolor distinto al reproche.
—Intento tras intento de decirte lo que sentía. Cada vez que te veía coquetear con alguna chica de vuestra clase. Y poner mi última esperanza en una canción que mostraba mi admiración por ti, pero que lo decía de manera tan desenfadada que me daba margen para cambiar el tono a posteriori.
—Pero los ataques ¿eran para tanto? —Ramiro se dio la vuelta y apoyó los codos esta vez.
—Bueno, es un truco que se me ocurrió.
—¿Cómo?
—Soy consciente de que preocupaba a todos, y como no conseguía descifrar entonces el motivo que los provocaba, intentaba cambiar el foco de mis pensamientos y nunca servía. Decidí adelantarme y ya pude controlarlos. ¿A que es irónico?
Ramiro miró al techo, ruborizado de nuevo, pensando en la simpleza y brillantez de ese cambio de estrategia.
—Inteligente. —Sonrió.
Nerea le observó, Ramiro miraba al techo, tranquilo, aunque algo sonrojado. Ella volvió su vista hacia la nada.
—Tengo la sensación de que aún quieres preguntar algo, pero no te atreves.
—Si el ataque de ansiedad de antes era fingido, ¿cuándo dejaste de tenerlos?
Nerea, sin soltar la barandilla, se estiró cual perro, encorvando la espalda, para enderezarse.
—Cuando me di por vencida contigo.
El dolor de Ramiro no era fingido. Quería sincerarse, pero solo pudo apartar la vista en dirección contraria para no ver a Nerea ni de refilón.
—Eres buena actriz.
—¡Oh, mis años me ha costado! —Nerea soltó una pequeña risa atropellada—. Pero sigo prefiriendo la fotografía. ¿Quieres que te haga?
—No.
Nerea se giró hacia él.
—Mira que te vuelves un capullo cuando quieres, Ramiro. —Nerea se quejó ásperamente.
—No soy... —Ramiro se iba a quejar, pero se contuvo—. No soy fotogénico. Pero este capullo tiene que ir a casa.
—Como quieras. Siempre serás un capullo. —Era desprecio lo que dictó su lenguaje.
Ramiro se metió al salón y se topó con Fran, disimulando que salía para buscarle.
—¿Nos vamos ya, Ramiro?
Se despidieron de la familia, uno por uno, y cogieron el coche para volver a su estudio.
De camino al coche y más de la mitad del trayecto, Ramiro estaba apagado y taciturno.
—¿No dices nada? —Fran rompió el hielo.
—¿Como tú? —Un leve tono acusatorio teñía la pregunta.
—¡Pues cómo no quieras que te dé las gracias por acaparar la conversación con mis padres...!
—¿No dijiste nada?
—¿Te refieres a Nerea? ¿Qué querías que dijera? —Fran intuyó la acusación de Ramiro—. ¿Que mi hermana estaba loca por ti?
—Hubiera estado bien, la verdad. —Soltó con risa lastimera.
—¡Claro, Ramiro! —Fran aprovechó un semáforo en rojo para mirar a su amigo a la cara con detenimiento—. Lo mejor para luchar contra un ataque de ansiedad es administrar lo que te lo provoca. —Tiró de ironía.
La última frase le salió mal, pues se dio cuenta de que la cara de Ramiro estaba compungida por la tristeza.
—Yo era su malestar, Francisco, debería de haberlo sabido. —Frunció el ceño, dolido—. Si me lo hubiera dicho, la habría mirado con otros ojos.
Fran se sorprendió de lo que esa confesión mostraba de Ramiro.
—¿Te gusta Nerea? —Seguía sin creérselo.
—Ojalá fuera así de sencillo.
Tuvieron que reanudar la marcha.
—No me gusta que un mujeriego como tú juegue con mi hermana, y menos si tengo que lidiar contigo en el bufete.
—Ya, buscar fuera lo que ya se tiene —comentó Ramiro, mirando por la ventana a ninguna parte—. Ser así cuando el subconsciente ya había escogido mucho antes de que te dieras cuenta... —Se echó las manos a la cara—. Para que, cuando ocurre, no puedas más que dejarla ir... para no volverla a hacer daño.
Descendieron del vehículo y llegaron a casa. No se dijeron nada; ni siquiera un deseo de buenas noches.
Fran se sintió culpable por lo que sabía, y le costó dormir. Ramiro sacó la foto que había "tomado prestada" bajo la cama de Nerea, y lo único que deseó fue haberlo sabido antes.




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