Contradicción

Veintitres: ¿Siguiente nivel, ya?

Fran y Ramiro llegaron pronto al bufete. Aunque no tanto como Juana, la clienta de Cayetana. La mujer tenía problemas con los bienes gananciales y tenía prisa en divorciarse para perder de vista a su marido.
Por cortesía profesional, los abogados del bufete se ayudaban en los ámbitos relacionados, pero las herencias compartidas no tenían nada que ver con niños ni con contratos laborales.
—¿Os he dicho ya que el estúpido de mi exmarido se comporta como si el terreno fuera suyo? —repetía Juana una y otra vez—. Porque ese gran trozo de tierra es mío, ¿Sabe usted?
Cayetana apareció justo a tiempo para que Ramiro no le arreara con el maletín en la cabeza a Juana.
—Tana, caray, podrías haber venido antes. —Se quejó.
—He acudido a mejor horario que tú, querido cuñado. ¿Te recuerdo que faltan diez minutos para que abran la oficina?
La cara de circunstancia que se le quedó a Ramiro ante aquella pulla de Cayetana; Fran sabía que Nerea la hubiera disfrutado.
Fran sabía que Nerea se protegía del dolor adelantándose a los ataques de ansiedad exagerándolos, pero no sabía que podía fingirlos para evitar que le brotaran de nuevo.
Callado, Fran miraba a su amigo. El fin de semana había cambiado algo en él. Pero no había nada nuevo que lo haya hecho cambiar ¿O sí? El hecho de conocer a Stephanie por ¿cuánto, dos horas? ¿Podía cambiar ese poco a una persona? Se dió cuenta de que él era el ejemplo de ello y supuso, erróneamente, que a Ramiro le gustaba Stephanie. ¡Pues la chica había escogido a Fran!
Fran se sintió extrañamente egoísta, ¿Cómo podría ser algo tan fuera de sí mismo?
Cayetana y Juana se quedaron hablando de su caso, aparte, a un lado.
Justo cuando Fran iba a explicarle a Ramiro su opinión respecto a Stephanie, llegaron los otros tres abogados y la recepcionista del bufete; dejando a Fran con la palabra en la boca.
La jornada laboral iba tranquila. Ramiro había recibido como tres llamadas de clientes, Fran recibió dos llamadas de clientes y una era solo para agradecer su trabajo; Cayetana había estado hablando con Juana por dos horas en su despacho.
A la hora de comer, Tania, la nueva abogada del bufete, trajo embutidos de su provincia, dos chorizos rojos, un lomo de cerdo y un poco de jamón loncheado.
Tras varias horas más en las que Ramiro se tuvo que ausentar media hora por un cliente, el horario en oficina pasó llamada tras llamada al bufete sin más incidencias y a las seis de la tarde todos los trabajadores se fueron a su casa.
Fran y Ramiro fueron juntos a casa, algo raro que a Fran no se le pasó.
—¿Hoy no tienes cita?
—No me apetecía, los lunes son malos para eso. —Ramiro se desentendió.
—No me has acompañado a casa ni un solo día en el último año, siempre era porque habías quedado con alguna mujer.
—Tampoco es para tanto, Fran, descansar un día no es malo. —Ramiro no miraba a Fran.
—Lo que sí que era malo, era ir andando por ahí con una chica distinta cada día. —Opinó Fran.
—Soy atractivo, ¿Es malo valerse de ello?
—Es denigrante, tanto para tí, como para ellas.
—¿Sabes qué? —Ramiro sonreía—. Siempre me comparé contigo porque como persona eres admirable. —Se sinceró—. Pero este fin de semana me he dado cuenta de que era una excusa de mi subconsciente para justificar que te admirara tanto.
Fran se apartó un poco, lo que decía Ramiro no le parecía que tuviera sentido.
—No te entiendo. —Dijo.
—¿Buscaba el afecto genuino en relaciones superfluas? Puede. —Ramiro seguía caminando sin mirar a su amigo—. ¿Pero como iba a darme cuenta de mis propios sentimientos si me escudaba bajo otro tipo de sentimiento?
—Ramiro, lo que te estoy entendiendo me está asustando.
—¿Tú sabías que los ataques de ansiedad de Nerea eran prácticamente fingidos?
Espera, ¿Nerea, estaba hablando de Nerea? Pues eso tampoco le tranquilizaba mucho, la verdad.
—Lo intuía, pero de todas formas os oí hablar juntos ayer.
—¿Intuías? —Ramiro le miraba con la expectación de una representación de un monólogo—. ¿Cuánto intuías?
—¿Cómo que cuanto? —Fran parpadeó—. ¿No te refieres solamente a que Nerea haya fingido el ataque?
Ramiro suspiró.
—Me cuesta asimilar que estos ocho años no me haya dado cuenta, pero ahora me tienes intrigado, ¿Por qué me mirabas así antes?
—¿Así, cómo?
—Pues justo antes de nombrar a Nerea, me mirabas como si me quisieras matar. —Ramiro sonrió enseñando todos los dientes, entre divertido y apurado—. Algo tan habitual en tí como caminar con las manos. ¿Qué estabas pensando?
—Que Stephanie me ha escogido a mí, y yo a ella. —Fran frunció levemente el ceño.
—¿Y?
—¿No ibas a decirme que Stephanie está buena? ¿O yo?
Ramiro se sorprendió muchísimo de los devaneos mentales de Fran.
—¿Desde cuándo le piso yo las novias a mis amigos, Fran? —Cayó en la cuenta de la otra parte de la pregunta—. Y soy hetero, Fran, no me gustas en ese sentido ni una pizca.
—¿Y entonces, por qué no has quedado con alguno de tus ligues esporádicos?
—Espera, —Se sorprendió mucho de lo que significaba la respuesta a lo que iba a preguntar, pero Ramiro lo formuló de todos modos—, ¿Estabas celoso por mi culpa?
—¿Es raro en mí? —preguntó Fran con genuina curiosidad.
—¡Mucho!
—¿Mis celos por ella significan que he subido ya al siguiente nivel? —Fran se quedó blanco.
—Eso es una cosa de tu hermana y tuya, yo tengo otra opinión.
—¿Y cuál es?
—Que lo tuyo fue un flechazo, vaya, que en tu teoría de escalones afectivos, al ver a Stephanie pegaste un salto y te quedaste en amor desde el principio.
Fran se sintió ofendido y replicó:
—¿Y tú, qué?
—Yo me he ido enamorando a lo largo de ocho años de una mujer que, justo ahora, ya no está a mi alcance. Irónicamente, cada uno demuestra la teoría del otro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.